A una prostituta flaca con sus ojos pintados al estilo ‘Cleopatra’, la reina egipcia, se le cae un ‘bareto’ mientras cruza la avenida. Se devuelve sin importarle que el semáforo esté en verde.
Con desespero y atemorizados por el espectáculo que a esa hora les ofrece la Avenida Quebrada Seca, los conductores de los carros le pitan, sin embargo ella parece no hacerles caso. Recupera lo suyo y se pierde por la carrera 19, hacia el sur.
Minutos después volvería a escena en esa esquina de la carrera 19, pero ya sin la animosidad libertaria que mostró ante los afanados conductores, sino presa de su propio destino, mientras recibía una paliza de su proxeneta.
Las manecillas del reloj marcan las 9:30 de la noche. Parece la hora preferida por mendigos, recicladores, prostitutas, jíbaros y consumidores habituales de drogas, cuyos ropajes e imágenes encorvadas y flacas contrastan de manera lamentable con los carros lujosos de los niños ‘bien’ e importantes ejecutivos de la ciudad, que aprovechan ese escenario clandestino para acercarse a comprar las dosis de la noche, con las ventanillas de los carros a media caña, mientras con su doble moral negocian y se van.
Todos desfilan. Como si saltasen a la escena de una obra de teatro, poco a poco estos actores salen desde las calles atestadas de talleres y bodegas ubicadas al norte y sur de la Avenida, en busca de un pucho de marihuana, a escarbar entre las basuras en busca de su sustento diario o del cliente que luego del atraco les de los $2 mil pesos que necesitan para pagar la pieza en un hotelucho del sector.
‘Ya no hay caciques’
Hoy, después de casi 20 días de absurda oscuridad, la Avenida Quebrada Seca entre carreras 22 y 15, al fin está iluminada. Eso hace más evidentes a los casi 300 habitantes de la noche que no faltan a su cita alrededor de esa gran escena, donde cada uno tiene su papel.
Están los atracadores, los que juegan de consumidores sin remedio, las prostitutas y prostitutos, con sus respectivos proxenetas y los que reciclan. Y los hay también vigilantes, quien lo diría, que por unos pesos se encargan de que nadie robe a sus protegidos.
Mientras cada uno cumple su papel, algunos pasan de un lado a otro, luego de una mirada rápida y con desgano, aunque respetuosa, dirigida a quienes ya están ubicados en algún andén o casi sobre la vía.
Aquí ya nadie es jefe. Ya no hay ‘caciques’. Porque “eso ya no existe”, explica Alexánder, “Cada uno sabe en cuál esquina puede trabajar y en cuál robar”. Nadie dice nada, nadie insulta a nadie. Todos conocen la ley de la ca-lle.
“Aquí yo trabajo, cuando pasan los camiones les pego a las llantas y me pasan algo, de $100 en $100 o de $200 en $200, la gallinita se llena rápido”, afirma este joven cucuteño, que no tiene más de 20 años, pero por efecto de las drogas parece tener más de 35.
Comenta que hace algunos días le tocó ‘sapear’ a uno con los ‘ciclistas’, vigilantes, porque robó a la vecina del edificio, frente al semáforo donde él trabaja.
“Yo no dejo que nadie robe por aquí, la gente ya me conoce y me da de vez en cuando un billetito, porque yo les cuido”, puntualiza Alexánder, mientras recuerda que desde los nueve años se salió al mundo de la calle y aunque quiera salirse, reconoce que está muy llevado por la droga.
Cuadras más arriba, entre las calles 19 y 18, “se vive el ambiente más pesado”, afirma un hombre rubio que llegó de Antioquia hace tres meses.
La calle asemeja a un extraño Triángulo de las Bermudas, donde pequeños grupos de ‘Pedros Navajas’, como los describe la canción, se reúnen y desaparecen constantemente, para luego deambular de arriba abajo por toda la avenida, y volver a reunirse.
Son los ‘campaneros’, los que al parar un carro o cuando alguien pregunta por ‘susto’ o ‘pólvora’, determinan si se trata de ‘la ley’ o de verdaderos compradores. Todos buscan que les vendan un ‘susto’ por $2 mil pesos.
En este último caso se disponen a cuadrar el negocio y precio final y se pierden entre las carreras y calles que rodean la Quebrada Seca, para volver al cabo de unos minutos, con la mercancía prometida.
Y entonces aparece José, y con él, el viejo cuento de que esta ciudad es un buen vividero. Llegó a Bucaramanga hace tres años, aunque es cucuteño, ha estado en varias ciudades de Venezuela y en otras tantas colombianas, pero al final dice haberse amañado en la capital santandereana, “porque la gente aquí si colabora”.
