Martes 27 de Febrero de 2018 - 05:21 PM

Alfarería en Bucaramanga, un oficio de tradición

Al arte y la técnica de fabricar objetos de barro cocido, se le llama alfarería. Barro, agua, un torno, un horno, unas manos precisas y la herencia que corre por las venas, es lo que los alfareros de la región necesitan para mantener viva la tradición. Hace más de 50 años muchas familias vivían de esto, ahora unas pocas luchan por mantener vivo este oficio ancestral.
Élver Rodríguez/VANGUARDIA LIBERAL
Alfarería en Bucaramanga, un oficio de tradición
(Foto: Élver Rodríguez/VANGUARDIA LIBERAL)

Marcos Vega Isidro es alfarero hace 40 años. Lo aprendió de sus abuelos y más tarde perfeccionó su técnica viendo cómo lo hacían sus padres.
La alfarería es su vida, pues no tiene hijos ni esposa. Sus manos, ahora con algunos callos y secuelas de su trabajo, y el barro, le han dado la oportunidad de salir adelante.

A sus 75 años se siente orgulloso de lo que hace, así la tradición, no solo de hacer sino de comprar, vaya en picada. Él, muy juicioso, en una casa del barrio El Progreso sigue moldeando y horneando arcilla con el mismo esmero que lo hacían sus abuelos.

En ese barrio de Floridablanca, la alfarería es una tradición artesanal hace más de 50 años.  La industria que inició con alrededor de 50 familias, hoy trata de sobrevivir con menos de 10 talleres pequeños. Uno de esos es el de Marcos.

 

El primer paso es comprar el barro. Lo venden por ‘volquetadas’ que cuestan 300 mil pesos y que le alcanza para más de 200 productos.

 

 

Tan pronto se tiene el barro, se “machuca” para que esté fino y se echa a una pila para mojarlo, se pisa hasta que esté suave y se lleva en una carreta hasta una pared, donde se pega y se deja secando aproximadamente un día.  Después de que esté seco se despega y se empieza a rallar. 

 

 

Una vez rallado el barro, para sacar todas las impurezas, se empareja con el pie y se “arruma” al lado del torno. En la máquina, que está girando todo el tiempo, se va moldeando con las manos hasta conseguir la forma y la textura deseada. La pieza se deja secar por alrededor de 8 días para después ser pasada al horno.

 

 “Si la horneada es bastante son 10 horas que se echa en candela”, cuenta Marcos. Luego se deja más o menos por tres días a temperatura ambiente y las macetas, jarrones y demás están listos para ser vendidos en las plazas de la ciudad.

 

 

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