Martes 12 de Junio de 2018 - 11:04 AM

¡Santa rebeldía! Así se ordenó la primera presbítera santandereana

Su patrona es María Magdalena y están convencidas de que no existe ninguna razón divina para que las mujeres no puedan ordenarse en el sacerdocio. Por eso, el sábado pasado se ordenó a la primera mujer sacerdote santandereana.
Paola Esteban/VANGUARDIA LIBERAL
Quienes esperan por la misa lo hacen con recogimiento. Les creen a estas mujeres. Creen en su santidad, en que lo que están haciendo es lo correcto.
(Foto: Paola Esteban/VANGUARDIA LIBERAL )

El libro del Génesis, en la Biblia, dice que todos hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Más adelante en este libro sagrado se habla de Adán y la costilla, pero en los primeros versículos, en el 1:27, reza: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”.

Esta es la base teológica con la cual la Asociación de Presbíteras de Suramérica realizó el sábado pasado la ceremonia de ordenación en el sacerdocio de la exreligiosa y docente santandereana Blanca Azucena Caicedo.

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El lugar elegido fue Piedecuesta, a las 10 de la mañana, en medio del sol ardiente e intenso calor, pero en cierto modo, revestido de un halo de santidad y, a la vez, de espíritu revolucionario.

La misa fue oficiada por la Obispa Olga Lucía Álvarez Benjumea, una mujer de 76 años que  aprendió en su hogar, con sus padres, a cultivar la fe y los valores cristianos, como ella misma se describió en una carta que envió hace un año al papa Francisco.

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La Obispa quiere una sola cosa: que los jerarcas de la Iglesia Católica anulen la norma por la cual solo los hombres pueden ser ordenados como sacerdotes: “El 8 de diciembre de 1965, durante el Concilio Vaticano II, en el discurso de Clausura, la voz de Pablo VI se dejó oír diciendo: ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiera en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado”.

Tiene un tono de voz recio, de matrona antioqueña dispuesta a romper con tradiciones que, para las mujeres, son cadenas. Camina despacio, pero es fuerte y alegre. Cercana.

Pero han pasado 53 años desde ese anuncio del entonces Papa y la norma se mantiene vigente.

Las presbíteras esperan un cambio, pero su camino es un viacrucis.

En mayo de 2016, el Papa Francisco, en una reunión con congregaciones femeninas en el Aula Paulo VI del Vaticano, aceptó la creación de una comisión para estudiar la posibilidad del sacerdocio femenino.

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Sin embargo, en noviembre de ese mismo año, un periodista de The Guardian publicó que en el avión privado de la Santa Sede, el Papa le dijo que las mujeres jamás recibirían la aprobación para ser ordenadas como sacerdotes.

Hasta el momento solo pueden llegar a ser Diáconas, un grado anterior al sacerdocio.

Entonces, ¿qué significa la ordenación de la primera presbítera santandereana?

Un derecho sagrado

“Exigimos un derecho y vamos a demostrar que lo merecemos a través del trabajo que vamos a hacer. Con el solo hecho de que nosotras hagamos la consagración, estamos diciendo que Dios también recibe la ofrenda de la mujer”, recalca Blanca.

También tiene un tono de voz fuerte, cantado, como el de los santandereanos más cercanos a las tierras agrestes de esta región.

Está acostumbrada a trabajar con la gente, con amor, pero firme.

Sabe que le lloverán críticas de todas partes, las más fuertes, de los jerarcas de la Iglesia Católica.

Dice que la tenían en alta estima hasta este momento. Después de hoy, tiene claro que es muy posible que ese afecto se termine.

Es el único momento en que parece ponerse meditabunda, en que su tono de voz baja un nivel.

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Tiene puesta su alba de lino, el cíngulo -cordón para ceñirse el alba a la altura de la cintura-, la estola y la casulla.

Está lista para entrar a la misa.

A su lado está la médica venezolana María Teresa Martínez Maldonado, quien viajó desde Caracas para asistir a esta ceremonia: también se ordenará como presbítera.

Las dos tienen el semblante serio, están nerviosas. En las sillas blancas del salón las esperan sus amigos, estudiantes y familiares.

Hay pan, vino, ofrendas y perritos grandes que asisten como convidados de facto porque viven en la finca donde se realiza la ceremonia.

También las acompañan dos prelados de la Iglesia Anglicana: el Obispo José María González Gómez y el padre Jenaro Rodríguez, así como una mujer presbítera de las comunidades indígenas, Blanca Cecilia Santana Cortés y Lucero Arias Manco, de la Asociación de Presbíteras.

