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Jueves 27 de Julio de 2017 - 10:29 AM

Así se proyecta cine en las noches a los habitantes de calle de Bucaramanga

Con elementos que tenían en sus casas, otros en préstamo y algunos comprados, un grupo de jóvenes emprendedores proyecta películas todos los miércoles en la noche a habitantes de calle de la ciudad.
Cortesía Brayan Camargo/VANGUARDIA LIBERAL
Así se proyecta cine en las noches a los habitantes de calle de Bucaramanga
(Foto: Cortesía Brayan Camargo/VANGUARDIA LIBERAL)

Un computador, un proyector, un bafle pequeño para amplificar el sonido, un telón blanco de no más de dos metros cuadrados, las escaleras de la Plaza Cívica Luis Carlos Galán que funcionan como silletería y una buena película.

Eso es todo. Ellos no necesitan más para emocionarse como si estuvieran en una sala de cine. Solo les bastan esas dos horas de entretenimiento para olvidarse de su realidad, que aunque dura, para ellos “es la vida”.

Como todos los miércoles desde hace ocho meses, empieza la función en la plazoleta y de tanto en tanto empieza a llegar el público: recicladores, vendedores de dulces, emboladores. Todos con algo en común: viven en la calle o a duras penas tienen para conseguir lo del cuarto cada noche.

La ambivalencia de la calle

-¡Ay, ay! Lo va a tumbar. ¡Péguele! ¡Péguele!, grita emocionado Pedro Monsalve Ardila, mientras acomoda su costal en una orilla para poder sentarse bien.

La cinta de la noche  es “Gigantes de Acero” y él no descuida ningún momento porque la lucha de los dos robots está reñida.

-¿Quién gana? ¿El amarillo o el azul?, le pregunta uno de los organizadores de la actividad.

- El amarillo, le está dando más duro el amarillo, responde.

Se ríe, se asusta, se intriga, aplaude, celebra y mira a los demás cuando algo interesante pasa, para ver si están poniendo cuidado. En ese momento no está pensando en que después de que se acabe la película tiene que armar cama unas cuadras más abajo o en si al otro día le va a tocar pedir que le regalen comida en algún lado si no le alcanza con lo que venda del reciclaje.

Pero sí piensa en su compañero, con el que trabaja, duerme y vive. Mientras todos se comen la empanada de carne tan rápido como el hambre les dicta, él disfruta cada bocado y guarda la mitad en un vaso plástico.

-Es para mi amigo, se quedó allá arriba en vez de venirse conmigo y se está perdiendo la película, tan buena que está, dice, cuando le preguntan por qué no se comió todo.

Dos escaleras arriba está sentado Carlos Julio Guzmán, de 60 años. Está recién bañado y huele a jabón y cigarrillo. Está algo bravo porque hay un grupo de ciclistas en la plaza esperando para salir a montar por la ciudad y tienen música a todo volumen.

-Les voy a decir que le bajen un poquito, ya me perdí esa parte que estaba buena porque no me dejan oír, gruñe.

Una de las organizadoras le explica que ellos ya casi se van, que tenían esa actividad programada y que hay que respetarla también.

Él la mira con cara de ‘a mí que me importa’, pero se resigna.

Hace dos semanas que no duerme en cualquier rincón y sus días son una constante lucha por reunir los 9 mil pesos de un cuarto compartido. Alguien lo ayudó a conseguir trabajo y ahora sale desde las 7 a.m. con un carro de helados y su respectivo uniforme.

El día estuvo pesado y le faltan 4 mil pesos todavía, pero por el momento lo único que quiere es que lo dejen escuchar y ver en paz.
A los de la esquina, que fueron los primeros en llegar, no les molesta el ruido. No despegan los ojos de la pantalla, pero llevan el ritmo de la música con la cabeza y los pies. Y sonríen, sonríen mucho. Se asombran cuando hay un efecto especial y repiten “qué chimba” “severo” y “uff” varias veces, sobre todo cuando la pelea entre los robots se hace intensa.

Si alguno tiene un chuchillo, ni se asoma porque no lo necesitan. Si llevan droga consigo no la sacan ni la consumen ahí, porque no les hace falta. Y si pudieran ver una película diaria sentados en esas escaleras o en otras, serían más felices. O por lo menos eso piensan Carlos Julio y Pedro.

