Séptimo día
Bucaramanga, Colombia
Del 23 al 30 de Marzo de 2008
El suicidio de un homicida confeso
ELIZABETH REYES LE PALISCOT

Los móviles de ambas muertes se fueron a la tumba, y para algunos, es mejor dejarlos allá. Esta historia comenzó de noche en la habitación número uno de un viejo hotel y terminó, un mes después, de madrugada, en una sala de urgencias.

El hotel se llama Tony. Está ubicado en una esquina del municipio de San Joaquín, Santander. La posada tiene dos plantas, un baño comunitario y sólo siete habitaciones con un pequeño televisor.

El cuarto con la puerta número uno fue huésped de la muerte de un comerciante. Su cadáver fue llevado a la morgue del pueblo.

La sala de urgencias donde finaliza esta historia, está ubicada a 130 kilómetros de esa habitación. Se trata de un salón de baldosas blancas en el Hospital San Juan de Floridablanca. Allí el agricultor de 16 años se retorció de dolor hasta morir. Los químicos de un veneno para eliminar ratones fueron mortales.

De lo ocurrido en la habitación número uno no quedan testigos. Un frío envilece a los parientes de ambas víctimas al recordar de los hechos ocurridos ese sábado 26 de enero, cuando todo comenzó.

Las familias maldicen la hora en que se abrió la puerta de ese hotel. Como abrazados a unos huesitos imaginarios, aún lloran a sus seres queridos. Dicen que son incapaces de perdonar, aunque admiten que poco o nada saben de los hechos.

Victoriano Merchán Báez, de 40 años y Elkin Yesid Blanco Velandia, de 16, quienes se vieron en el hotel, están muertos. El primero fue llevado a la morgue por la Policía de San Joaquín. El otro salió llorando de la habitación. Minutos después se entregó en la estación de Policía y un mes después, se suicidó.

Las razones que llevaron a su muerte forman parte de un secreto inalterable, como los rumores que arroparon a San Joaquín de esa hora en adelante. Casi en la madrugada, medio pueblo se estacionó en las afueras del Hotel Tony. En San Joaquín se contabilizaban ocho años sin que el pueblo llorara a un muerto por homicidio.



Llegó un patrullero

Victoriano Merchán Báez, nacido en el municipio vecino de Onzaga, llegó a San Joaquín a las tres de la tarde, con dos cajas repletas de colombinas que elaboró en San Gil.

En el barrio Provivienda, un asentamiento popular, Victoriano vivía con su madre, Elvia Báez, de 78 años. Generalmente salía los fines de semana a comercializar dulces y vender artículos como camisas o calcetines.

Elvia Báez asegura que para ese fin de semana, su hijo habría adquirido mercancía avaluada en cerca de $200.000, que pensaba distribuir en San Joaquín, para regresar, después de las cinco de la tarde, a San Gil en un recorrido de dos horas.

Ovidio Prada Ochoa, conductor y propietario del Hotel Tony, recuerda que registró a Victoriano y le entregó la llave de la habitación. El hombre, de contextura gruesa, se instaló e inmediatamente salió a buscar clientes.

“En San Joaquín lo conocían. Él venía cada mes a vender sus cosas. Generalmente se quedaba en otro hotel, pero ese sábado no consiguió pieza. Me pagó los $7.000 que vale la noche y se metió al cuarto”.

En el Hotel Tony nadie recuerda a qué horas Victoriano abandonó su habitación y menos, en qué momento se encontró con Elkin Yesid Blanco Velandia e ingresaron a la posada. Versiones no confirmadas aseguran que los vieron al finalizar la tarde tomando unas cervezas en una cafetería.

Sólo pasadas las 8:10 de la noche, San Joaquín conocería noticias de Victoriano Merchán Báez. A esa hora el patrullero de la Policía, Héctor Quiroga y dos auxiliares, ingresaron a la habitación número uno.



Un amigo en el billar

Elkin Yesid Blanco Velandia era hincha del Atlético Nacional, le gustaban los afiches en que la nómina titular posaba con pomposidad. Sólo cursó la primaria y se le conocía por su carácter recio.

En el páramo de Berlín, en Pinchote y en la finca El Uvo, ubicada en la vereda San Emigdio Alto de San Joaquín, había demostrado sus habilidades para la agricultura. Hace pocos días Elkin Yesid había llegado al municipio con la intención de visitar a su mamá, por lo que ese sábado viajó al pueblo en busca de distracción. Entre sus planes estaba presentarse al Ejército para servir como soldado profesional.

Su padre, Delfín Blanco Torres y su madre, María Virginia Velandia, aseguran que nunca oyeron a Elkin Yesid nombrar a Victoriano.

A quien Elkin Yesid Blanco Velandia sí le habló de Victoriano, fue a un vecino de la vereda. Cristian Alberto Vargas, de 26 años, residente en la finca El Cucharo, estaba en el billar contiguo al hotel ese sábado.

- Acabé de matar a un hombre..., escuchó Cristian.

Elkin sacó de su bolsillo una navaja “pata de cabra”, con algunas manchas de color rojo y se la entregó a Cristian, quien reaccionó diciéndole que lo mejor era acudir a la Policía y aclararlo todo. En la estación de Policía de San Joaquín entregaron el arma.

