Martes 09 de Enero de 2018 - 09:10 AM

¡Digan güisqui! en Bucaramanga

Entre los años 70 y 90 era usual ver muchos fotógrafos en la calle que tomaban y vendían fotos por toda la ciudad. El avance de la tecnología ha relegado ese oficio, y ahora solo quedan unos cuantos en el Centro y algunos parques.
César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL
(Foto: César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL)

—Muchos fotógrafos por aquí —mencionó uno de los visitantes del parque Santander un día cualquiera del diciembre que acaba de pasar.  

—Pues qué pena con usted, pero yo solo veo uno y ese soy yo —le contestó Agapito Ramírez mientras le mostraba su cámara, una Nikon relativamente nueva—.  El resto son personas con celulares o cámaras que lo hacen por diversión.

Para este “fotógrafo de corazón y vida”, porque así se define a la vez que explica que de profesión como tal no porque solo lleva a cuestas la primaria, es una falta de respeto que ahora culquiera crea que puede tomar una buena foto.

La experiencia se la dio su caballo de palo, la calle, los parques, los bautizos y matrimonios, y eso, según él, vale más que un título.
De la veintena o treintena que se agolpaban en las calles 35 y 36 con carrera 15 en las décadas de los 70 y 80, ya quedan pocos.
Agapito, que empezó en 1973 cuando apenas tenía 22 años, es uno de ellos.

Un día de trabajo

La oficina se abre a las 9 a.m. cuando llega el primer trabajador. Manuel Suárez Duarte, quien ya casi va para los 60, siempre llega primero.
 Ubica su caballo de palo, los sombreros de mariachi ‘talla niño’, saca su cámara del estuche, pone unas fotografías grandes, tipo afiche, sobre la fuente que está justo en frente del edificio Colseguros sobre la calle 36 con carrera 15, se persigna y espera.

Una hora más tarde, a veces dos, llega Agapito y repite la misma rutina. Y entonces, ahí están los dos esperando que alguna mamá, después de una pataleta, monte a su hijo en alguno de los dos caballos, y pague seis mil pesos por una foto.

Al mediodía la venta está en ceros.

—Nosotros ya vamos de salida. Ya sabe, la tecnología nos jodió. Pero sí le digo una cosa, pueden tener los celulares más modernos, pero nunca va a ser igual  porque es que aquí lo que vale es el proceso, mire, aquí hay que abrir esto para que entre más luz y mover este botón y estar pendiente del diafragma. Nunca un celular va a hacer esas cosas —explica Agapito.

A los dos, que son los dueños y amos de ese pedazo de la calle,  a pesar de la resistencia les tocó mudarse a lo nuevo y hace más o menos 5 años, prestando aquí y prestando allá, dejaron de lado las cámaras de rollo y estrenaron digital.

Manuel se sienta y muy despacio exhibe unos números en una hoja. Garabatea un 11, un 8, un 16, un 4 y un 28.

—Cuando empecé, el que me enseñó me dijo que cuando hiciera sol pusiera el diafragma en 11, cuando estuviera más oscuro en 28 y así otros números que todavía tengo en la memoria, pero que ya con esta cámara no sirven porque ya es mucha modernidad.

La Nikon que tiene ahora le toma el pelo y a veces no sabe qué  le movió o le oprimió, y las fotos le quedan oscuras. Como puede busca la opción de automático y le vuelve el alma al cuerpo porque ya ha perdido mucho tiempo intentando cuadrar un aparato que a duras penas entiende. Agapito no sabe leer y escribir poco.

Todo su trabajo ha sido intuición y sí que le ha funcionado. Antes, en las épocas buenas, le compraban fotos por montón.

A las 3 p.m. Manuel ha obturado una sola vez; Agapito ninguna.

Tiempo pasado fue mejor

Una Olympus Trip medio formato con carrete de 35mm fue la primera cámara de Agapito y Manuel. De cada rollo salían hasta 80 fotos que se vendían a un peso. Lograban vender hasta 50 fotos por día.

—Ahí donde está Telebucaramanga había un lote, y en Davivienda era una caseta de CocaCola. Donde está el Tía era un selladero 5 y 6 donde apostaban para las carreras en los hipódromos, y el edificio Colseguros no estaba ni en planes. Ese tiempo era el bueno —recuerda Édgar Alfonso Díaz Chapulín, otro de los fotógrafos de los años 70 que aún sobrevive al arte.

Él, además del cambio de cámara análoga a digital, mudó de caballo de madera a un pony de verdad y dos llamas. Trabaja solo los fines de semana en  el Centro de la ciudad y en el parque de Las Cigarras, porque dice que si trabajara todos los días, sería ser “mala leche” con sus dos colegas.

Los tres guardan una colección de cámaras que les recuerdan los días de los telescopios, esos triángulos de plástico que cuando se elevaban un poco al cielo dejaban al descubierto una fotografía tamaño miniatura y que eran la sensación. Les trae a su memoria cuando por fin pudieron revelar fotos a color, pero les tocaba mandarlas a Medellín o Bogotá porque en la ciudad no había forma. También  los tiempos del retrato instantáneo que se vendía como pan caliente y el Ley y el Tía como puntos de reclamo de las fotos que se tomaban durante el día.

Y la porra, el sorteo que hacían frente a las iglesias y eventos importantes, para saber quién tenía el privilegio de ser el fotógrafo estrella. Esta, junto a los caballos de palo, son las prácticas que aún subsisten.

—Los sábados y domingos todavía nos reunimos entre ocho y diez fotográfos en las iglesias, donde hay bautizos, matrimonios o primeras comuniones. Si hay dos eventos, pues al ‘tin marín’, si hay varios, pues a veces alcanza para todos. Cada uno se pide una familia y hágale. Algunas las compran cuando uno se las lleva a la casa, pero son más los que no.  Igual lo seguimos haciendo porque ya no sabemos hacer más —comenta Agapito.

A las 6 p.m. el saldo son muchos niños que le piden a los papás una foto en el caballo, algunos que paran, lo piensan y se arrepienten, y dos fotos reveladas y vendidas cada uno.
 


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