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Martes 04 de Agosto de 2015 - 06:49 PM

50 niños enfermos de cáncer de Bucaramanga cumplirán su anhelo de conocer el mar

Risas y más risas, esas son las que no desaparecen ni un instante de las caras de los niños que se encuentran en la sala de espera de la unidad oncológica del Hospital Universitario de Santander. Este lugar es el sitio de trabajo de la Fundación Amor y Esperanza.
Suministrada/VANGUARDIA LIBERAL
50 niños enfermos de cáncer de Bucaramanga cumplirán su anhelo de conocer el mar
(Foto: Suministrada/VANGUARDIA LIBERAL)

La Fundación lleva 10 años trabajando por apoyar los tratamientos de los niños enfermos de cáncer, darles una mano a sus familias y cumplir el sueño de conocer el mar que tienen estos pequeños.

Karen está nerviosa. Todo el tiempo toma a su mamá de la mano, no la deja un segundo, y ella, Johana Quintero, tampoco. Siempre han estado la una para la otra. Con cuidado, Karen, de 14 años, comienza a medirse los vestidos que lucirá próximamente en la playa, cuando visite el mar por primera vez. No sabe qué la emociona más, si la idea de estar en ese gigante azul, montarse en un avión o estrenar ropa.

 “Voy a ir en avión con mi mamá. Cuando me baje lo primero que quiero es poder tocar el mar… quiero sentir las olas, bañarme ahí, disfrutar la arenita y jugar”, relata Karen Daniela Cortés Quintero, una dulce niña, con sonrisa tan inocente como sus ojos color miel, que aunque buscan inquietos no podrán contemplar el mar, pues hace casi un año, tuvo que ser intervenida de emergencia por un tumor no detectado a tiempo que la dejó ciega. El tumor le robó la vista, pero no las ganas de seguir.

“Desde el 22 de septiembre no puedo ver y ya tengo cuatro cirugías en la cabeza. Actualmente estoy bien, pues me da mucho dolor de cabeza pero tomo cuatro acetaminofén cada cuatro horas. Los médicos dicen que es por las radioterapias”, cuenta la joven, quien a diario debe ir al Hospital Universitario de Santander, HUS, junto a su madre desde la vereda Motoso de Lebrija, a más de hora y media de Bucaramanga, para recibir 10 inyecciones.

Cuenta Johana Quintero que lastimosamente, como se volvió común en Colombia, por muchos años a su continuo dolor de cabeza solo le recetaban acetaminofén, pero un día fue tan fuerte, que esta famosa ‘pastillita’ que sirve en el sistema de salud para todo tipo de dolencia no sirvió más. Ese momento llevó al coma a Karen y a debatirse por varios días entre la vida y la muerte.

Según los doctores no voy a volver a ver, pero eso es según ellos, porque eso la última palabra la tiene el de arriba, Diosito… si a mí me hubieran detectado el tumor a tiempo no hubiera quedado cieguita”, afirma Karen mientras lanza esa tierna sonrisa que jamás se extingue de su rostro. Lo último que vio fue camillas, enfermeras, paredes blancas y el rostro angustiado de su amada madre.

Entre el mar y la vida

Esta joven junto a 49 niños de escasos recursos que también padecen diversos tipos de cáncer serán llevados a conocer el mar por primera vez por la Fundación Amor y Esperanza, que desde hace 10 años viene desarrollando esta noble labor.

Esperanza Luna de Almeida, presidenta de la fundación, trabaja con niños que se encuentran en la unidad oncológica del HUS. En todo este tiempo han facilitado los tratamientos oncológicos de más de 300 niños y brindado desde un desayuno, ropa o un momento de esparcimiento a los menores y sus familias, ya que en ocasiones si tienen para pagar el pasaje del bus y llegar a las citas médicas, no les alcanza para la comida.

Dentro de todo este trabajo, desinteresado, valiente y extremadamente bondadoso, realizan un proyecto al que denominaron ‘Sueños Azules’, por medio del cual han logrado llevar hasta 50 niños, cada año, a alejarse de sus dolencias y problemas, para simplemente perderse en la inmensidad y paz que transmite el mar.

“Se trata de que conozcan el río grande, como ellos llaman el mar. Es una experiencia maravillosa, que si todos los donantes, esos bonitos corazones quenos apoyan fueran a vivir con los niños ese momento, sería fantástico”, dice Esperanza Luna.

Esta mujer, con su pausada voz, recalca que lo que las voluntarias y ella dan a los menores es mínimo, frente a las enseñanzas de amor, tenacidad y verraquera que les dan las madres de esos niños.

