Editorial
Bucaramanga, Colombia
Viernes, 28 de Marzo de 2008
Hernando Pardo Ordoñez
Se murieron las campanas
Hernando Pardo Ordoñez
26/03/2008

Los chiquillos de otros tiempos esperábamos el Viernes Santo en el atrio de la iglesia, el momento en que morían las campanas y sonaba la gran matraca, para sacar a relucir las que previamente habíamos fabricado con un tajo de caña brava y un pedazo de carreta de hilo y felices esperábamos la hora en que debíamos acompañar la solemne procesión. Pero al resucitar Cristo, cantaban el Gloria y renacían nuevamente las campanas y las matracas como las cigarras se silenciaban hasta el año siguiente.

Hoy las cosas han cambiado, las campanas ya no suenan, se murieron hace algunos años, porque incomodaban a los vecinos, ya no son aquellos elementos que trazaban la rutina diaria de los pueblos, cuando con su sonoro lenguaje anunciaban el alba, el Angelus del medio día, el toque de ánimas a las ocho de la noche y nos brindaban alegría en las fiestas y procesiones, tristeza cuando doblaban en los entierros de los seres queridos, angustia en las altas horas de la noche cuando tocaban a rebato por un incendio, y aflicción por la interminable segundilla obligatoria en todo el mundo católico, por la muerte de un Papa como ocurrió en 1922 con Benedicto XV y en 1939 con Pío XI. El poeta Veuillot decía que la voz de las campanas es dulcísima oración, que recorre campos, trepa las montañas, se cierne sobre los valles, es una voz de esperanza, de consuelo, y de amor.

El origen de las campanas viene de remotos tiempos y de lejanos países como la India y China, pero su introducción en el mundo católico solamente ocurrió cuando el Papa Sabiniano sucesor de San Gregorio hacia el año 600 de nuestra era, las utilizó oficialmente dentro del culto católico. Carlomagno generalizó su uso en todo el imperio en el siglo VII.

Algunas son notables por su sonoridad como las de Toledo en España que “se tocan con el dedo” y en nuestro medio, las de Girón con su bella historia de don Pedro, el viejito sacristán a quien le confiaron los dineros para pagar su fabricación en Toledo, y después de haber viajado a ultramar tras una larga y silenciosa ausencia y de haberlo dado por muerto, apareció con el encargo cuyo mayor precio había tenido que pagarlo con su propio trabajo.


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