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Martes 08 de Agosto de 2017 - 07:18 PM

Ellos integran la ‘liga extraordinaria’ de Bucaramanga

Por medio de actividades deportivas y artísticas, la Fundación Sin Límites quiere demostrarle al mundo que no hay nada que impida a los niños y jóvenes en condición de discapacidad intelectual ser ganadores.
Suministrada / VANGUARDIA LIBERAL
Ellos integran la ‘liga extraordinaria’ de Bucaramanga
(Foto: Suministrada / VANGUARDIA LIBERAL)

Valeria  tiene 10 años, aunque parece de 5. No deja de jugar con los cordones de sus zapatos, se los quita y los bota al piso.

Valentina, de 15, se da cuenta y se burla. En mitad de la carcajada grita en tono acusatorio:

-¡Valeria! ¡Zapatos!

Al otro lado Sharon recoge del piso unas migas de la tostada que se está comiendo y se las lleva a la boca. Del otro extremo Juan Manuel se para de la silla y empieza a corretear por el salón, a pesar de que la orden es quedarse en el puesto hasta acabar la lonchera.
Es la hora del descanso, pero ninguno quiere descansar. Comen rápido para poder seguir con las actividades porque la energía les sobra y ganas no les faltan.

 

¿Difícil? Sí. ¿Agotador? También. Pero los “profes” de la Fundación Sin Límites están seguros de que lo mismo sucede en cualquier salón de clases, de cualquer colegio y por eso no desaprovechan momento para mostrarles a estos niños y jóvenes con discapacidad intelectual que su condición no los limita.

“Yo soy capaz”

La cita es a las 2 p.m. todos los martes, miércoles y jueves en el Parque Recrear del barrio Mutis. En el salón están los pequeños y en la cancha los que tienen 12 años o más. Todos pertenecen al estrato 1 y 2.

Hasta la esquina se escucha la algarabía del aula. Y adentro parece una fiesta.

-¡Dale! ¡Sigue! ¡Vamos!, gritan los profesores mientras los ayudan, uno por uno, a pasar la mini carrera de obstáculos que improvisaron con aros, colchonetas y un túnel de tela.

A medida que avanzan en la prueba, les preguntan el color, la forma y la cantidad de los objetos.

Todos lo logran. Saltan adentro de los aros sin pisar el borde, dan una voltereta en la colchoneta y pasan el túnel. Cuando terminan ellos mismos se aplauden como en señal de victoria y reciben los abrazos de sus compañeros que también salieron victoriosos.

En la cancha el ambiente es el mismo, pero la exigencia es más. Sentadillas, carreras, conos y “la profe” que grita: -¿Perdón? No señor, ¿cómo que no puede? ¡Apure! Abajo: Uno, dos, tres, cuatro, cinco...

Una de las mamás está sentada en las gradas de la cancha y cada vez que su hijo salta o corre se angustia y hace el amague de pararse. Es la primera vez que lo lleva y aunque tiene susto de que se caiga o le pase algo, dice que por lo menos “salió de la casa”.

A diferencia de ella, su hijo adolescente está feliz, no siente miedo y si falla en algo, vuelve a intentarlo.

Su compañera del lado le pregunta, en tono muy pausado y con cierta dificultad, si le parece difícil.

- “No, yo soy capaz”, le responde.

Oro, plata y bronce

Después del descanso todos se reúnen en el salón.Melissa Gómez va a hacer una presentación de gimnasia artística para todos. Acaba de llegar de Bello, Antioquia, con cuatro medallas, una de oro, una de plata y dos de bronce. Se las ganó en la primera Copa Corza de Gimnasia en la categoría de deportistas con discapacidad intelectual, después de solo 15 días de ensayo.

-¡Tan linda!, dice Valeria mientras toca con cuidado el vestido morado y las zapatillas de bailar.

Melissa escucha la música y sus pies empiezan a moverse, tratando de ir a la par con las cintas que tiene en sus manos. Repite la rutina con un ‘hula-hula’ y al final con la pelota. Una coreografía perfecta. Todos aplauden.

