Lunes 12 de Junio de 2017 - 06:00 AM

Así es el interior de los casinos en Bucaramanga

Vanguardia Liberal visitó varios casinos de la ciudad y descubrió la vida de los jugadores. Uno hombre que logró salir de su adicción y otro que aún no termina su proceso nos contaron sus secretos.
Banco de Imágenes
La sicóloga Ruth Natalia Suárez Flórez explica que los jugadores patológicos tienen menos sensibilidad al castigo y la pérdida: “suelen pasar por alto los momentos en los que pierden, y no prestan tanta atención al hecho de que están perdiendo dinero en las apuestas. Además, una persona con este tipo de adicción puede ser castigada en el trabajo, por sus amigos, o familiares, y esos castigos no serán tan significativos como lo serían para una persona sin esta adicción”.
(Foto: Banco de Imágenes )

“El casino vende sueños en efectivo”: el empresario Diego Rueda estira la mano delgada, los dedos largos, hacia su taza de café. Tiene 25 años. Juega desde los 18. “He buscado ayuda, pero no me sirvió de nada. ¿Quién lo puede a uno detener si va a la misma puerta todos los días?”. 

Está sentado cerca, precisamente, de su portal al infierno: uno de los casinos del sector de Cabecera. 

No quiere mirarlo, pero en su cabeza la ruleta no para de girar. 

“Todos decimos que podemos controlarlo, pero no podemos controlar nuestras adicciones. No podemos porque somos nosotros, no jugamos contra nadie. Y quién es más difícil vencer que uno mismo que se conoce tan bien”. 

Es delgado y habla rápido, seguro, las frases correctamente elaboradas. No titubea. Narra que en Bogotá abusó de los potenciadores cognitivos. Se iba al Aladdin y allí llegó a apostar todo el dinero para pagar su semestre. 

“Tenía $400 mil en el bolsillo. Eché $50 mil y los perdí. Eché $100 mil, los perdí. Seguí con $200 mil y los perdí, $250 mil, también los perdí. Me desesperé, eché el resto y perdí los últimos $150 mil. Eran las dos de la tarde. Retiré un millón 200 mil pesos. Perdí. Retiré todo: eché $4 millones y medio, los perdí. Pero me recuperé y gané $3 millones al final”: Diego tenía 19 años.  

Estudió robótica en la capital, pero su desenfreno lo trajo a Bucaramanga. No es como si el cambio de aires lo hubiera detenido. 

“Cuando usted apuesta en la ruleta a varios números y cae el 28 cuando usted tenía el 27, entonces ve las fichas, la mesa, entiende que su apuesta representa un potencial de ingreso o una pérdida. Y cree que tiene la oportunidad de ganar a partir de que el 28 cayó y sólo le faltó una ficha más para apostar. ¿Cómo va a parar de intentarlo si estuvo tan cerca?”: Diego está convencido. Sabe que no puede volver. Sentado, tan pronto suelta su taza de café, tiene que poner las manos en sus bolsillos. De alguna manera debe evitar salir corriendo al casino.

“No a todos les pasa lo mismo”, dice, “hay jugadores de jugadores. Hay gente que puede entrar y salir de esa vida. Hay gente que prueba drogas y no se queda en ellas, pero en la estadística del 7% de la población que es jugadora en el mundo, al menos el 90% de ellos se queda adentro”.

Trucos y más trucos 

Diego Rueda ha recorrido los ocho casinos con mesas de póker en Bucaramanga y apuesta a las cartas ocasionalmente de forma privada.

Un tipo al que le dicen ‘el chino’, según cuenta, es el rey de las apuestas: “gana $1’700 mil y se queda jugando. Es una persona que maneja mucho dinero y negocios de póker. Lo vi un día ganar $20 millones”.

