En las callejuelas de su feudo de Sadr City, los milicianos chiítas del clérigo Moqtada Sadr se han enfundado de nuevo sus uniformes negros, y dicen estar preparados para morir, bien armados, si les llega la orden.
Desde el pasado martes, en este inmenso barrio al noreste de Bagdad, se enfrentan a las tropas iraquíes y estadounidenses, y han puesto fin a una larga tregua que les permitió guardar esas vestimentas oscuras que caracterizan al Ejército del Mahdi.
“Nuestro combate es una batalla de solidaridad con nuestros hermanos de Basora”, explicó el jefe de una cuadrilla que controla el acceso a una calle polvorienta.
Su rostro, y el de los tres hombres que le acompañan, está marcado por el cansancio de estas últimas noches en vela, al acecho de las tropas gubernamentales y de las unidades norteamericanas.
Equipado con tres celulares que no paran de sonar, Seyyed Abbas intercambia informaciones con otros jefes, y pregunta por la posición de los blindados norteamericanos que tienen que llegar a su sector.
Lucha sin cuartel
“Lucharemos contra la injusticia… contra un gobierno corrupto y contra las brigadas Badr”, asegura el miliciano, quien empezó a combatir en la guerra contra Irán en los años 80.
Las brigadas Badr son los milicianos del Consejo Supremo Islámico Iraquí, su gran rival chiíta, a los que acusan de estar protegidos por el Gobierno del primer ministro Nuri al Maliki.
‘Trinchera de guerra’
Para los habitantes de Sadr City, estos nuevos combates significan el retorno de una violencia que habrían querido olvidar.
“Hace dos días que no tengo ni agua ni electricidad. No puedo trabajar con esta falta de seguridad”, dice un vendedor de corderos, Mohammad Said.
En Sadr City, donde viven más de dos millones de personas, las grandes avenidas están vacías, las tiendas cerradas y ningún auto circula en el sector.