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Lunes 24 de Julio de 2017 - 11:40 AM

Tras los pasos de Omar, el hijo que no ha vuelto a casa en Santander

Su familia siguió sus pasos durante estas dos décadas, pero su hijo Omar se escurría como agua entre sus dedos cuando pensaban que lo encontrarían. ¿Dónde podrá estar? Su familia hace un llamado para que se comunique con ellos. Ha pasado mucho tiempo.
Fabián Hernández/VANGUARDIA LIBERAL
De izquierda a derecha: la hija de Helena, Laura Jimena Ramírez; Matilde Chaparro, la mamá de Omar; Omar Gutiérrez padre y Mayerly Quintero, hija de Edelcy, la sobrina que Omar tanto adora y quien tenía tres años cuando se fue.
(Foto: Fabián Hernández/VANGUARDIA LIBERAL )

Pocas palabras fueron cruzadas. Omar Gutiérrez salía de su casa, en una finca ubicada en el Playón, Santander. 

-¿Y eso, mijo?

Omar llevaba una bolsa y una maleta. Su papá se lo había encontrado por el camino.

-Me voy de la casa, papá.

-Pero, ¿y por qué se tiene que ir?

-Me voy de la casa para siempre y nunca más me volverán a ver.

Y eso fue todo. No pasó nada más.

Hasta hoy, Omar ha cumplido su promesa. Han pasado veinte años. La pregunta es si será más fuerte su palabra que la esperanza de su familia de volver a verlo. Nunca se han cansado de buscarlo. Y aunque adoloridos en el proceso, solo quieren estar con él otra vez.

Omar tenía 17 años cuando cruzó estas palabras con su papá, de quien heredó su nombre. Había peleado con su hermano menor por unos maduros, nada grave. Su mamá lo regañó. Y Omar se fue de la casa. Es todo lo que saben.

Lo buscaron entre familiares, amigos, conocidos. Corrieron la voz. Pero no dieron con él. No se comunicó para decir si estaba bien.

“En ese tiempo yo ya me había casado”, cuenta su hermana mayor Edelcy. Ella vivía ya lejos de su familia. Fue a visitarlos cerca de la fecha de la desaparición de Omar con la noticia -especialmente para él-, de que tendría un hijo varón. Pero fue ella quien se llevó una gran sorpresa.

“Fue muy duro. Me sentí muy mal, impotente de no hacer nada. Mi madre estaba desconsolada, se nos enfermó. No comía, solo lloraba. Nos tocó estar al lado de ella”, recuerda.

Son cuatro hermanos y sus padres, Omar y Matilde. Aseguran que no se fue por la pelea con su hermano, que eso habría sido absurdo. Pero, ¿qué otras razones pudo tener? ¿Estaba en las drogas? ¿Tenía problemas con alguien? La respuesta es un no. Un no cerrado, rotundo.

Lo recuerdan como un joven trabajador, caprichoso, eso sí, pero en general, noble. Ayudaba con los animales en la finca, era apegado a sus hermanos. Tanto, que quería comprarle un regalo a su sobrina, de tres años entonces, y estaba ahorrando juicioso para eso.

“Es una criatura que yo lo describo como caprichoso. La mamá lo regañó, lo normal. Y se fue. No hubo más palabras”, relata Omar Gutiérrez, su papá.

Describe a su hijo como un hombre de su estatura, alrededor de 1.70 metros. Solía tener la piel tostada por el trabajo en el campo: “nunca llamó, nunca volvió. Se encontró más adelante con unos sobrinos en Rionegro, pero nunca se le dio por ir de regreso a la casa”, narra.

Omar Gutiérrez descarta que su hijo se hubiera unido a algún grupo armado. Ellos le siguieron la pista y jamás tuvieron información que lo relacionara con este destino. “Es humilde y trabajador. Es un buen muchacho, lo que pasa es que desafortunadamente, es rebelde”, dice Omar.

Pero, ¿por qué irse para no volver? ¿Qué podría pasar por su cabeza, qué decisión podría haber tomado que lo alejara de su familia por completo? 

“Creo que estaba cansado. Él ya se había ido antes y mi madre lo iba a buscar. Él regresaba, pero esta vez, cuando ella fue donde él estaba, él ya se había marchado. Me imagino que le dirían que mi madre iba a buscarlo”, cuenta una de sus hermanas, Helena.

De eso hace ya muchos años.

Tras la pista de Omar

Los padres de Omar no denunciaron su desaparición por dos razones lógicas. La primera, Omar se había ido voluntariamente. La segunda es más oscura: la guerrilla y los paramilitares se peleaban la zona petrolera y los tentáculos de sus cabecillas se extendían a otros municipios de Santander, incluida la tierra donde vivían los Gutiérrez.

A el Playón había llegado para esconderse alias El Panadero, buscado por la masacre de siete personas y la desaparición de otras 25 en Barrancabermeja. En 1998 fue capturado allí. Pero la violencia no terminó.

Al año siguiente, un integrante del Frente Walter Socarrás, del Bloque Central Bolívar BCB, de las Autodefensas Unidas de Colombia, asesinó al alcalde y al secretario de gobierno del municipio.

En el 2000, cinco concejales fueron asesinados. Eran 11. Omar Gutiérrez era concejal. Tuvo que huir con su esposa y sus hijos.

Omar nació en la vereda Costa Rica, La Belleza, hace 51 años y tres meses. Y Matilde Chaparro nació el 14 de octubre del año 58, en Rionegro.