Explica que la mesa más grande es de dos millones de pesos, dependiendo de la hora. Una de estas mesas privadas está ubicada en el Centro del ciudad y son frecuentadas por comerciantes, que son quienes tienen dinero para apostar fuerte: nada de $2 mil tristes pesos para ganar $10 mil.

Ubicado en Cabecera, es uno de los más concurridos por personas de todo tipo: un hombre de unos cincuenta años, rubio, de ojos verdes, ebrio y ajado que apuesta siempre al número que “casi gana”; unos hombres de mediana edad, con gafas y relojes costosos, que a veces ganan y más veces pierden e insultan y se ponen rojos; unas jóvenes que acompañan a sus parejas para darles ánimo,  mientras ellas pierden sus monedas en las máquinas, esperanzadas en que el bonito rostro de tres perritos las convertirá en las ganadoras de la noche; y una mujer mayor, con las ropas sucias y ojeras negras que suplica por dos mil pesos para apostar en el bingo que organiza el casino y que asegura a cualquier novato que juega que de seguro ganará, que espere un rato más que el ‘Jackpot’ acumulado de seis millones está a punto de estallar.

“Si lo piensa como suerte de principiante, me suena a mí como a un sistema”, aclara Diego, “la ruleta paga 36 veces y cobra 38. Y siempre va a ganar, porque nadie le puede apostar a todos los números. Y si apostara a todos, aunque ganara, perdería. Podrá ganar inmediatamente, pero se lo perderá. ¿Cómo saber cuándo retirarse?”

Lo sabe bien: hace dos meses y medio perdió $79 millones. Apenas está recuperándose. 

Ha visto a sus amigos perderlo todo, pero no se detiene. El caso de su amigo ‘El Paisa’ lo hace detenerse en su relato un segundo, pero no pierde la chispa. Dice que el hombre lo perdió todo, incluida su esposa y su hija, que apenas pudo quedarse con la mitad de lo poco que le quedaba tras el divorcio. La última vez que lo vio, vivía en una habitación de $15 mil en el Centro de la ciudad. Está desaparecido.

La carta más baja

“Show en vivo, rifas, bingo y las más hermosas mujeres este 10 de junio en su Casino”. Los casinos del Centro de la ciudad, donde presumiblemente ‘El Paisa’ jugó sus últimos billetes, son una mezcla de luz intensa y olor a límpido, acompañados de mucho ruido y gaseosa. El atractivo principal son las “tragaperras”, como los jugadores les dicen, y contrario al estoico rostro de los jugadores de los casinos de Cabecera y los Centros Comerciales, los apostadores de esta zona convierten los estallidos de frustración en su personalidad. Se ríen más, también.

“Las tragamonedas es en donde más se gana y se pierde plata. Y dejan más plata que las mesas, porque hay más”, explica Diego y contesta por qué les gustan tanto a los apostadores: “les encantan, porque tienen colores, los vuelve adictos. Estuve un día con una amiga, alcanzó a ganar un $1’200. Jugó la mitad, cobró la mitad. Como le iban a cobrar el impuesto a la ganancia ocasional, prefirió cobrar la mitad y apostar la otra mitad. La gente se siente tentada por la adicción a ganar, pero las ganancias nunca serán suficientes para cubrir las pérdidas”.

Los más aficionados no quieren pagar el impuesto legal y algunos casinos de mala factura tampoco. Coljuegos explica que en Santander fueron retiradas del mercado 179 máquinas electrónicas tragamonedas y tres mesas de casino, entre 2014 y 2016. A 31 de diciembre de este último año, se dejaron de percibir $3.313 millones, que deberían ir a la salud, por apuestas ilegales.

En abril de este año, Coljuegos recaudó por derechos de explotación a juegos de suerte y azar un total $359’482.417 en Bucaramanga.

Las dealers del casino, unas jóvenes usualmente de bonito rostro y cuerpo, ofrecen a los jugadores arroz con pollo. Son las seis de la tarde. Un hombre contesta el teléfono celular y le pide a su interlocutor que lo espere un momento, que está en una vuelta en el banco. En los casinos más lujosos también se oyen este tipo de llamadas.

