Domingo 24 de Diciembre de 2017 - 12:00 PM

La llegada de los indígenas Yukpa a Bucaramanga

A un costado de la vía hacia Girón, en medio de cambuches, 31 miembros de la comunidad indígena Yukpa, provenientes de Venezuela, se asentaron para buscar un futuro vediendo artesanías. Tras unas semanas emprendieron su regreso.
César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL
La llegada de los indígenas Yukpa a Bucaramanga
(Foto: César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL)

Cansado del desplazamiento que ha sufrido en los últimos años por cuenta de la minería de carbón, los cultivos ilícitos, los grupos al margen de la ley, la escasez de comida, la falta de programas de salud y la poca atención por parte del gobierno venezolano, Rafael Romero, líder
indígena de la etnia Yukpa, que en Japrería, su lengua nativa significa hombre salvaje, hombre Noble, decidió emprender una travesía a pie, que duró dos semanas, atravesando montañas, ríos y caminos desde su natal Venezuela.

Desde las estribaciones de la Serranía del Perijá, Rafael logró llegar a Bucaramanga acompañado de su núcleo familiar, conformado por 17 niños, entre los 11meses y los 6 años, y 14 adultos entre los 19 y los 95 años. En total 31 personas, cansadas de semejante travesía, lograron instalarse en un lote ubicado en el costado de la vía que de Girón conduce a Bucaramanga.

Allí, por más de una semana, se volvió habitual para quienes transitan por esa vía, para llegar al centro de Bucaramanga o hacia Girón, ver el humo salir de los cambuches, a mujeres indígenas cocinando a primeras horas de la mañana y tejiendo canastos, sombreros y mochilas y a niños salir de sus casas construidas con palos, plásticos, cartones y lo que encuentren en el camino.

“Nosotros sufrimos mucho, nos tocó abandonar nuestra tierra, porque allá ya no hay nada, no se consigue comida y los jornales los pagan muy mal, el arroz es muy caro, 50 bolívares (equivalen a casi 15.000 pesos) y tenemos que caminar mucho para conseguir alimentos, agua, arroz, azúcar, panela, yuca, allá vivimos en la selva, como estamos acá, sin luz; acá por lo menos tenemos esta luz (la de los postes de energía de la autopista), la gente nos ayuda mucho, pero necesitamos recolectar más cosas para llevar a nuestra tierra”, dijo Rafael, con la impotencia del  que no puede darle a su familia lo que necesita.

Durante los últimos días, sobrevivieron de la venta de artesanías elaboradas por las mujeres, canastos, sombreros, mochilas para cargar botellas y esteras; estos productos los elaboran en lucateva o Moriche Palma, originaria de la serranía del Perijá en Venezuela.

Las artesanías fueron comercializadas en las calles de la ciudad y sobre todo en los semáforos a precios que oscilaban entre los $5.000, $15.000 y $30.000, pero según Rafael la gente no les pagaba  lo que ellos pedían y les tocaba conformarse con lo que lograban negociar.

La mayoría de las personas estaban enfermas, los niños presentaban hongos en la piel y en el cuero cabelludo, debido a que dormían a la intemperie y estaban  expuestos a los bichos.

Al finalizar la tarde del 14 de diciembre, los dueños de los predios donde estaban ubicados, una iglesia cristiana, decidieron comprarles toda la producción artesanal con el compromiso de que abandonaran  sus terrenos.

Y así lo hicieron. Con lo que lograron recoger ahora van de regreso a su tierra.

 

 

 

 

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