
¡Achachay! Esta puede ser la primera palabra que usted pronuncie cuando llegue a los fríos Andes ecuatorianos. Y seguro, después de ella, vendrán frases de asombro y halago hacia este imponente paisaje que, literalmente, les roba el aliento a sus visitantes.

Eran las 8, y una luz iluminaba la noche por encima del tupido bosque, reflejándose sobre las aguas del río Bita.

Entre los privilegios que le he pedido a la vida que me conceda no estaba este. Cuando empezó la travesía para llegar al Nevado del Ruiz me di cuenta lo equivocada que estaba.
Creí que había sido suficiente ver desde el avión la nieve que en invierno cubre Los Andes. Cuando a muchos metros vi a su majestad el Nevado del Ruiz percibí que ese día el Creador había dispuesto uno de los mejores regalos para mí.
Aunque el frío se apodera de mi cuerpo, incluso cuando abro la nevera de mi casa, ese día realicé mi mejor batalla contra el ambiente helado, me olvidé que tengo ‘físico de gallina’ y me empoderé del deseo de expresarle a la vida ‘gracias por permitirme llegar hasta esa majestuosa obra de la naturaleza’.
Así fue. Todo salió perfecto, con excepción de un penetrante dolor de cabeza que se hizo sentir luego del descenso del nevado, pero que no le restó méritos a la gratitud y al gozo de los que embriagué y sigue embriagado mi espíritu.
Lo vi en su infinita blancura, sencillamente indescriptible. Es omnipotente, hermoso ante los ojos del más insensible de los humanos... y estaba ahí, en mi país, a unos cuantos kilómetros de mi hogar.
No nevó, pero me unté y jugué con la nieve, rastrillé con los dedos el hielo hasta que casi se me entumecen las manos. La mujer una vez más se hizo niña para hacer bolas y bolas de nieve. Sin duda, era mi primera vez.
Me tomé una y otra foto, vi la bandera de mi patria que se ofrece como premio para quienes, al menos, llegan al inicio de la zona glaciar. Ahora estaba a 5.100 metros sobre el nivel del mar, envuelta en un poco de trapos que me hicieron olvidar de los 4 grados centígrados.
Que cortas se quedan las palabras del hombre, las imágenes de la tele o aquellas que captó mi cámara fotográfica para mostrar el esplendor de esta maravilla colombiana.
Soy una privilegiada, además, porque las condiciones climáticas conspiraron a mi favor. Si no hubiera tomado la decisión de visitarlo en enero pasado, quizá nunca lo hubiera hecho.
Desde donde nos dejó el bus, zona que hoy es parqueadero, hay que ascender a pie cerca de una hora para alcanzar la nieve.
Hace tres años, dijo una de las viajeras, la nieve también cubría lo que mal llamé parqueadero. En pocos años, menos será el hielo y más habrá que subir para salir a su encuentro; todo, por el descongelamiento de nuestros glaciales.
Quizá a las generaciones futuras habrá que mostrarles páginas como esta y decirles que esa montaña de roca amarilla llamada Nevado del Ruiz años atrás se arropaba de blanco y su color se juntaba con el del cielo para crear uno de los más espléndidos paisajes.
Recomendaciones
Si usted cumple las siguientes indicaciones con seguridad logrará ascender con éxito el Nevado del Ruiz.
Aunque es considerado de fácil acceso, de no seguir estas recomendaciones el llamado ‘soroche’ o la pálida (mareo, desmayo, intenso dolor de cabeza, trasboco y baja de presión arterial) frustrará la que se espera sea una de las maravillosas experiencias en la vida de muchos.
• Desde que llegue a La Esperanza, carretera que conduce al lugar, lleve sólo un abrigo encima. Los guantes, bufanda, pasamontañas, gorros, gafas y demás artículos sólo deberá usarlos a medida que se acerca al nevado. A esto se le llama proceso de aclimatación.
• Durante el recorrido en el vehículo debe llevar los vidrios abajo. Permita que el aire frío entre al ambiente del automotor.
• Durante la carretera para llegar a la falda del nevado hay tres estaciones marcadas por el Parque Nacional de los Nevados. Camine, respire profundamente, escuche las recomendaciones e historia de los nevados colombianos, aprecie el paisaje, tome fotos y hasta beba un canelazo por cortesía del Ministerio de Medio Ambiente.
• Si se presenta alguna emergencia, el grupo del ministerio lo atenderá.
• Cuando llegue a la falda del nevado suba lentamente, es decir, un paso cada dos o tres segundos. A los pocos, deténgase y descanse. Continúe de la misma forma. El descenso, aunque es más sencillo, también hágalo lentamente.
• Durante el trayecto no consuma grandes cantidades de dulce, le generarán malestar. Lleve agua o una bebida energizante y tome sólo algunos sorbos durante todo el trayecto.
• Los carbohidratos y azúcares debe consumirlos en gran cantidad por lo menos tres días antes de esta travesía.
• Si desciende con sed o hambre hay un sitio para comprar diversos alimentos.
• Si siente malestar incline su cuerpo hacia adelante, doble un poco las rodillas y respire. Hágalo lentamente. Continúe al sentirse mejor.
• Escuche a su organismo y a su guía. Si considera que no debe ascender, no lo haga. Niños menores de 10 años, mujeres en embarazo, hipertensos o con problemas cardiovasculares y personas mayores de 70 años no deben subir.
¿Cómo llegar?