“Eso es lo que nosotros queremos, sacarlas de ese entorno de dolor y sufrimiento. Disfrutar así sea de un helado, una actividad lúdica a través de la risa, el canto. Todo lo que les hagamos ellas lo disfrutan. Las mamás llegan con sus niños acá (HUS) desde muy temprano y muchas veces sin desayuno.

Cuando deben quedarse duermen en el suelo”, cuenta la presidenta de la fundación, sobre una realidad que debió vivir Johana, madre de Karen, por 22 días mientras se recuperaba su hija: dormir en el suelo del hospital.

Lo que sí deja en claro Esperanza es que el personal médico del HUS tiene una gran calidad humana. Entre ellos se destaca la labor que realiza con estos menores el pediatra oncohematólogo Ernesto Rueda Arenas, quien debe decidir quién puede o no ir al mar, y jamás se ha perdido un viaje con los niños.

Los ángeles vuelven a casa

Este año ya se han ido seis angelitos sin cumplir su sueño azul, pero quedan otros 50, entre ellos Karen, que lo harán. Desde los 9 meses hasta los 16 años son las edades de los menores que se benefician del trabajo de esta fundación en donde la mayoría son voluntarias: ocho mujeres y dos hombres.
Mamás de tiempo completo son las voluntarias, pues cuando salen de sus hogares llegan al hospital a seguir cumpliendo con esta invaluable labor, ya que lo que más led brindan a los niños es amor y a cambio solo reciben lo mismo.

“Esto lo hace a uno valorar más los hijos, la salud, de ver casos tan terribles en niños tan pequeños y tomar conciencia de lo que Dios nos ha dado”, expresa María Teresa Cortés, quien  se vinculó a la fundación como voluntaria desde hace cinco años, a pesar de que al principio lo dudó mucho, ya que sentía que no podría con tanto dolor.

“Es algo que lo sensibiliza mucho a uno… estos niños le llegan a uno al corazón. Todos los años he ido al mar con ellos  y cada vez es una experiencia maravillosa. Los menores se imaginan el mar pequeño y me preguntan que por qué le echan tanta sal (risas) y esto lo hace a uno seguir luchando”, apunta Audrey Vega, quien desde hace 10 años está trabajando en el proyecto.

Ángela Poveda Díaz ya lleva tres años de voluntaria y cuenta que lo más difícil es sin duda la zozobra de tenerlos un día y al otro ya no. Durante este tiempo afrontó, entre muchas, la pérdida de un joven de 15 años con quien viajó a conocer el mar, pero tras unos meses de regresar del viaje, sufrió una recaída y  murió.

“... Hacerlos reír vale más que cualquier cosa. Cuando llegan al hotel en Santa Marta no pueden creer que todo sea gratis y les parece mentiras que puedan comer tanto, algunos hasta se nos indigestaron de todo lo que comieron … Si se apega uno mucho se sufre. Hay que saber manejar esa situación también”, agrega.

 “La vida es algo hermoso que debe valorarse es cada momento. No se debe esperar a que el niño esté en estado terminal para que la gente se acerque a ver qué se le da… es brindarles ese apoyo permanente…”, indica Esperanza.

Por ahora Karen termina de medirse sus dos vestidos, uno lila, con el que dice se siente mejor, y otro azul de flores. Al final, las dueñas del almacén Bahía deciden regalarle ambos. Cuando la menor se entera de esto, inmediatamente comienza a llorar. No puede creer que vaya a estrenar y por partida doble.

Karen lo que más anhela, además de volver a ver, es poder seguir estudiando, pues solo ha podido llegar a quinto de primaria. Así mismo, desde ya, junto a la Fundación Amor y Esperanza y todas las personas que se quieran vincular, planea sus 15 años que son en febrero de 2016.

Quiero un vestidito azul, así pomposo, como de princesa. Que tenga muchos brillantes, no importa que no los vea. Lo único malo es que no tengo cabello, pero bueno, no importa. Y quiero 12 chambelanes. Me dijeron que hay escuelas de chambelanes pero toca pagarlos”, describe emocionada y se abalanza a abrazar a su mamá, su refugio y su paz.

Usted puede apadrinar a un niño con su familia o varios amigos, aportando $540 mil que valen los tres días en Santa Marta con todo incluido. De igual manera, puede realizar el aporte que desee a la cuenta de ahorros de Bancolombia No. 7927806817-5, a nombre de la Fundación Amor y Esperanza. Si desea tener más información o brindar cualquier tipo de ayuda, puede llamar a los teléfonos: 300-612-5074 o al 6852016.

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