Martes 16 de Septiembre de 2014
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Domingo 02 de Diciembre de 2012 - 10:48 AM

Los doctores de la nariz roja

COLPRENSA/VANGUARDIA LIBERAL
Los doctores de la nariz roja
(Foto: COLPRENSA/VANGUARDIA LIBERAL)
El doctor Piojillo saca sus "galletitas" -literales galletitas-, les hace abrir la mano a los otros doctores, Pelotú, Abejita, Rosadita y Verdecita con rosado, y les pone allí pedazos, qué, migajas de galletitas. "A nosotros nos gusta compartir", explica. Luego viene la pregunta: "¿Van bien desayunaditos, no?".

Tienen que tener la barriga llena porque lo que les espera es "payasear" con los niños, esta vez, del Hospital General. Sus vestidos, coloridos todos, con la bata de verdaderos médicos, salvo por las estrellas, los muñecos y hasta el cuello de color rojo, está recién lavado. Lo primero que hacen antes de entrar a las piezas es limpiarse las manos. "Porque uno no puede llevar gérmenes", explica el doctor Piojillo, en ese acento tan de otra parte.

Ninguno se acomoda la nariz roja. Esa es como si estuviera pegada o fuera de ellos, real. Ninguno vuelve hablar como antes, porque, va el paréntesis, dice Johanna Acevedo (Rosadita), lo que les han enseñado es que después de que se la ponen, "nos olvidamos de lo que somos y nos convertimos en clowns". Ella es voluntaria. Cierra paréntesis.

Las enfermeras los saludan, como médicos que los hacen reír. "Tan gonitas", les echa un piropo Verdecita con rosado. Rosadita, en cambio, es más osada: "Estoy enfermita". La enfermera de pelo amarillo la mira y le contesta, sin miedo: "¡Venga le aplico la inyección…". Ahí sí, con voz suave, aliviada, "¡no… Después vengo. Tengo mucho que hacer".

Se reúnen frente a la puerta de la primera pieza. Hacen círculo y hablan pianísimo. Están decidiendo la canción. Tocan la puerta y entran sigilosos, mirando allí y allá a los niños que están en las camas. Los pequeños quedan estupefactos, boquiabiertos.

- ¡Ese es… ¡Son ellos…, comenta Piojillo, el doctor jefe.

- ¡Ay… ¡Qué nervios…, manifiesta Abejita.

Lo que sigue son manos que se dan la mano, los nombres (se saben los nombres) y la explicación del jefe: "Nos dijeron que ustedes son los managers de Colombia tiene talento y que están aquí de incógnitos. Hemos ido a muchos castings y queremos que nos vean a ver si nos pasan. Vamos a empezar con una canción".

Vuelven a reunirse en silencio y la niña, Jéssica Alejandra Heredia, de 12 años, a reírse, a carcajadas casi.

"Les vamos a cantar una canción inédita que hemos compuesto. Nos ayudó Juanes", afirma Rosadita y la interrumpe Piojillo, "pero solo un poquito".

Afinan los instrumentos. Pelotú se encarama en una silla con su pollo sin plumas y lo hace sonar más alto. Luego afinan los bajos y todos, casi, se tiran al piso. "A la one, a la two, a la one, two, three: los pollitos dicen pío pío..." y los niños se ríen, aunque Jésica se destortilla. Están desafinados, descoordinados, olvidados.

"La podemos cantar en reguetón", les dice Abejita, pero el niño la quiere en electrónica. "¿No nos creen? -apunta Piojillo. Nosotros íbamos a ser los teloneros de Madonna".

Vienen más risas, porque vienen más historias. El libro en el que después de soplar aparecen los dibujos, y después de soplar otra vez, aparecen pintados. Las adivinanzas. Otras canciones. Más magia. Hasta un soborno: una galletita por pasar a la final.

Vuelven los estruendos felices hasta que se despiden con La Iguana quiere café. Al doctor jefe no se le olvida el consejo: "recuerden que hay que comerse toda la comida que les den para que salgan prontito. Los dulces los dejan para la casa" y esperan verlos en otro lugar, ya aliviados.

Viene otra pieza, otra reunión secreta, otros niños. No todos son fáciles, pero ellos tienen tantas ideas como le caben a Piojillo en su maleta: de pronto, su dedo gordo le alumbra rojo, al estilo E.T.

los que están detrás

Piojillo hace parte de los payasos de Doctora Clown, una fundación bogotana. Los otros acompañantes son voluntarios de Bancolombia.

"Lo que nosotros preparamos son pequeñas estrategias para intervenciones entre 10 y 15 minutos. Buscamos la sorpresa, la sonrisa, que vean algo diferente. También depende de la edad", señala Carlos Álvarez (Doctor Piojillo). Lo que intentan es que esas personas, que pueden ser grandes o niños, que están en el hospital por algún dolor, se olviden por un momento de él.

Las experiencias son muchas. Adriana Neira, directora de Doctora Clown, cuenta que no son galenos. "Nos llamamos doctores porque somos especialistas en hacer reír".

Los pacientes no les pueden quedar pequeños y las posibilidades artísticas que llevan debajo de la manga son muchas. Lo claro, afirma Carlos, es que la visita no puede ser contraproducente, sino que ayude a aliviar. Lo principal es el cariño, el amor, la prudencia. La preparación.

A veces no pueden entrar a un espacio, porque el niño está muy enfermo. A veces deben entrar con tapabocas. A veces toca con mimos o con música y nada más. Siempre, eso sí, las emociones les quedan. Los recuerdos también.

Adriana, que es la doctora Glugli, se acuerda de una niña. Hicieron la terapia y ella gozó como nunca. Terminaron y se murió. "Uno no quiere que la gente muera, quedamos muy tocados y luego, al mes, la mamá nos escribe diciendo que su hija está en el cielo y que gracias por recordarle, antes de morir, que era una niña".

Son médicos con colores, con sonrisas, con sombreros grandes, con zapatos verdes y rojos. Con una maleta que no tiene agujas y, en cambio, mucha magia. Muchos abrazos. Muchas píldoras para aliviarse.

"¡Levanta la mano…", le dice el doctor Piojillo. Juan Pablo la levanta. Entonces él, picarón, cuelga el sombrero. El niño, ahora, es un perchero.


una risa que ayuda a curar

Muchos estudios hablan de la importancia de la risa para que los pacientes se alivien. No significa que no sigan con el tratamiento médico, sino que ayuda. "Es invaluable para la salud mental del niño enfermo y de su familia. Les trae paz. Es increíble, el mejor complemento", explica la médica Lourdes Jaramillo. La terapia reúne elementos de danza, magia y música.

Doctora Clown es pionera en el país y existe desde hace 15 años. En Medellín hay varios grupos, como Mediclown y han llegado otros proyectos como Palabras que acompañan. Todavía no hay una política gubernamental que apoye a estos payasos hospitalarios y, cuenta Adriana Neira, conseguir los recursos es difícil, aunque hay apoyo médico y cada vez es más fácil. Puro amor.

 

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COLPRENSA,EL COLOMBIANO
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