Valeria se para al lado y trata de imitarla. Al principio a todos les causa gracia que la más inquieta del grupo empiece a danzar, pero cuando se dan cuenta de que lo está haciendo tan bien como la ganadora, el lugar estalla en aplausos. Y ella sonríe.

-Yo quiero que ellas también hagan eso, logren muchas cosas y sean niñas delicadas, bien portadas, dice Marcela Rosero con los ojos aguados, mientras ve cómo sus hermanas,  ambas con síndrome de Down, admiran a Melissa.

Todos le dicen ‘Chocolatico’, no solo por su tez morena sino por la dulzura que produce verla llegar con sus dos hermanas todos los martes, miércoles y jueves. Tiene 19 años y sus días empiezan y terminan con Sharon, de 9 años, y Leyla, de 10.

Es la mayor de siete hermanos, en una familia que vive en el barrio Café Madrid, al norte de la ciudad. Su mamá trabaja todo el día y su padrastro, el papá de las niñas, casi nunca está. La responsable de las pequeñas es ella desde que se graduó del colegio, porque el resto aún tiene que ir a clases y “la verdad no les importa si ellas están bien o mal”.

Quiere estudiar una carrera, quiere salir con amigos, quiere hacer su vida, pero  las observa dando ‘botes’ y solo dice: - “Primero ellas. Quiero que ellas también tengan oros, platas y bronces”.

De los derechos a los hechos

Desde hace tres años la Fundación Sin Límites intenta por medio del deporte, la recreación y las actividades artísticas, habilitar y rehabilitar a estos niños y jóvenes con discapacidad intelectual, para que se den cuenta que estar en sus casas, sobreprotegidos por sus padres y alejados de la sociedad no es el único camino.

“El primer limitante de ellos son los papás. Que pobrecitos, que con cuidado, que no es cosa para ellos, que no se puede. Piden inclusión, pero ven a sus hijos como impedidos. Piden inclusión, pero a la primera oportunidad de que sus hijos participen en la sociedad  como personas normales, sienten miedo y dicen que no. Y así no se puede”, asegura el coordinador de la Fundación, Luis Fernando Cuéllar.

Por eso, él y su equipo no solo quieren cambiar el “chip” de los chicos sino el de sus padres, que aun viendo de lo que son capaces sus hijos siguen pensando que la sociedad no está preparada para ellos.

-¿Y sí lo está?, le preguntan a  menudo a la trabajadora social de la Fundación, Jessica Molina Barrera.

-Nosotros tenemos que hacer que lo esté. Dejemos de creer que la inclusión es crear escuelas especiales para ellos o actividades solo para ellos. No, incluirlos es mezclarlos con los demás, mostrarles que si bien son diferentes, tienen las mismas capacidades. Hay que tener paciencia, es verdad, el proceso es un poco más lento, es cierto, pero y ¿qué? No es imposible. Ellos tienen derechos y hay que luchar por ellos.

Y es verdad, el proceso es lento.  Aunque la Ley 1618 de 2013 obliga a las instituciones educativas públicas y privadas a adaptar sus currículos y en general todas las prácticas didácticas, metodológicas y pedagógicas que desarrollen, para incluir efectivamente a las personas con discapacidad, la realidad es otra.

Por ejemplo, de los 25 niños y jóvenes que asisten al Parque Recrear de martes a jueves, solo tres están estudiando.  Los demás fueron rechazados por los colegios, no tienen dinero para pagar la pensión en una institución privada que sí los acepte, o en su familia pensaron que era mejor no hacerlo por temor a la discriminación.

Justamente es ese el miedo que la Fundación quiere dejar sin fundamento. Y para eso necesitan, no solo que las familias empiecen a creer y luchar por lo que les corresponde a los niños y jóvenes en esa condición, sino que todas las personas crean, apoyen y se vinculen a estos  proyectos para que niñas y niños como Sharon y Leyla logren muchos oros, platas y bronces en su vida.

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