Martes 09 de Enero de 2018 - 10:10 AM

La trágica Fiesta de Reyes hace 50 años en Bucaramanga

El 6 de enero de 1968, un camión ganadero Ford 60 sin frenos chocó contra otro, bastante más pequeño, que llevaba en su carrocería a 33 personas que regresaban de un paseo de olla. El saldo trágico fue de 5 jóvenes muertos. Uno de los sobrevivientes relata los hechos.
La trágica Fiesta de Reyes hace 50 años en Bucaramanga

El pequeño camión Dodge 56, conducido por don Isidro Mantilla, trepaba con esfuerzo soportando el peso de las 33 personas que ocupaban su reducida carrocería. El grupo regresaba de un paseo de olla en Girón, y había optado por tomar la nueva vía de Chimitá para virar por la empinada carretera que del barrio Kennedy, al noroccidente de Bucaramanga, conduce a la capital de Santander.

Todo ocurrió al paso del sitio conocido como La Y. Eran las 6 y 20 minutos de la tarde de ese sábado 6 de enero de 1968, es decir,  ayer hizo 50 años exactos.
En aquel tiempo todo era distinto. En Bucaramanga, la Ciudad de los Parques, la gente era tranquila. En nuestras casas  los árboles de navidad se armaban con arbustos que se traían del Picacho, se vestían de algodón y se adornaban con musgo natural. Transitaban pocos vehículos. La gente no practicaba la corrupción para obtener un coche de alta gama. Había  hombres como Miguelito, un legendario chofer de bus que llevaba gratis, por la puerta trasera, a los niños de los colegios Santander, Tecnológico y Salesiano. Este ángel falleció en 2017.

De regreso

En el camioncito un extraño frío sobrecogió al grupo humano, cuando  la tarde le daba  entrada a la noche.

La televisión en blanco y negro la podíamos ver en la casa vecina de don Néstor Amaya. Las rameras  de la calle cuarta eran señoritas buenas, porque los jóvenes bien de la ciudad amanecían con ellas en esa zona de tolerancia y no se les perdía ni la peinilla. Los padres sabían que sus hijos volvían de la cuarta revolcados, pero lo aceptaban porque era la usanza que los hijos varones fueran allí para  convertirse en hombres.

La fatalidad era el sino de ese día. A la una de la tarde en el sitio Bahondo,  amigos del barrio, entre ellos los hermanos Alirio y Henry Hernández, participaron del rescate de una joven de 15 años de edad que se había ahogado: Gloria Valero, era hija de un compañero de trabajo de mi padre.  

En aquellos días los más locos del barrio, como  el ‘Negro’ Ascencio y Ramón Reyes, alistaban maletas para irse a recorrer Europa. Ascencio que cantaba con gracia, se quedó en Suecia, donde vivió más de dos décadas.

Decenas de jóvenes bachilleres se graduaban y se iban hacia la rica Venezuela. Surgían en el barrio Modelo, a la sombra de los árboles de sarrapio, artistas como el pintor Julio Delgado, que trazó finas líneas de desnudos; el ‘Pollo’ o ‘Coco’ Forero, técnico de la selección juvenil de fútbol de Santander, campeona nacional en 1981, sobrino del héroe de Peroles, Germán Forero, el único sobreviviente de un avión  de la empresa Taxader que se accidentó cuando cubría la ruta Bucaramanga-Barrancabermeja. Destacaban también los hermanos Germán y Fernando Ortega, dos gigantes y excelentes basquetbolistas que eran figuras nacionales al lado de Fernando Ballesteros, novio de una de las hijas de la familia Leal.

Cuando el frío nos estremeció, yo de 7 años de edad que venía junto a mi hermana Carmen Cecilia, sentados cerca a unas inmensas ollas en la parte izquierda adelante de la carrocería del camión, corrí hacia el centro a meterme entre los cuerpos de mis padres Julián Serrano Ramírez y Adela Zabala Rodríguez, quienes me abrazaron para protegerme.

Horacio Serpa ya iniciaba a solventar su vida política. El dirigente liberal, meses atrás, había vivido en casa de las ‘barranqueñas’ en la carrera 17 entre calles 12 y 13, y era compañero de estudios de quien sería alcalde de Bucaramanga, Gonzalo Jiménez Navas. También vecino del barrio Modelo, otro destacado deportista del sector era Jorge Mantilla, hijo de Isidro Mantilla, nuestro conductor.