El intendente de la Policía, José Hernando Pulido, a cargo de la seguridad del pueblo, envió a un patrullero a la habitación.

Cuando el agente de la Policía Héctor Quiroga ingresó al cuarto, observó que Victoriano Merchán Báez estaba tendido boca abajo con poca ropa. Al tocarlo se dio cuenta que el hombre carecía de signos vitales. La sangre de cuatro heridas de arma blanca en la espalda helaba el lugar.



Ruidos extraños

Ovidio Prada Ochoa, propietario del Hotel Tony, aseguró que cerca de las 8:05 de la noche, algunos inquilinos lo buscaron para reportarle unos ruidos extraños en la habitación número uno.

“Las personas de la pieza contigua me tocaron a la puerta para contar que sintieron un tropel. Después llegó la Policía. Les abrí el cuarto con una llave maestra. Uno se imagina todo, menos que apareciera un muerto”.

Confirmado el homicidio, la Policía buscó en su casa a Cecilio Ramírez, inspector municipal, quien se preparó para atender el primer caso de homicidio en la localidad después de ocho años de tranquilidad. El último muerto en forma violenta se originó por el precio de una vaca.

A las 9:55 de la noche del sábado, los padres de Elkin Yesid llegaron al Comando de Policía. María Virginia abrazó a su hijo, mientras que Elkin Yesid lloraba sin resistencia.

El lunes 28 de enero, el intendente de la Policía, José Hernando Pulido, comandante de la estación, consignó en su informe de novedades que “…el menor aceptó la comisión del delito. Móviles al parecer en respuesta o en defensa del intento de abuso sexual por parte del occiso al menor...”.

Pero Carlos Merchán, hermano de Victoriano, asegura que los móviles del homicidio fueron otros.

“Creemos que se trató de un presunto robo. Mi hermano había sacado un crédito por un millón de pesos y ese dinero nunca apareció, como tampoco lo producido en las ventas. No creemos que se presentara abuso sexual...”, dijo.



Le dieron a tomar leche

Elkin Yesid Blanco Velandia fue dejado a disposición de una Comisaría de Familia, que consideró permitirle la libertad mientras el Juzgado Promiscuo de Familia de San Gil adelantaba el proceso.

Para evitar problemas y buscando la tranquilidad de Elkin Yesid, sus padres lo enviaron con su hermana Emilse, quien reside en el barrio Villas de San Juan en Piedecuesta.

“Mi hermano estaba muy deprimido. Se le veía muy mal. Lloraba y decía que veía espantos de noche. No comía casi nada. A él lo afectó mucho la muerte de ese señor en San Joaquín. Desde ese día se le acabó la paz...”, dijo la mujer.

La situación de intranquilidad llegó a tal punto que Elkin Yesid fue internado ocho días en el Hospital Psiquiátrico San Camilo. El subdirector científico de la entidad, Germán Javier Daza Vargas, aseguró que “a este paciente se le diagnosticó un trastorno depresivo”.

Emilse advierte que su hermano debía tomar unos medicamentos pero “él no se los tomó con juicio...”.

El vocero del Hospital Psiquiátrico San Camilo, aseguró que no podía violar la reserva de la historia clínica informando el tratamiento del joven agricultor y menos las conclusiones específicas de su diagnóstico frente al homicidio que cometió en San Joaquín.

El comportamiento del adolescente no cambió. El viernes 29 de febrero, el joven agricultor llamó a su hermana Nelly para darle un mensaje.

- Llamo para despedirme. Voy hacer lo que siempre debí hacer.

Elkin Yesid luego colgó. El mismo mensaje se repitió con otros familiares. Luego, en una tienda del barrio Villas de San Juan, preguntó por el veneno más eficaz para los ratones. Se desconoce cómo lo consumió, pero a las 7:30 de la noche llegó apresurado a la casa. Caminó por la sala y se derrumbó. El más joven de los Blanco Velandia gritaba que le dolía el estómago.

Una sobrina, hija de Emilse, a sus escasos 12 años reaccionó dándole un poco de leche. Los vecinos, alterados por los alaridos, decidieron llevárselo al Hospital de Piedecuesta. De allí lo trasladaron a la sala de urgencias del centro clínico de Floridablanca, donde falleció a la 1:20 de la mañana del sábado primero de marzo.

Dos días después, Elvia Báez, madre de Victoriano, caminaba por el centro de San Gil cuando se encontró con una amiga. Ella le narró el desenlace que tuvo el homicida de su hijo. “Se hizo justicia Señor Dios. Maldito pueblo ese donde mataron a mi muchacho...”, dijo.

El Instituto de Medicina Legal registró la muerte en sus estadísticas. Según la entidad, el año pasado se reportaron 54 suicidios en el área metropolitana de Bucaramanga; en seis de ellos estaban involucrados menores entre los 6 y 17 años.

Los móviles de las muertes de Victoriano y Elkin Yesid se fueron a la tumba. Esta historia comenzó en la habitación número uno del Hotel Tony. Un sábado en la noche ingresaron dos personas. De allí, por más que quieran, las dos familias nunca sacarán la verdad.

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