Lo que estas mujeres quieren es renovación, no más patriarcado en la Iglesia Católica, un espacio justo para ellas en el mundo religioso.

Confían en que podrán lograrlo. Lo dicen abiertamente.

“No pretendemos competir con nuestros hermanos sacerdotes, no buscamos ni altar, ni poder, ni templo o parroquia, solo usamos los ornamentos siguiendo el rito romano, en las ordenaciones y celebraciones.

Nuestro ministerio es de servicio, es pastoral y es catequético. Esto es lo que nos define, así expresamos nuestro ser como ministras dentro de la Sucesión Apostólica, no a través del poder, sino a través del servicio, la disponibilidad y el amor”: La Obispa ha hablado.

La ordenación da comienzo.

La primera sacerdotisa

Roonie Mara es la protagonista de la película María Magdalena, que se estrenó el marzo pasado.

El argumento: María Magdalena fue reconocida por Jesús como una apóstol más, que lo seguía predicando su palabra, pero los otros apóstoles, suspicaces, la apartaron para luego constituir una Iglesia regida solo por hombres (y eso que alguna vez hubo una papisa: Juana, en el siglo VIII, quien ejerció ocultando su sexo).

La historia bíblica dice que María Magdalena recibió el llamado de su fe y lo tomó, pero fue  apartada.

Blanca tomó también este llamado, pero no permitirá ser apartada.

Nació en Charta, a dos mil metros sobre el nivel del mar.

Tan lejos que su mamá no pudo acompañarla en la ceremonia porque para bajar desde su casa hasta el pueblo es necesario montarse a caballo.

Durante 17 años, Blanca fue misionera teresita. Se retiró en 2011: “A mí siempre me llamó la atención esa vaina. Estuve 15 años en comunidades indígenas, entonces uno ve la iglesia desde otro mundo, la formación es completamente diferente a la de una hermana de la ciudad”.

La diferencia radica en que para las comunidades indígenas las mujeres que evangelizan lo son todo: guías, consejeras y quienes resuelven los problemas.

Las monjitas son la única autoridad.

De niña, Blanca envió una carta para que la aceptaran en la comunidad religiosa.

Tenía 16 años.

La formación de una monja incluye teología, cristología, misionología y oficios varios.

Les dicen que el sacerdote es su máximo jerarca, que hay que respetarlo y ser agradable con él.

Pero como Blanca se fue a evangelizar, se vio con una mayor libertad de acción: “Estaba de tú a tú con el sacerdote.

Vivía más una hermandad con ellos. Y ellos comprenden que el papel de la mujer en la Iglesia es valioso”.

Luego de casi dos décadas, una crisis familiar la obligó a Blanca a renunciar a su vida religiosa.

Estaba a punto de irse a África, ya estaba aprendiendo inglés.

El sueño de todo misionero es viajar a ese continente,  dice Blanca.

Pero, “de nada sirve hacer obras de misericordia allá y en la casa nada”.

Sus votos eran perpetuos.

Estaba asegurada como misionera para toda la eternidad.

Pero la vida la tenía destinada para otros ministerios.

En su corazón sonaba el llamado al sacerdocio.

La ordenación

El teólogo Bernard Lambert señala que aunque existe el sacerdocio femenino en la Iglesia Católica Anglicana, esto constituye un quiebre para la Iglesia Católica.

Blanca está excomulgada: “injustamente”, aclara. Llegada la hora de tomar “el cuerpo y la sangre de Jesús”, ya la ordenación se ha dado: tiene varias fases.

Lo primero es una imposición de manos por parte de todos los asistentes a la misa. Ya se han postrado en el suelo como parte del ritual.

No ante la Obispa, dice ella, sino ante Dios.

Luego dan la comunión.

En todo es similar a una misa tradicional, la diferencia es que en el momento de la paz, se ofrece un abrazo y no la mano.

Están emocionadas: llegó la hora.

La Obispa levanta las manos de las nuevas presbíteras.

Es un logro para ellas.

Luego, se abrazan todos para celebrar.

Les sigue un almuerzo y una serenata.

Las alumnas de Blanca la abrazan.

Algunas personas que buscaron ayuda en la Fundación Esperanza, donde antes trabajó Blanca y en la Arquidiócesis de Bucaramanga, donde también colaboró, le preguntan a uno de los curas anglicanos si están casados.

Ellos dicen que sí.

Que cómo van a liderar una comunidad si no lideran su propia casa.

Blanca sonríe, corre de arriba a abajo como un día normal.

Pero no lo es.

Ha hecho Historia en el departamento.

Y ella lo sabe.

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