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Martes 21 de Abril de 2015 - 07:32 AM

Llorar en los supermercados, la realidad de venezolanos en Colombia

Llegó a un supermercado, cogió un paquete de papel higiénico y lloró, no unas cuantas lágrimas, lloró mucho. La abracé y entonces también lloré yo.
El Colombiano / VANGUARDIA LIBERAL
Llorar en los supermercados, la realidad de venezolanos en Colombia
(Foto: El Colombiano / VANGUARDIA LIBERAL)

La gente que pasaba por el pasillo no entendía el motivo de tanto drama. Para todos en ese establecimiento era absolutamente normal estar frente a un anaquel lleno de muchas marcas y tipos de papel; para todos, menos para las dos venezolanas que estábamos allí, abrazadas, llorando.

Marlen García aterrizó en el aeropuerto José María Córdova de Rionegro el pasado Jueves Santo proveniente de Caracas. A 17 días de haber llegado -y vino para quedarse- aún no entiende que lo normal es que haya de todo, y que el único límite para comprar es el dinero que lleve en su cartera, que ya no deberá buscar un cartel puesto al pie de la caja registradora donde diga cuántos paquetes de cada cosa puede llevarse a su casa.

El aceite, la harina de trigo, la leche (en polvo o líquida), el café, la harina de maíz, las arvejas, la margarina, las sardinas enlatadas, las caraotas negras (que son una especie de frijol pequeño), las lentejas, el pernil de cochino (cerdo), el queso blanco pasteurizado y la mantequilla figuraban en la lista oficial de los productos que escaseaban en Venezuela para marzo del año pasado, cuando el desabastecimiento se situó en 29,4%. En Colombia no hay escasez, según cifras del DANE, el abastecimiento de alimentos aumentó en 1,05 % en el período comprendido entre diciembre de 2014 y enero de este año.

En Venezuela este índice y la lista actualizada de los productos no se volvió a dar a conocer por las autoridades, cuando normalmente se publicaban mes a mes. Eso sí, los venezolanos no necesitan el dato oficial para saber cuáles son. Es fácil, lo saben porque no los consiguen.

“En el supermercado que estaba cerca de mi casa en Caracas el carnicero renunció. Nunca tenía trabajo porque nunca llegaba carne”, contó Marlen, aguantando el llanto. A sus 54 años vino a empezar nueva vida en Medellín.

“Esto es muy duro porque uno ya está acá y hay de todo, pero allá quedaron mis padres y aunque cuando me vine aún tenían comida, sé que va a llegar un momento en el que tal vez no tengan. Me da miedo de que luego no se consigan los medicamentos que toman diariamente”. Ahí sí lloró.

“Antes de venirme logré dejarles ocho cajitas. Primero compré las dos que me vendían a mí. Luego le fui pidiendo el favor a otras personas. Les daba la plata y ellos iban a la caja, pero resulta que me estaban viendo por las cámaras de seguridad de la farmacia y me dijeron que ellos entendían mi situación, pero que tenía que desalojar el local”. Lloró mucho más. Los medicamentos que les dejó a sus padres les durarán hasta agosto.

Ni una aguja

Adolfo León Zabala se vino de Venezuela en diciembre. Lo que terminó de sacarlo del hermano país no fue el no conseguir alimentos. No, literalmente no conseguía ni agujas.

Nosotros teníamos una empresa textil. Hacíamos uniformes para empresas. Llegamos a un punto en el que si conseguíamos las telas, entonces no conseguíamos las agujas”, dijo. Tomo aire para evitarlo, pero no lo logró. A este señor de 40 años de edad, padre de dos hijos, se le quebró la voz y lloró.

“Salir de Venezuela fue como escapar de un campo de concentración. Con tal de ser libre uno hace el esfuerzo. Al menos no nos toca lanzarnos al mar como los cubanos”, dice resignado.

Don Adolfo hizo el esfuerzo de traer por tierra once de las máquinas que tenía en Venezuela. Las trajo en bus, en cuatro viajes.

“Me expuse a la extorsión de la Guardia Nacional venezolana en la frontera. En uno de los viajes me dijeron: ‘nos paga con toda la plata que tiene o le decomisamos todo. Tome en cuenta que le falta un retén. Ahora no vaya a ir a decir allá que no tiene cómo pagar porque nosotros le quitamos todo. Es más, tome 10 bolívares para que tenga algo”, contó. En Caracas, 10 bolívares solo sirven para pagar un pasaje en buseta.

Como todo venezolano recién llegado habla de la experiencia del supermercado. “Uno como hombre trata de no pararle a eso. Mi esposa sí. Cada que veía comida se ponía a llorar. La primera semana hicimos demasiado mercado y luego nos dimos cuenta de que debíamos dejar la compulsividad. Aquí la comida no se acaba”, contó.

