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Jueves 21 de Septiembre de 2017 - 02:44 PM

Crónica de un santandereano que sobrevivió a los dos terremotos en México

El santandereano Mauricio Navarro, columnista de este diario y quien está de intercambio universitario en el país Azteca, nos envió la crónica de lo que sintió con los dos terremotos que ha vivido en menos de dos semanas en México.
EFE / VANGUARDIA
Crónica de un santandereano que sobrevivió a los dos terremotos en México
(Foto: EFE / VANGUARDIA)

Hace exactamente 15 días estaba compartiendo entre párrafos con ustedes mi testimonio por el sismo del pasado 7 de septiembre y jamás me imaginé que esa experiencia tan aterradora se volvería a repetir solo en cuestión de días.

Lo peor es que además de no imaginarlo, este resultó ser más devastador que el que sacudió a Chiapas y Oaxaca, y del que en Puebla y Ciudad de México solo recibimos los restos de tan horrible suceso.

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Como no creo en la casualidad, me da escalofrío pensar que justo la mañana del pasado 19 de septiembre, cuando se conmemoraban 32 años del terremoto de 1985, me encontraba con una compañera desayunando en la cafetería de la Universidad de Puebla mientras observábamos cómo un programa de televisión matutino hacía un recuento de aquel devastador terremoto que había dejado en ruinas a la capital mexicana.

Cruzamos uno o dos comentarios sobre lo sucedido y recuerdo que le dije: “Mira, hoy se cumplen 32 años del terremoto”, a lo que ella me contestó: “Y pensar que hace unos días pasamos por lo mismo”, lejos estábamos de imaginarnos que solo unas horas después repetiríamos esa horrible experiencia, pero esta vez más aterradora y violenta de lo que había sido solo unos días atrás.

Eran la 1:15 de la tarde y en ese momento me encontraba en el segundo piso de uno de los edificios de mi facultad platicando con un amigo, también colombiano.

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Hablábamos de un sinfín de tonterías, en las que de hecho nos reíamos como dos estúpidos de algunas anécdotas que habíamos vivido en México. Mientras esperábamos que comenzara la clase, escuché un sonido extraño e inmediatamente la tierra empezó a temblar tal cual como lo hace un celular en vibración.

Como tenía las manos recostadas sobre uno de los tubos que daban hacia el exterior del pasillo, sentí como la vibración de la tierra llegaba a todas partes, y en cuestión de segundos tomé mi bolso y corriendo llegué al final del corredor donde está el acceso del primer piso.

Mientras tanto los gritos y los llantos no se hacían esperar, y en medio de los nervios, el camino a tierra firme y cielo abierto me pareció el más eterno de mi vida.

Una vez abajo podíamos ver como la tierra brincaba de arriba abajo sin piedad. Parecía de película. Los vidrios y cortinas de los edificios se movían de un lado a otro, y podía notarse como en algunos lugares se caían escombros.

Tan pronto se detuvo, la conmoción era innegable. Toda la comunidad universitaria tuvo que mantenerse varios minutos bajo cielo abierto y esperar que los miembros de seguridad dieran la orden para recoger sus pertenencias y así evacuar el lugar.

Me encontré con mis compañeros y las caras de pánico, miedo y nervios eran evidentes. Todos intentaban comunicarse con sus familiares pero el panorama no era nada favorecedor, se habían caído las líneas de celular, las redes wi fi y las señales de televisión. No había forma de establecer comunicación a larga distancia.

Afortunadamenteminutos más tarde descubrí que los datos móviles sí funcionaban y pude llamar inmediatamente a mi mamá, en Bucaramanga. Más me había tardado en llamarla que en los medios de todo el mundo se estuviera dando la noticia del sismo.