“A uno se le olvida todo en este ratico, se siente uno normal así siga estando en la calle”, dice otro que llegó casi a la mitad porque le salió un trabajo reciclando  y no alcanzó a llegar temprano.

Al final de la película ya son 13, de los cinco con los que inició la función. Algunos llegan, se sientan, comen y se van.

Otros llegan cuando ya no hay empanadas, pero se sientan emocionados por lo que ven en la pantalla. Y cuando todo queda en silencio, cada uno vuelve a esa calle, la otra, en la que no hay robots luchando o carros compitiendo.

Cine para todos

-¡Cine, cine, vamos a cine para todos!, es lo que grita Héctor Hernández mientras recorre en su moto 10 cuadras a la redonda de la Plaza.

Lo hace todos los miércoles justo antes de que empiece la función, con la única intención de recordarles a todos los que están preparando su cama para dormir en el piso, que es día de película  y que están todos invitados.

Este ingeniero industrial recuerda que todo comenzó un día que paseaba por el centro de Guadalajara, en México, y  vio cómo un grupo de jóvenes proyectaba una cinta en unos trapos blancos tensados con cuerdas en una esquina de un parque. Era una actividad sin ánimo de lucro, pero con todo el sentido social para el público de la tercera edad.  Él no dudó un segundo en “robarse” la idea y hacerla realidad en su ciudad, pero con un enfoque distinto.  

Así nació “Cine para todos”, el proyecto social que lidera Hernández Parra, que se materializó gracias al apoyo de Demco, un grupo empresarial juvenil del cual hace parte y que busca brindar un espacio diferente, sano y cultural para los habitantes de calle de la ciudad.

“¿Ustedes saben en lo que se están metiendo?”, “Con ellos no quiere trabajar ni la Policía”, “es complicado, pueden pasar muchas cosas”, fueron los comentarios que recibieron cuando comenzaron a hacer el plan de trabajo. Sin embargo, la iniciativa ya cumplió  8 meses  y no han tenido un solo problema.

“Al principio fue difícil, queríamos hacerlo todo legal por los permisos del espacio y todo eso, pero no  nos imaginábamos que fuera tan complicado. Patinamos como por cinco secretarías pidiendo permisos y un montón de firmas. No entendíamos por qué tanta cosa si lo que queríamos era ayudar”, comenta Héctor.

Una vez todo en regla, empezó la aventura de crear un lugar que sirviera de escape para aquellos que no tienen un hogar y que, por medio del arte y la cultura que transmite el cine, les brindara alegría y quizás alguna motivación.

La primera vez llegaron 15, el siguiente miércoles 30, al mes alcanzaron a ser 60 y luego bajó a diez, números que no son muy altos si se tiene en cuenta que hay más de 3 mil habitantes de calle en Bucaramanga, según cifras de la Alcaldía.

“No creo que esto les cambie la vida, pero por lo menos los impacta positivamente, al menos un ratico. Así algunos vengan solo por el refrigerio o así haya días en que solo lleguen cinco. Igual lo vamos a seguir haciendo, hasta que el impacto sea mayor”.

Tanto para Hernández como para sus compañeros, “Cine para todos” pretende lograr algún cambio para los habitantes de calle, pero realmente los está cambiando a ellos. Por eso quieren que el proyecto siga creciendo hasta lograr que muchas personas se unan, apoyen y hagan de esta sala improvisada un lugar que aunque está en la calle, se sienta como un hogar.

¿Qué puede aportar el cine para un habitante de calle?

Para la psicóloga Juliana Erazo, la posibilidad de que un habitante de calle pueda asistir a eventos culturales como este implica que deje de operar desde sus impulsos y se vincule consigo mismo y con otros desde su parte más humana.

“Le proporciona por parte de otros el reconocimiento como persona  de valor, pues es merecedor de participar en una actividad que habitualmente tiene un costo económico importante y eso lo impacta emocionalmente, hace que sienta que dentro de él hay ‘algo bueno’”, explica la profesional.

Agrega que lo más importante es que ellos  vuelven a encontrar dentro de sí su capacidad humana y pueden llegar a comprender, en un momento dado, que existe una pequeña posibilidad de transformar su realidad. “Así no transforme completamente su vida, el hecho de sentir emociones le da la posibilidad de atenderlas poco a poco.  Vivir experiencias culturales lo acerca a una sensación de inclusión, lo ayuda a cambiar la noción negativa que tiene de la sociedad y lo ayuda a identificarse a sí mismo a través de una pantalla”.

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