Por considerarlo de interés general, cedo el espacio al importante artículo del ABC de Madrid que me envió el ingeniero y amigo Reinaldo Galvis Mendieta.
“Nosotros los españoles, que hemos tenido un Ministro de Defensa que recomendaba, se supone que a su tropa, que es mejor morir que matar, no somos hoy un ejemplo estelar de lo que supone una sociedad democrática y abierta, decida a defender su supervivencia y sus libertades, si es necesario por la fuerza. Todos los que tenemos un poco de alma de anglosajón hemos visto confirmadas nuestros afectos al enterarnos que el mas gamberro de los Windsor en varias generaciones, el Príncipe Enrique, ha pasado meses en primera línea combatiendo a nuestros enemigos comunes, los talibanes, en Afganistán. Por estos lares en la que se nos cuenta que la seguridad es gratis se habla de la guerra y el terrorismo con el mismo conocimiento que la ministra de Medio Ambiente despliega cuando habla de la caza y de la vida real del campo. Quienes dan lecciones sobre el mundo rural desde el césped junto a la piscina de una masía restaurada del Ampurdán, son -qué duda cabe- capaces de dar consejos al presidente de Colombia, Álvaro Uribe, de cómo tratar con deferencia a asesinos, terroristas, narcotraficantes y quienes son todo ello a la vez. Gracias a Dios o a la Providencia, Uribe no les hace caso. Por eso Colombia, la anglófila Colombia, es más CHURCHILL QUE ZAPATERO.
Groserías
El Presidente Uribe cree firmemente en la democracia y la sociedad abierta. Y sabe quienes son sus enemigos. Muchos europeos, mecidos en la seguridad geoestratégica gracias sobre todo al erario público norteamericano, parecen aun opinar que el Presidente Uribe ha sido algo grosero ordenando una operación que costó la muerte al segundo jefe de las FARC, Raúl reyes, la principal organización narcoterrorista que impide a Colombia ser el país próspero, articulado y normalizado que pueda liderar, con Chile, Brasil y México, un proyecto de libertad en Latinoamérica. Colombia tiene todos los mimbres para serlo. Se lo impiden unos pocos miles de asesinos, narcotraficantes y algunos políticos vecinos. Lo saben los populistas, los demagogos, los fanáticos del «viva la muerte» y los «turistas del ideal» que tan bien define en su novela Ignacio Vidal Folch. Estos últimos son europeos, en gran parte españoles aunque no quieran y algunos también retozan en césped del Ampurdán.
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