Toda su vida trabajó como campesino. En Rionegro conoció a Matilde y se enamoraron. Tuvieron a Edelcy, hoy de 42 años, Omar, de 39, Luz Helena, 32 años y Luis Emel, de 31 años ahora.

Pero la violencia los exilió. Se instalaron en Girón, pero la vida del pueblo no era para ellos. Así que volvieron al campo. Omar hijo ya se había ido. Lo buscaban, pero las idas y vueltas desvanecían las pistas, que tampoco era tan claras. Solo tras siete años de vacío, llegó el primer indicio claro.

“Los primeros seis o siete años él estuvo trabajando”, cuenta Omar padre. Agrega: “nos dieron una razón, un muchacho que prestaba el servicio militar, que lo vieron yendo para Medellín, más allá de Barranca, por el rió Opón, algo así. Y nos dieron resumen de que por allá estaba. Nos fuimos en una motocicleta y sí, que allá había estado trabajando un año, dos años”.

Y curiosamente, se había marchado de aquella finca tan solo tres días antes de que sus padres llegaran a buscarlo. ¿No quería ser encontrado?

Sus padres se enteraron también de que Omar había solicitado su cédula. Sucedió años más tarde, cuando al irse de la finca cerca del Opón, regresó a Rionegro. Estuvo recogiendo café cerca de la propiedad de sus padres, pero no lo suficiente como para que alguien reportara su presencia.

De eso hace ya 15 años.  Todos conocen la historia. Las únicas fotos que Matilde conserva son tan antiguas, que no corresponden siquiera a la época en la cual se fue. Todas estas las repartió entre la gente que podía verlo, que podía conocerlo. A pesar de los años, Matilde conserva tan fresco su dolor, que no es capaz de contar lo que pasó.

El orden público seguía difícil en Santander. En 2002 hubo 37 combates del Ejército en los municipios de Suratá, El Playón y Rionegro contra el Eln y el Epl. Y en Sabana de Torres contra las autodefensas, las Farc y el Eln, según un informe del Programa Especial de Derechos Humanos de la Vicepresidencia de la República.

Por un momento, los Gutiérrez temieron que Omar hubiera sido reclutado o secuestrado. Jamás ha reclamado su cédula original. Para octubre de 2003 habían sido secuestradas 90 personas en Rionegro. Aún es incierto si esta hipótesis sea correcta. Por un momento pareció que no, pero fue una falsa alarma. Tan falsa, que los dejó rotos, sufriendo.

Tan cerca, pero tan lejos

En 2012, un joven comerciante les pidió a los padres de Omar cien mil pesos para buscarlo en La Gabarra, Norte de Santander, desde donde habían recibido pistas de su hijo. Pero no fue más que una falsa alarma. Nada hubo tras este indicio. Omar no estaba allí. No había rastro de él.

Alguien más les dijo hace cuatro años que habían visto a Omar por Gamarra, César. Limita al norte con el municipio de La Gloria, al sur y sudeste con Aguachica y al oeste con el departamento de Bolívar. “Yo tengo mi sobrino en Sabana de Torres. Hay un compadre de él que tiene un ferri y yo les recomendé que se comunicaran conmigo si lo veían por el rió Magdalena", cuenta su papá.

Silencio. No hay noticias de Omar. Ni rastro en las redes. Al menos con su nombre.

Los hombres son quienes más desaparecen. Hay 13 mil 177 casos, mientras que las mujeres reportan 10 mil 926 desapariciones. En total hay 23 mil 012 desaparecidos en el país, según datos de Medicina Legal.

El sistema de Consultas públicas desaparecidos y cadáveres de la institución señala que al 18 de julio de este año hay 2 mil 238 personas desaparecidas en Santander: 304 mujeres y mil 934 hombres. Mil 457 de esas desapariciones de hombres están clasificadas como indeterminadas. Es decir, tras indagar por el paradero de alguno de ellos, las autoridades podrían encontrar que se fue por su propia voluntad, explican fuentes de la fiscalía. No se sabe.

Helena, que hoy es enfermera, dice que se siente el vacío en la familia. “Él quería trabajar”, dice Helena. Pero, ¿por qué no ver más a su familia? “Esa pregunta tendría que hacérsela a él”. Los recuerdos son lo único que les queda de Omar.

“Le ayudábamos a nuestro padre cuando tenía que despulpar cacao. Traíamos agua para la casa, apartábamos a los terneros para el ordeño, hacíamos los oficios de la casa. Jugábamos como todo niño en esa edad lo hace”, cuenta Edelcy.

En alguna ocasión, envió una misiva sin rumbo con unos amigos, por si lo encontraban, por si la suerte la acompañaba y Omar la recibía. Si lo hizo, nada le respondió. Pero ella no se rinde, es del talante de la gente de su casa.

¿Qué le diría si Omar viera este reportaje?

“Quisiera decirle: hermanito aunque se me hace un nudo en la garganta al escribirle esto, yo le cuento que tuve cuatro hijos y que sigo en la Iglesia. ¿Sabe? A veces imagino verlo llegar, pero no pierdo la esperanza de volverlo a abrazar y de decirle cuanto lo quiero. Tuve un hijo varón. Se llama Yeison. Dios me concedió después otro varón. Tengo tantas cosas para contarle... Solo le pido a Dios que me regale esa oportunidad”.

Esta no es solo una historia triste. Es una historia de perseverancia, de esperanza.

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