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Lunes 28 de Agosto de 2017 - 10:49 AM

“Quiero ir al mar: Sueño de niños con cáncer de Santander

50 niños con enfermedades oncológicas y de escasos recursos esperan cumplir su sueño azul: conocer el mar el próximo 26 de septiembre. La sonrisa y las ganas ya están en la maleta, ahora solo necesitan padrinos que hagan el viaje realidad.
Suministrada / VANGUARDIA LIBERAL
“Quiero ir al mar: Sueño de niños con cáncer de Santander
(Foto: Suministrada / VANGUARDIA LIBERAL)

-¿Cómo te imaginas el mar?, le preguntan a Luis Carlos Hernández Sedano, de cinco años.

El pequeño abre los brazos como si fuera a dar un abrazo y dice:

-¡Como así de grande!

-¿Parecido a cuando vas a abrazar a alguien?

-Ajá. Yo creo que estar en el mar debe ser como cuando te ‘apapachan’.

-¿Por eso tienes tantas ganas de ir?

-Sí, y también porque mi mamá no lo conoce y ahora sí lo va a conocer, dice con una sonrisa más grande que él.
Hace casi siete meses que le diagnosticaron leucemia, un tipo de cáncer que afecta sus células sanguíneas y que lo llevó de su casa, su escuela, su familia y sus amigos en Arauca a un hogar de paso en Bucaramanga y un tratamiento en el departamento de oncología del Hospital Universitario de Santander, HUS, que le arrebató “la mata de pelo” que tenía.

-Ya estoy bien, no me duele nada, pero cuando vaya al mar voy a estar mejor, ¿cierto mami?

Miryam Sedano le responde que claro que sí, mientras cuenta en voz baja que “gracias a Dios los especialistas dicen lo mismo”. El último dictamen médico fue que no había rastro del cáncer, pero que había que terminar el tratamiento que dura dos años.

Debido a su estado actual, Ernesto Rueda, el pediatra oncólogo del HUS, aprobó que Luis Carlos fuera uno de los 50 niños, de los más de 300 que reciben tratamiento allí, que puede ir a Santa Marta a finales de septiembre.

Eso, si la fundación Amor y Esperanza, a través de su proyecto Sueños Azules, alcanza a reunir el dinero que falta para hacer realidad el anhelo de estos niños que solo quieren sentir que el mar les da un abrazo.

Quiero ver una sirena

Ingreso 529177. Cama 406 A. María José Renoga Hernández. Fecha de ingreso: 10 de agosto de 2017 a las 10: 00 a.m.  Edad: 7 años.
Eso dice la hoja pegada arriba de la cama de María José, en el décimo piso del HUS, exclusivo para niños. Al lado hay un dibujo de una niña de cabello largo y rubio, con un vestido morado de flores.

-Esa soy yo, claro, cuando tenía pelo. Linda, ¿verdad?, comenta mientras sacude el gorro que se acaba de quitar para mostrar cómo está ahora.

-Así también te ves hermosa.

- Lo sé, ya me lo han dicho, responde y sonríe presumida.

Después de 13 días en la cama 406 A le van a dar salida. No porque ya esté curada, sino porque está mejor. Cada vez que termina un ciclo de quimioterapia, las defensas y las plaquetas le quedan tan bajas que es necesario internarla.

Desde noviembre del año pasado, cuando le descubrieron leucemia refractaria, un tipo de cáncer en la sangre que no responde al tratamiento inicial y necesita ser más intensivo, su días son un constante ir y venir al hospital.

Sin embargo, la sonrisa de María José permanece intacta. Solo se le desdibuja cuando menciona que posiblemente no pueda conocer el mar ahorita porque necesita ir a unos exámenes en Bogotá y la fecha de pronto es la misma del viaje.  Necesita un trasplante de médula ósea y un donante que sea 100% compatible.

Ni su hermana ni su mamá lo son, así que necesitan ir a verificar si unas células importadas funcionan en su cuerpo.

-¿Tú crees que hay sirenas en el mar? Yo quiero ver una. ¿Será que si tienen la cola como se ve en las películas? Yo creo que sí, porque  vi un video donde decían que las han visto en algunos mares, se cuestiona y se responde al mismo tiempo.

