Viernes 29 de Septiembre de 2017 - 03:15 PM

Así es vivir con la muerte en Bucaramanga

Lo que para muchos resulta un oficio tenebroso, para el dueño y los trabajadores de una fábrica de cofres exequiales, su trabajo es la oportunidad de darles a las personas un lugar digno y elegante para morir.
Fabián Hernández / VANGUARDIA LIBERAL
Así es vivir con la muerte en Bucaramanga
(Foto: Fabián Hernández / VANGUARDIA LIBERAL)

“Muy feo su trabajo”, “¡qué miedo hacer cajas para los muertos!”, “¿cómo se imagina el suyo?”, le dicen y preguntan frecuentemente a José Ólmer Villamizar Remolina, fabricante de ataúdes.

Él responde que todo lo que se haga con amor y pasión, sea lo que sea, nunca va a ser feo, que no se imagina su cajón, porque no piensa morirse todavía y que no le da miedo hacer cofres exequiales, porque “ni que me tocara trastear con el muerto para hacerle su caja”.

-Lo del miedo dejémoselo a las funerarias que sí les toca lidiar con el cadáver y hasta con el espíritu después, dice.

A pesar de ser el dueño de la fábrica de ataúdes más grande de Santander y una de las mejores a nivel nacional, ni se le pasa por la mente agregar unos cuantos servicios y montar su propia funeraria, porque eso sí es ver la muerte de frente y la prefiere mejor por los lados.

-Las funerarias son un buen negocio, buenísimo, pero no, gracias.

-Y su negocio, ¿qué tal es?

-Pues para que nos decimos mentiras, gracias a Dios me va bien.

La fábrica

Como en el fútbol, las reglas en Industrias Jolvir son claras, porque a José Olmer no se le olvidan sus épocas de árbitro, ni la dureza con la que hacía cumplir la ley en la cancha. Su negocio no es la excepción.

En el segundo piso de una bodega de 2 mil metros a las afueras de Girón,  hay una repisa de madera que él mismo hizo, con varias divisiones y el nombre de cada uno de sus trabajadores. A las 7:00 a.m., cuando todos llegan, los compartimientos de la repisa se empiezan a llenar de celulares y si hay uno que falte, el jefe empieza a pitar.

-Para que un negocio funcione se necesita disciplina y aquí el que no la tenga se va con tarjeta roja o por lo menos le jalan las patas por la noche, asegura.

Lo segundo lo dice en broma, aunque no niega que su trabajo se presta para muchas supersticiones.

-Cuando los ataúdes chirrean es que el muerto se lo está midiendo, comenta uno de los empleados.

-Y cuando se le paran las moscas encima a alguno, ¡uy!, ese es el primero que se vende, se escucha decir a otro.

José Ólmer se ríe.

-Lo de los bichos sí es cierto, para que digo que no. Pero lo de la madera tiene una explicación y es que cuando la madera se empieza a secar después del proceso de brillo y pintura, suena. ¡Vaya uno a saber si chirree también por otra cosa!

A simple vista esta empresa  parece una carpintería grande. Tablas apiladas a un lado y otro, sierras, lijadoras, cortadoras, mesas, aserrín en el piso y en el aire.  Pero eso es solo en la primera sección. Un poco más allá, pasando una pared de plástico que divide la bodega en áreas de trabajo, ya la cosa se empieza a ver distinta.

En la zona de armado y pintura las cajas pasan a ser ataúdes, a chirrear por las noches y a tener una que otra mosca encima.

-La verdad es que esto es un trabajo cualquiera, para mí es como si estuviera pintando cualquier mueble. Si uno se pone a pensar otras cosas, no trabaja, comenta Wilfer Bustos, encargado de la pintura y empleado desde hace más de 25 años.

Como él, piensan la mayoría de los trabajadores de la empresa. No hablan de la muerte, porque no les gusta, pero muchos han tenido que hacer, pintar o tapizar ataúdes para sus seres queridos.

¿Qué sintieron? Contrario a lo que otros puedan pensar, para ellos fue un privilegio.

-Esta es la oportunidad de hacer del último lugar de una persona, algo especial. Aunque muchos no lo crean, el amor y la dedicación con la que se haga un ataúd se transmite a los familiares de la persona fallecida y ¿por qué no? al espíritu de ella también.

“El oficio me eligió a mí”

A los 11 años, cuando su papá le dijo que era hora de empezar a trabajar para mantener a una familia de 12, José Ólmer Villamizar dejó de estudiar y se fue a cuidar gallinas.

Lo echaron al poco tiempo porque ahogó sin culpa a dos de ellas. Lo mismo le pasó en una fábrica de calzado, cuando tomó prestada una pistola de plástico que había entre una pila de juguetes.

Del granero también lo despidieron y la misma suerte corrió en un billar, donde lavaba platos.

El servicio militar no le gustó y el arbitraje no le daba para mantener a su familia, que ya era de tres. Entonces, después de pasar hojas de vida a diestra y siniestra y recibir humillaciones en un sinfín de trabajos, descubrió la carpintería en una empresa pequeña que fabricaba ataúdes en el parque Romero.

De día hacía cajas para su jefe y de noche hacía las suyas, que vendía a escondidas a una que otra funeraria.

Cuando tuvo un dinero ahorrado, le dijo a quien entonces era su esposa: “Nos vamos a conocer el mar”. Ella le respondió que no inventara, que eso lo conocían después y que mirara a ver cómo montaba su propio taller.

Después de dos años de trabajo duro, José Ólmer y su familia estaban en San Andrés.

Y hoy, después de 25 años, no solo ha ido nueve veces al mar, sino que tiene más de 30 empleados y vende su producto en más de 40 ciudades del país.

-Usted vive de la muerte. En pocas palabras necesita que la gente fallezca.

José Ólmer responde lo mismo de siempre mientras se persigna.

-No, cómo se le ocurre, yo no quiero que la gente se muera, pero que nunca me falte el trabajito.

Ataúdes para todos

Cuando en la fábrica se pregunta por el ataúd más curioso o los gustos más excéntricos, nadie duda en afirmar que lo más raro que les ha tocado hacer es uno en forma de sarcófago egipcio, ancho en la mitad, angosto en la cabeza y lo pies y tapizado en pana. Sin embargo, el encargo no era para alguien que acababa de fallecer, sino para festejar un cumpleaños.

La cumpleañera pidió ese tipo de ataúd para que sus hijos y su esposo la llevaran en él hasta su fiesta y ante la mirada curiosa de sus invitados salir de este a disfrutar de su día.

Según Villamizar Remolina, los más vistosos los piden desde las ciudades costeras. Con adornos más grandes, brillos, colores vivos y accesorios.

En la ciudad, recuerda, le han pedido cofres exequiales del Atlético Bucaramanga y uno que otro con características especiales como algún tono específico o líneas diferentes.

José Ólmer cuenta que en general las funerarias y personas que se acercan a su empresa prefieren cajones más sobrios, elegantes y en tonos cafés, con la madera brillante y los acabados finos.

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