Entre lágrimas me saludó y pude sentir cómo respiró al saber que le había contestado. Le dije que estaba bien. Creo que ese ha sido el suspiro más fuerte que he sentido a kilómetros de distancia, no me pregunten cómo y más en una llamada telefónica, pero realmente me tocó el corazón. Ahí ratifiqué otra vez que mi madre me amaba con toda su alma.

Con mucha tranquilidad hablé con ella y le conté lo sucedido. Fue alentador porque segundos más tarde pude hacerlo por video llamada para que pudiera ver como estaba y en qué condiciones se encontraba la universidad.

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Mis padres y familiares, muy nerviosos, veían lo sucedido pero poco a poco sus caras empezaron a cambiar cuando vieron que el panorama, al menos donde yo estaba, no era tan desolador.

En ese momento estábamos lejos de imaginarnos que las cosas afuera estarían peor, los semáforos habían colapsado, accidentes de tránsito por todas partes y la inseguridad estaba a la orden del día.

En ese momento no sabía si era más seguro estar bajo techo o afuera, porque las grietas de las casas y edificios te recordaban que en cualquier momento podían colapsar.

Llegué a mi casa y no había sufrido ningún daño. Mis roomies y mi querida Pili también estaban bien y eso era lo importante.

Ya estando en casa, un sinnúmero de mensajes abarrotaban nuestras redes sociales; y las noticias, fotos, videos y comunicados sobre lo sucedido no daban abasto para ser revisados. Fue impactante ver las imágenes de cómo se caían edificios y casas tanto en Ciudad de México como en Puebla, lo mismo en Morelos. En esos momentos pensaba que habíamos corrido con suerte y que teníamos la oportunidad de estar vivos para contarlo de nuevo.

El sonido de las ambulancias y los helicópteros me perturbaba. Es una sensación extraña, porque a pesar de estar agradecido porque no me había pasado nada grave, ni a mis amigos, es difícil estar tranquilo sabiendo a pocos metros de ti hay personas que lo han perdido todo: su familia, sus casas, sus mascotas, su vida. La carga emocional es muy fuerte y zafarse de ella no es nada fácil.

Pasé prácticamente toda la tarde y la noche contestando mensajes. En las redes avisaban que las cifras de muertos aumentaban cada minuto, daban la orden de no salir de casa y pedían a todos los ciudadanos que mantuvieran a la mano elementos básicos por si se presentaban réplicas.

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Debo confesar que llegué a tener calma solo hasta avanzadas horas de la noche, no sé cómo, pero a pesar que nadie podía dormir, el sueño me fue consumiendo poco a poco y logré dormir a pesar de lo sucedido.

Dicen que el que pega primero pega dos veces, y así fue. A pesar de que nunca había vivido algo parecido, y en menos de dos semanas, ese primer temblor del 7 de septiembre me enseñó que debo estar agradecido con cada día que puedo abrir los ojos, porque sencillamente es un milagro.

Este segundo, me enseñó que a pesar de todo hay que mantener la calma y que la fe es lo único que nos queda, porque a pesar de lo devastador mi mente logró descansar esa noche y caí como un niño en un profundo sueño. Muchos lo hubieran deseado, pero simplemente no pudieron.

Ayer, como hoy, me levanté y le di gracias a la vida y la tierra por permitirme estar aquí, y vivir para contarlo. Cada segundo de vida es una oportunidad para valorar lo que tenemos y lo que somos, la idea de no estar en este momento tres metros bajo tierra me tranquiliza, pero al mismo tiempo me aterra porque no sabré nunca por cuánto tiempo más estaré aquí. Y más cuando cada cinco minutos el sonido de los helicópteros y las ambulancias me lo recuerdan.

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Esta mañana miré por la ventana y el sol brillaba más que nunca en Puebla. Parecía decirme que todo iba a estar bien, pero a su vez con intriga me decía que así como hoy mismo nos alumbra ni él mismo sabe si será así por mucho más tiempo. Lo peor es que entre líneas me dijo lo contrario, o al menos eso fue lo que entendí.

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