Es la hora de irse a su casa, que en realidad no es la suya. Ella y su hermana Fiorella viven en la casa donde su mamá trabaja como empleada doméstica, porque no tienen otro lugar. Sin embargo, la pequeña es feliz  y está emocionada por llegar. Aunque no tanto como su mamá.

Y es lógico. 13 días en un cuarto de hospital, durmiendo en una silla o en una simulación de colchoneta hecha con cartones, lavando en el lavamanos la ropa que puede y comiendo lo poco o mucho que su hija deje en el plato. Está cansada, pero sabe que aún falta y no se va a rendir.

Todo listo. María José se despide de sus amigas de cuarto, se pone su gorro rosado y le hace un adiós con la mano a su cama.  

Antes de ir a casa le dice a su mamá que quiere pasar por la Zona Feliz, una casita amarilla de cerca de 100 metros en la parte de atrás del HUS, que cuenta con muchos juguetes, televisor, colores, crayones, libros para pintar, infinidad de juegos y próximamente una lavadora y secadora para facilitar el lavado de la ropa de los niños mientras están internados.

Allí, después de más de cinco años de lucha y de “pida por aquí y por allá”, Esperanza Luna, creadora de la Fundación  Amor y Esperanza y artífice del proyecto Sueños Azules, junto a su mano derecha María Teresa Cortés y todos los voluntarios que se han venido uniendo con los años, lograron tener un espacio  para que los niños jueguen mientras sus papás esperan horas por los medicamentos y autorización de tratamientos en el departamento de oncología del hospital.
María José llega directamente a las muñecas y medio saluda a Luis Carlos que está entretenido con los carros y aviones. Empieza a jugar con una barbie sirena y con la expresión medio triste exclama:

-Ojalá no me toque ir a Bogotá tan rápido y pueda ir a ver las sirenas. Yo ya estoy bien, deberían dejarme ir.

Sueños Azules

Un viaje de tres días a Santa Marta. Todos los gastos pagos para el niño y su acompañante en el hotel De Cameron. Una maleta con tres mudas de ropa, vestido de baño, sandalias, kit de aseo, gorra, bloqueador, flotador y mucho amor. Eso es Sueños Azules.

Aunque al principio, hace 12 años, cuando la idea de llevar a los niños con cáncer a conocer el mar inició, no todo fue color de rosa. No había hotel de lujo, ni comida a la carta, ni maleta con regalos, ni presupuesto para mamás, pero sí todo el amor del mundo y el sacrificio por montar a los pequeños en un bus por más de 12 horas para su encuentro con las olas.

Hace cinco años que las donaciones les permitieron incluir a las mamás y mejorar las condiciones de estadía  y hace ese mismo tiempo que Avianca les regala 20 tiquetes de avión.

-Una obra de Dios a través de nosotros. Todo esto es en función de ellos, de sus sonrisas y sus sueños. A medida que pasan los años, este proyecto se va convirtiendo en lo que siempre soñamos, un viaje de fantasía para ellos. Un escape a esa realidad tan dura. Lo hemos logrado gracias al corazón gigante de todos los santandereanos que han aportado su granito de arena. Y esperamos que siga así, expresa Esperanza Luna.

A menos de un mes para el viaje, todavía no cuentan con todo el presupuesto; sin embargo, para Esperanza y María Teresa, llevar a los 50 niños a la playa es un hecho. Están seguras de así como soñaron el primer paseo y lo lograron y así como idealizaron la Zona Feliz y la tuvieron, así van a llegar a Santa Marta el próximo 26 de septiembre.

Las personas o entidades interesadas en contribuir con el sueño de estos pequeños pueden comunicarse al 3006125074 o realizar donaciones en dinero a la  cuenta de ahorros: 79278068175, de Bancolombia.

La Fundación también recibe ayudas en especie como vestidos de baño, juguetes de playa, sandalias,  bloqueadores, refrigerios y otros en la Carrera 39 # 42-12 edificio Sierra Real Apartamento 1001, en el sector de Cabecera.

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