“¿Qué va a hacer en Semana Santa?”, preguntan todos. “Nada”, “la finca”, y “salimos de viaje” son las respuestas más comunes. Claro, hay quienes incluyen en el “nada”, “la finca” y el “viaje” unas horas de personal encuentro individual trascendente, seguramente con mejores resultados que otros que sí se disponen a darse látigo en público, a oír vociferar al escandalosamente sectario y retrógrado monseñor Rubiano, y a participar de todas las ceremonias con disfraces y un forzado rictus de misticismo pintado en la cara. Tanta parafernalia sólo habla de su sujeción a las rutinas sociales y a la figuración. Acaso ¿no fue su líder espiritual el que les pidió que para orar no lo hicieren como los hipócritas “de pie en las sinagogas para que la gente los vea”, sino más bien encerrados en un cuarto, “a solas con el Padre”?
¿Cuántos de esos abandonarían el rito del sacrificio para “ir primero a reconciliarse con su hermano”, como lo mandó el Galileo? Muy pocos son “justos”, aunque en todo caso suficientes como para evitar la ira destructiva de su Dios, desatada en Sodoma y Gomorra. Mientras haya otros realmente buenos, los apegados a las tradiciones espetan rezos y obran mal, así lo presagió Isaías el profeta: “Este pueblo me honra con la boca pero su corazón está lejos de mi”. Mejor dicho “sepulcros blanqueados, raza de víboras”, como diría el crucificado.
Comer, dormir, tener sexo y disfrutar la vida está entre los planes de cualquier dios para sus criaturas. El de Galilea, que predicó la despreocupación por lo que se ha de comer y beber, buscaba condenar la esclavitud del hombre a cualquier afán mundano. De modo que es la condición humana, libre y trascendente, y todo lo que tiende a su exaltación, lo que constituye la medida de todas las cosas. Acaso, ¿no fue el dios de los cristianos el que dijo que “lo que entra por la boca del hombre no es lo que le hace impuro, sino lo que sale de su boca”?. “Amar al prójimo vale más que todos los holocaustos que se queman en el altar” sentenció lapidariamente el Galileo. Los que crean, que practiquen en la vida diaria y los que no practican, que no finjan creer en los días santos.
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