Una de las mujeres presentes le dice a su acompañante, ambas mayores de 60 años, que lo más seguro es que ganen en esta ocasión, así como lo hicieron hace dos días. Sus pupilas se dilatan y buscan a una de las dealers para que les regale un vaso de gaseosa. Van a cambiar un billete de $10 mil que las dos han conseguido con ventas callejeras en la carrera 16.

El rostro de las dos se contrae de repente, llegó la hora de jugar, el momento de la verdad. 

“En el casino sucede un milagro aleatorio cada mes. Alguien se gana el ‘Jackpot’, que son $6 millones y todo el mundo enloquece. Pero el ‘Jackpot’ ya puede pagarse, porque se ha cobrado 50 millones antes. A veces no siempre es aleatorio.

Hay que tomarse estas molestias para asegurar clientes potenciales como yo, que deja su mensualidad en una sentada. Ellos saben si concluí o no un negocio, si tengo mucha o poca plata”, cuenta Diego.

Dice que en los casinos tienen la tecnología de reconocimiento facial y si lo expulsan de uno, lo expulsan de los demás: “los dueños de todos los casinos en Colombia son el Grupo Cirsa y Winners group. A veces los veo venir. Juegan un rato, se ríen y se van. Si le prohíben la entrada a un casino, ya no puede volver a ninguno”.

La casa siempre gana

No es fácil salir de esta vida.

El coordinador de Jugadores Anónimos de Bucaramanga lo había perdido todo para 1997: a su esposa, quien estaba ya con otra persona; el dinero de sus negocios y hasta su sobriedad: “la última noche perdí mucho dinero. Ese domingo, en un vacío terrible, miré a los otros tipos que estaban alrededor mío con bastante plata y ganando. Le dije a Dios: ‘estos nos son mis amigos, sáqueme de este hueco”.

Curiosamente, un amigo que también tenía problemas con el licor le habló de Alcohólicos Anónimos. Los buscó y desde entonces, hace ya 20 años, no bebe. Dejó el juego progresivamente: “pero sabía que me hacía daño a mí”, y finalmente, hace dos años, creó Jugadores Anónimos en la ciudad.

“Hay dos médicos miembros, un abogado, ingenieros, hay de todo, porque eso coge al potentado y al arrastrado, coge a lo que sea”, cuenta el coordinador del grupo.

Se reúnen una hora y media los lunes, jueves, viernes y sábados, y se deben cumplir los 12 pasos característicos. El primero de ellos “es aceptar que el juego me ganó la partida y que mi vida se volvió ingobernable. Entonces a partir de ahí, teniendo ya claro lo que es la aceptación del cerebro, la bajamos al corazón y nos mantenemos sin hacer ninguna promesa, viviendo el día a día”.

La sicóloga Ruth Natalia Suárez Flórez explica que los jugadores patológicos tienen menos sensibilidad al castigo y la pérdida: “suelen pasar por alto los momentos en los que pierden, y no prestan tanta atención al hecho de que están perdiendo dinero en las apuestas. Además, una persona con este tipo de adicción puede ser castigada en el trabajo, por sus amigos, o familiares, y esos castigos no serán tan significativos como lo serían para una persona sin esta adicción”.

También indica que son personas más arriesgadas. Eso explicaría por qué el principal negocio de Diego Rueda es el servicio de acompañantes y su poco temor a hablar de cómo se mueve el mundo de los casinos, lugares donde las luces están siempre encendidas, donde las mujeres y hombres que atienden sonríen, mientras observan con ojo de águila a quienes se quieren pasar de listos. Nadie puede pasarse de listo. Son las nueve de la noche y el bingo ha jugado. A pesar de tener tres cuadros para llenar, la mujer de la ropa sucia, pierde. No hay nada que pueda hacer: la casa siempre gana.

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