Ahora vive en Medellín con su señora y sus dos hijos, de 14 y 16 años. Montó un puestico de perros calientes en Prado. Trabaja hasta las 2:00 de la mañana. “En Maracay -ciudad a 100 kilómetros de Caracas- tenía que cerrar el negocio a las 4:00 de la tarde por la inseguridad”, dice riéndose, tal vez por no volver a llorar.

Lo echaron por su mamá

Carlos José Castillo Pérez, de 27 años, se vino a Medellín porque lo echaron de su trabajo. Él no hizo nada indebido. Quien en criterio de sus patrones cometió un acto imperdonable fue su mamá.

El joven trabajaba como fotógrafo para un ente adscrito a la administración pública estatal que funciona en el estado Lara, estado del interior ubicado a 300 kilómetros de la capital venezolana. La mamá del muchacho apareció en televisión en un acto público al que asistía el gobernador de esa entidad, hombre que pertenece a un partido de oposición. Lo despidieron al día siguiente.

“Las cosas no han sido fáciles pero todo este esfuerzo ha valido la pena”, dice Carlos, quien desde que llegó hace dos años ha trabajado como fotógrafo (hasta que le robaron los equipos), lavando tanques de gasolina, haciendo labores de mantenimiento y hasta recogiendo chatarra. Ahora se desempeña como mensajero.

Está contento, aunque su felicidad nunca es completa. “Fui hace poco a visitar a la familia. Las filas en los supermercados son de hasta cuatro horas. En los establecimientos no se consigue champú ni desodorante. Claro, los bachaqueros (que es como en Venezuela le dicen a los revendedores) te venden en 400 bolívares un champú que vale 40, y un desodorante que no pasa de 20 en 150”, cuenta con pesar.

Sabe que si estuviese en Venezuela el drama no solo sería el de hacer filas eternas. En el hermano país las personas solo pueden comprar el día que les corresponde, según el terminal de su número de cédula: 0 y 1 los lunes, 2 y 3 los martes, 4 y 5 los miércoles, 6 y 7 los jueves, 8 y 9 los viernes. Para quienes no pueden ir entre semana, establecieron del 0 al 4 los sábados y del 5 al 9 los domingos. La cédula venezolana de Carlos termina en 1. Si estuviese en su país, le tocaría comprar los lunes y los sábados. Si el día que le tocó no hay un determinado producto, le tocaría esperar a la siguiente semana.

De una casa a un cuarto

Sonia Pérez, 51 años, tiene tres hijos de 12, 18 y 23 años. Ya están aquí su esposo y el menor de los niños. La pareja trabaja arduamente para poder traer a los otros dos.

Yo lloraba aquí y ellos lloraban allá. El más pequeño me dijo: ‘Yo no me quedo un día más sin usted’”, cuenta la mujer que pasó de tener casa y carro propio, a vivir en una habitación arrendada, con su esposo y con el niño, y a viajar en bus.

Vino a Medellín porque la empresa para la que trabajaba, que vendía productos de salud, cerró por la situación que se vive en el país. Ahora esa misma empresa abrió una oficina en Ciudad del Río. Si no vende, no gana, pero prefiere ese riesgo.

“En Venezuela la capacidad de soñar se nos acabó, pero los sueños se pueden cambiar de fecha y de lugar. Lo que hice fue cambiar de sueño y emprender una nueva vida”, explica con su marcadísimo acento venezolano.

Viaja a Mérida, ciudad a dos horas de la frontera con Colombia, para ver a su mamá de tanto en tanto. “Cuando veo a la gente haciendo cola, cuando veo que no hay carne ni pollo, entonces me doy cuenta de que ya no hay vuelta atrás”, explica.

Ya no llora al contar su experiencia, pero dice que ha llorado mucho, lo vuelve a decir y de nuevo lo repite, con esas pausas que dejan en evidencia que aún el tema no está superado.

Yo también lloré y he llorado, al igual que Marlen García, que Adolfo León Zabala y que Sonia Pérez. No las primeras veces que entré a los supermercados en Medellín, en esas ocasiones me contuve. Lloré cuando el avión en el que vine a Colombia hace apenas ocho meses despegó del aeropuerto internacional Simón Bolívar -terminal aérea situada a 45 minutos de Caracas-. El tiquete había sido comprado con seis meses de antelación. Los pasajes, como muchas otras cosas en Venezuela, escasean. Lloré de tristeza por los familiares que allá quedaban y de alegría por mi hija, por mi esposo y por mí. Lo habíamos logrado. No viajábamos a otro país, viajábamos a otra vida.

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