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Jueves 05 de Febrero de 2015 - 02:30 PM

Tres extranjeros cuentan su historia y qué los llevó a enamorarse de Bucaramanga

De acuerdo con Migración Colombia, durante 2014, 23.820 extranjeros llegaron a Santander, siendo Venezuela y Estados Unidos los países de origen de la mayoría de visitantes. Durante el pasado mes de diciembre, en Bucaramanga se hospedaron 2.993 personas de otros países, siendo la octava ciudad del país con más foráneos hospedados.
Archivo/ VANGUARDIA LIBERAL
Tres extranjeros cuentan su historia y qué los llevó a enamorarse de Bucaramanga
(Foto: Archivo/ VANGUARDIA LIBERAL)

Una nueva oportunidad

Lorenzo Ortiz Gajardo es oriundo de Santiago de Chile y desde hace muchos años, cuando vio la telenovela Bety La Fea, se sintió atraído por Colombia, su gente, la belleza de sus paisajes, pero jamás pensó que podría llegar a vivir en el país.

En 2012, tuvo que ir al aeropuerto a recoger a Adriana Martínez, directora de relaciones exteriores de la Unab, quien viajaba a su país por motivos laborales. Gajardo asegura con una sonrisa que hubo una conexión especial con ella desde el momento en que la conoció.

“Lo que a mí me llama la atención del pueblo colombiano es que son personas que tienen una calidad de vida muy especial. Ellos fundamentalmente son alegres y le dan espacio a las cosas que con el tiempo uno considera importantes, como la familia, el deporte, entre otros”.

Tras un tiempo de conocerse con Adriana, Lorenzo decidió comenzar una relación estable con ella a la distancia y en 2013 tomó la trascendental decisión de casarse y rehacer completamente su vida, por lo que abandonó su trabajo de 20 años, su familia y todo, por estar cerca del amor de su vida.

“Decidí darme una oportunidad y mi oportunidad fue Colombia, con mi esposa. Mis hijos que son grandes me dijeron bueno papá, lo más importante es que tu estés feliz y segundo es que vamos a tener en donde veranear”, cuenta a carcajadas Ortiz.

Desde hace menos de un año, Lorenzo creó la Fundación Internacional para el Desarrollo de la Educación y Cultura, que le permite viajar constantemente a su país y trabajar para él como siempre fue su sueño.

“En Santiago yo salía oscuro en la mañana y volvía oscuro en la noche de mi trabajo. Laboré por muchos años para un empresa, ahora trabajo para mí. Di un vuelco a mi vida y estoy feliz”.

Cuando se le pregunta por Bucaramanga, le sobran los adjetivos para describirla de una manera positiva. “Me gusta es su gente, el clima, la tranquilidad. Colombia no es lo que uno ve afuera. Este es un país atractivo. Uno se siente alegre, no existe ese estrés que hay en otras ciudades”.

Ahora Lorenzo Ortiz espera consolidar su fundación en el país  y destacar a través de ella la imagen de Chile.

Ya ha dado varias conferencias sobre la economía chilena y llevado a varios colombianos a misiones académicas en su país.

Por el momento, Ortiz no tiene entre sus planes el volver a vivir en su país, pues dice que hoy se siente muy feliz en
la Ciudad Bonita.

Cuando el Idioma del amor es suficiente

Mientras trabajaba de mesera en un restaurante de Londres, Elena Nikitina conoció a un “amigable” colombiano, con quien empezó a salir y después de unos meses, se enamoraron. Pero a su enamorado se le acabó la visa, por lo que Elena debía tomar una complicada decisión, ¿regresaba a su país de origen, Lituania, o viajaba con el futuro padre de su hijo a Colombia?

Contra todos los consejos de amigos y familia, Elena le hizo caso a su corazón y emprendió su aventura hacia Bucaramanga, en donde no conocía a nadie más que a su pareja, a miles de kilómetros de su tierra natal, con una cultura completamente distinta y sin hablar una palabra de español, pese a que domina el inglés, el ruso y su idioma natal.