Y así pasan las horas, mientras todos siguen en el afán de concretar una buena noche, que no es otra cosa que conseguir por lo menos $8 mil pesos, que se esfuman en cuatro papeletas de basuco.
Las mismas que aliviarán el hambre de sus cuerpos cansados, de miradas perdidas, que siempre terminan con el anhelo de tener una oportunidad para cambiar de vida. Pero cuando la tienen, la cambian por un ‘susto’ de $2.000 que alguien les ha vendido.
Hablan las autoridades
Sobre la situación que se evidencia en el sector, el comandante de la Policía Metropolitana, coronel Omar González Aguilar, señala que “se han concentrado grandes esfuerzos en atender el Centro y el Norte de Bucaramanga, porque en estos dos puntos se concentra el 52% de la actividad criminal registrada en toda el área metropolitana”.
González Aguilar explica que estas zonas se caracterizan por la integración de muchos consumidores y vendedores muy atentos a las acciones de la autoridad y logran advertirse de cualquier acción que sea adelantada. “Los golpes contundentes que hemos logrado han sido el resultado de las investigaciones de la Policía Judicial” afirma González.
El oficial asegura que aunque en la Avenida Quebrada Seca funcionen los CAI Las Farolas y Girardot y sus agentes realizan rondas constantes, el éxito depende de acciones ntegrales. “Le hemos propuesto a la Secretaría de Gobierno que se implemente un lugar, donde a la par que se adelantan acciones policivas, se trabaje en la resocialización de esas personas”.
“En la medida en que haya consumidores, habrá una persona dispuesta a ofrecer el alucinógeno”, puntualizó el coronel González Aguilar.
La voz de un experto
Sociólogo e investigador
Sostiene que “el problema no son las ‘ollas’, porque sólo son los síntomas de un problema mucho más grande. El punto es la degradación que se evidencia alrededor de las ‘ollas’: prostitución, jíbaros, indigentes. Hay que buscar las causas en sus orígenes y no en los hechos. ¿Qué pasa con los cultivos? El problema es de nunca acabar.
¿Socialización de estos seres humanos? yo veo que las políticas nacionales e internacionales no están claras. Esta lucha contra el narcotráfico se está perdiendo en todo el mundo. Nos tocaría mirar de lo macro a lo micro. ¿Y qué habría que hacer? ¿Los sacamos, los dejamos? ¿Qué programas están dispuestos para socializar a estas personas?”.
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9:30 p.m.
Uno a uno salen hacia la Avenida Quebrada Seca los habitantes de la calle, prostitutas, prostitutos, hombres y mujeres, jóvenes sin ocupación aparente. Llegan por todos lados, desde la izquierda o desde la derecha de la vía principal.
Tres hombres jóvenes, dedicados a la prostitución y quienes esperaron frente a la estación por casi 20 minutos, se devuelven hasta la carrera 28 con calle 18 y entran por la pequeña puerta de un local que durante el día funciona como taller de mecánica.
Al frente funciona una residencia. En la puerta, dos prostitutas ultiman detalles del negocio con dos hombres interesados en sus servicios. Después de cruzar un par de palabras, los cuatro se van tras la luz blanquecina que ilumina la casa.
Empieza a sentirse un gran movimiento. En los separadores de la ‘Quebrada Seca’ ya algunos recicladores y habitantes de la calle preparan las primeras ‘pipas’ o ‘calillos’, mientras otros trabajan revolcando las bolsas en busca de comida.
En algunas cuadras pueden contarse hasta 20 personas. En la calle 29 con carrera 19, un hombre joven golpea a una prostituta, ella no se deja y le manotea. Finalmente se sabe que es el proxeneta, ella sigue recostada contra la pared, mientras busca con afán su dosis personal en el bolso.
Las patrullas y motos de la Policía han dejado de frecuentar la zona. Por toda la avenida se ve subir y bajar a un discapacitado sobre una desvencijada silla de ruedas. Es notable su agilidad y rapidez en los cruces.
Algunos de ellos, sentados sobre los separadores, ya están demasiado drogados como para sostener una conversación coherente.
Una hoguera ilumina la diagonal 15, según explica Alexánder, debe ser una quema para sacarle el cobre a los cables, porque el kilo ya está a $10.000 pesos en el mercado negro. Sin embargo, en medio de las llamas sólo se observa un televisor viejo ardiendo y un arrume de basuras sin nadie que las custodie.
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