El choque

Bucaramanga hace cinco décadas hacia el sur solo llegaba hasta la Puerta del Sol. Eran los días de los ciclistas Severo Hernández Tarazona, quien había ganado la última etapa de la vuelta a México, Álvaro Palomino y Pedro ‘Púas’ Díaz; de los futbolistas del Atlético Bucaramanga, Ernesto Berto, Hugo ‘El Mariscal’ Scrimaglia, Marini, Lácides Otero y la gran figura Américo Montanini.

Segundos después y mientras los ocupantes del camión distraídos observaban una nube de humo que llamó la atención en la cañada vecina del barrio Keneddy, un poderoso estruendo catapultó todo.

Un camión ganadero gigante Ford 60 negro, embistió sin frenos y sin control, como un misil enviado por el diablo, a nuestro enclenque transporte. El fatal golpe penetró la parte izquierda del frágil vehículo.

Los días navideños eran ideales, felices, los meses eternos y los años muy largos. Los policías montaban en  bicicleta y su arma era el  bolillo. Los uniformados cuidaban  los parques y eran amigos de la gente, no como los de ahora que dan miedo. Los congresistas eran honorables y los alcaldes gente prestante. Los ‘subversivos’ eran jóvenes intelectuales de la UIS o estudiantes del colegio Santander, lejos de los terroristas de hoy

Un ensordecedor ruido de gritos, llanto, lamentos, cuerpos tirados en el asfalto, sangre y saqueadores, pintaron la escena del infortunio. Como telón de fondo la noche cayó. Un señor de apellido García, quien conducía una camioneta Ford roja modelo 56, se dispuso para trasladar heridos y muertos en el platón. El auto raudo se dirigió al Hospital San Juan de Dios, en el parque García Romero.

Al día siguiente Vanguardia Liberal registraría con gran despliegue el fatal accidente, que dejó como saldo la muerte de cinco jóvenes, todos habitantes del barrio Modelo,  residentes entre las carreras 16 y 18, con calles 13, 14 y Boulevard Bolívar.

Los muertos fueron identificados como Leonardo Peñuela Manrique, de 9 años de edad; Martha Luz Serrano Zabala, de 14 años de edad (mi hermana); Alberto Leal Blanco, de 17 años de edad, y los hermanos Henry y Alirio Hernández Díaz, de 21 y 28 años respectivamente.

Los heridos  fueron nueve, entre ellos mis padres Julián y Adela, mi hermano Edgar, Álvaro Ortiz, y el  suscrito, con herida abierta en la cabeza, en la que recibí varios puntos con una cosedora metálica.

Sin fiesta de Reyes

Bucaramanga era tan pequeña, que los centros comerciales de la época eran los pasajes Cadena y Martínez Mutis, los alféreces para toda la ciudad eran ocho, liderados por ‘Pinocho’ Acevedo. Todos conducían motos Harley Davinson. El Aeropuerto Gómez Niño quedaba dentro de la ciudad, en donde luego se levantó la Ciudadela Real de Minas. Los libaneses tenían sus almacenes de telas por la carrera 16, y los almacenes Tía y Ley eran las mega superficies de la época.

La noticia del accidente conmocionó a toda la ciudad, se supo en los colegios, empresas, el luto fue general, en todos los rincones de la capital de Santander el tema era el suceso. Los curiosos acudieron al velorio por centenares. Los muertos se velaban en las salas de las casas, entonces llegaban a nuestra residencia,  miraban a mi hermana Martha, salían para ver los ataúdes de los hermanos Alirio y Henry Hernández a la vuelta por la carrera 17 A, de allí se dirigían por el Boulevard Bolívar a la casa de los Leal, donde velaban a su hijo Alberto, y subían hasta la carrera 18 a buscar al niño Leonardo. Cuando mi tío David Canawati Serrano llegó al aeropuerto, un taxista le dijo que cinco miembros de la familia Serrano se habían matado. “Quedé mudo, hasta llegar a verificar la información”, contaría después mi tío, hermano mayor de mi padre.

Los jóvenes muertos eran tan sanos, que lo máximo que podían pensar sus padres cuando amanecían en la calle era que se les apareciera la llorona o una bruja.

Ese 6 de enero de 1968, así terminó la fiesta de Reyes.

 

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