Editorial
Bucaramanga, Colombia
Miercoles, 26 de Marzo de 2008
Eduardo Muñoz Serpa
Yo tuve un amigo…
Eduardo Muñoz Serpa
25/03/2008

Volver letra escrita el inmenso dolor que sentí ante la muerte de Julián Álvarez Ruiz no es fácil. Se que este sentimiento es el mismo de todos aquellos que con él compartimos su infancia, adolescencia y juventud. Fueron muchos los pasajes de nuestra vida en que él estuvo presente. De niños compartimos las bancas del colegio de La Presentación, del colegio del Divino Niño, del colegio San Pedro Claver y ya después, cuando la vida le marcó a cada uno su propio sendero y luchó por dispersarnos, seguimos todos conservando esa confraternidad y calor humano que en el fondo de cada uno de nosotros hay por los que crecimos juntos; ese es un sentimiento común que todos sabemos que existe y que nos atará por siempre. Y en muchas de las vivencias de esos años maravillosos, estuvo presente Julián.

Fuimos compañeros de juegos infantiles, ya fueran en su casa paterna, ora en el inmenso solar de la casa de Luis Gustavo Álvarez; juntos hicimos la primera comunión, estuvimos en la banda infantil de guerra del colegio de La Presentación, sufrimos haciendo escalas de aritmética en el Divino Niño, muchas fueron las tertulias inolvidables en las bancas del parque de Bolívar con tantos amigos que en ‘patota’ salíamos, al terminar las tardes, de las aulas de San Pedro Claver y por el puente de La Cochera buscábamos la calle 37, rumbo a nuestras casas, ubicadas en esa época en el centro de la ciudad, haciendo escala a la sombra de los árboles de dicho parque.

Cuando cursaba cuarto año de bachillerato y su tío materno, el general Alberto Ruiz Novoa, era ministro de Guerra del gobierno de Guillermo León Valencia, ingresó a la Escuela Militar de Cadetes, en la que estuvo varios años y de donde se retiró poco después de la crisis que precipitó la salida del general Ruiz Novoa del gabinete ministerial y del servicio activo.

Era hijo de un par de exquisitos santandereanos, Antonio Álvarez y María Cristina Ruiz Novoa, quienes muchas veces brindaron su generosa hospitalidad a un grupo de muchachos, adolescentes bulliciosos, que a su casa llegábamos a compartir con Julián.

La vida no supo advertirnos, con suficiente claridad, que todo era corto, que la infancia, la adolescencia, la juventud y la madurez misma eran fugaces y hoy nos sorprende, cuando ya todos estamos entrando a la sexta década de estar siendo testigos de lo que en Santander y Colombia ha pasado, con noticias duras pues con más frecuencia de la que anheláramos, ha ido apagando la existencia de muchos de los que fueron nuestros compañeros de vida.

Uno más de nosotros se fue a buscar qué es lo que hay más allá de la vida. Con él se van trozos imperecederos de nuestra existencia. De él queda, en cada uno de nosotros, muchos de los mejores momentos que en común vivimos.


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