“Mis amigos y familia pensaron que yo era muy loca, porque allá se decía mucho que Colombia era peligrosa, que mucho narcotráfico, que te van a matar, robar. Todo eso. Pero yo no escuché nada de eso. Yo escuché mi corazón”.

Hasta el momento Elena sigue pensando que tomó la mejor decisión. Se casó, tiene un hijo de dos años y 10 meses, aprendió a hablar español, tras un año de encierro viendo películas y escuchando música. No la han robado, trabaja como manicurista y está ahorrando para montar su propio spa.

“La gente dice que los santandereanos son secos, las mujeres celosas y bravas, pero yo tengo amigas y son muy buenas, muy queridas conmigo. Me gusta Bucaramanga, porque es muy moderna, cada año hay cosas nuevas, muchas construcciones. Falta un poco más de cultura: no hay teatros, museos para llevar los niños. Acá solo hay cines y centros comerciales, eso para mí es raro, porque en Europa es mucha cultura, pero ya me acostumbré”.

Esta bella lituana, rubia, de ojos verdes y 28 años de edad, asegura que no quiere irse de la ciudad y que al único lugar por el que cambiaría Bucaramanga es por Medellín. Por ahora disfruta de su nueva familia, que le encanta porque es numerosa, algo no muy común en su país, y espera llevar a su hijo a conocer Lituania y a todos los suyos, aunque su abuela viene cada año a visitarlos y planea también radicarse en el país.

De Nápoles para Bucaramanga

Casi no da tiempo de saludarlo, cuando Gino de Rosa comienza a hablar. Parece que estuviera molesto, pero no, es muy amable, solo que su tono de voz es fuerte y mueve sus manos como si fuera santandereano, aunque no lo es, viene de Nápoles, Italia, también reconocida por este ademán al hablar.

Sin un ápice de pena, asegura que llegó a la ciudad en el 2011 y se quedó, por la misma razón que muchos, porque se enamoró de una colombiana “bellizima”.

“Conocí una bumanguesa maravillosa que me enamoró. Yo le preguntaba, ¿eres capaz de dejarte enamorar? Y ella dijo sí, entonces llegué a la ciudad”, cuenta Gino, con su acento italiano aún muy marcado y con una mezcla de italiano y español, que de vez en cuando cuesta entender, según la rapidez de sus palabras.

Este napolitano además de su corazón, trajo la pasión por la cocina, en especial por la pizza, famosa en su ciudad natal por ser cocinada en hornos de piedra, con una masa especial y un sabor exquisito, que quienes han tenido la oportunidad de viajar y comparar saben que sin duda es la mejor.

Es así como Gino decidió crear un restaurante especializado en comida italiana y pizzas napolitanas, que le ha sacado más de una cana y perder más de un cabello, pues lo único que no le gusta de la ciudad es que muchos de los productos que necesita para su restaurante cuesta mucho conseguirlos o son muy costosos. Además, dice Gino que la gente, pese a ser muy amable, es muy incumplida cuando de citas laborales se trata.

“El colombiano en todo te queda mal. Tu llamas a un carpintero, te hace una cotización y ya no vuelve más. Llamas a un eléctrico, dice vengo el martes, no se presenta y lo grave es que no avisan”, afirma De Rosa un poco molesto.

Pero estos inconvenientes son mínimos en comparación con el gran cariño que siente por los colombianos y, en especial, por los santandereanos que califica de “amables, educados e inteligentes” y de los que espera que cada día se vuelvan más cultos, pues lo desespera ver los carros mal parqueados, basura en la calle y el poco sentido de pertenencia por la ciudad.

“Uno acá en Colombia vive muchísimo. Uno no produce estrés, no produce la gastritis que tenía en Italia. Una vida tranquilla. Yo vivo en Acapulco, bajo Ruitoque y es un pueblo divino, de campesinos, muy seguro y con un clima espectacular”.

Finalmente, este napolitano asegura que su destino era estar en Bucaramanga, por lo que no extraña Italia, porque dice “acá no me hace falta nada”.

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