Frase de la semana: Cuando la plata es una expectativa, forja la unión; cuando es una realidad, fomenta la guerra.

Tiene más fuerzas, desarrolla mejores ideas, es más visionario e incluso, sin ser el gerente, puede timonear con mayor acierto la empresa de su vida.
Le da igual el cargo que le dé; puede ser desde un mensajero, lustrabotas o secretario, hasta el director de determinada dependencia.
En cualquier puesto brilla. No necesita firmar cheques, tampoco presenta estudios contables; mucho menos se la pasa vigilando el accionar de su competencia. Él, por sí solo, da resultados.
Siempre lo acompaña. Si no fuera así, usted sería como los peces fuera del agua. Casi no le gusta que lo etiqueten, tampoco le interesa aparecer en las firmas de las actas empresariales.
Es un constructor infatigable, pero siempre deja que usted le ponga los acabados a su edificación.
Alguien reconocido y líder mundial, afirma que su secreto para obtener el éxito siempre ha sido tener a Dios como socio en sus proyectos: “dejo en manos de Él, el timón de mi nave”.
¡Claro, a Dios rogando y con el mazo dando! replica. Si no fuera así, ni Él ni cualquier otro capitán de barco podría evitar el hundimiento de la nave.
Así es Dios, su socio, el mejor de todos. Él tiene el poder y la bondad para darle mucho más de lo que se atreva a pedirle.
Henry Ford, quien también se ‘asoció’ con Dios, explicaba que cuando no podía arreglar las cosas, dejaba que ellas se solucionaran solas. Pero que, obviamente Dios y el tiempo eran los responsables de las salidas a sus afanes.
Por eso, replicaba Ford, “… se le debe encomendar al Señor todas las angustias y proyectos; al hacerlo se cumplen los buenos deseos”.
No sólo Ford se asesoró de Él. En el pasado otros lo buscaron: El Rey Saúl lo invocó y brilló por el valor; Sansón lo llamó y triunfó por su fuerza y Salomón, recibió de Él, su sabiduría.
Es obvio que al Señor usted no lo puede ‘tumbar’. Si no pregúntele a Saúl, Sansón y Salomón, quienes se dedicaron a cuidar sólo lo material de sus empresas y terminaron mal. Gordos y soberbios, como toros, se rebelaron y no obedecieron a Dios.
¿Quiere obtener claridad ante un problema que tenga en la vida? ¡Quédese un minuto en silencio, pídale sabiduría y notará los efectos portentosos de su plegaria!
Con Él no hace falta tener talento ni habilidad para ser el apóstol de su idea, porque todo fluye, todo ocurre y todo sucede tal como debe ser.
Lo mejor es que Dios está en su casa, en el barrio, en la oficina, en el colegio, en las estrellas y en cualquier rincón del universo donde decida refugiarse.
¿Saben? Está hasta en la cárcel, porque ningún barrote lo puede vencer.
Y algo más: para hacerse socio de Él, no es preciso estrenar ‘pinta’, ni tener plata; tampoco son precisos los apellidos de alcurnia. Lo único que se necesita es tener fe.
Un último consejo para su empresa: si quiere progresar, no deje pasar un solo día sin darle gracias al mejor socio que se puede tener: Dios.
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