
El domingo pasado ocurrió en Cali un nuevo hecho de violencia contra una mujer. Su esposo intentó asesinarla y luego se suicidó. Era un tendero reconocido por los vecinos como un hombre atento y servicial, y también la pareja era considerada como modelo de relaciones familiares.
Este tipo de hechos de violencia hacia las mujeres, hoy denominados feminicidios, están sucediendo en nuestro país de manera repetida, y es necesario encontrar por qué suceden. Es muy sencillo y fácil decir que son crímenes pasionales, lo que indicaría que la causa es el amor o los celos. Pero indagando más y desde un enfoque que revisa causas relacionadas con la identidad de género femenina y masculina, se encuentra un factor profundamente arraigado en la cultura, y es la dominación de género, que consiste en la mentalidad cultural de dominio masculino sobre las mujeres o sobre la condición femenina.
Y es que aún, a pesar de tantos cambios y avances, para muchos hombres sus mujeres siguen siendo eso, sus propiedades; ellos se creen los dueños, los que hacen con ellas su voluntad y mucho más en el terreno de los afectos y de la sexualidad. Entonces una separación o el deseo de estudiar de la mujer es considerado por ese hombre dominador como que ella se “me está liberando”, o ella “que es mía”, no puede ser de nadie más. Estas ideas arraigadas y muy poco combatidas en la educación y la cultura imperante, conducen al asesinato de la esposa, o a la agresión física, o la violación sexual de las mujeres, siendo la causa profunda esos pensamientos de dominio, que consideran a las mujeres como objetos sexuales para ser poseídas y subordinadas. Estos delitos son entonces delitos por el odio a la libertad de la mujer, se basan en la negación de su autonomía y se consideran crímenes de género.
Es necesario empezar a corregir la forma como se analizan y se entienden estos graves hechos de violencia contra las mujeres, y no seguir afirmando que son pasionales, lo que le permite la aceptación social y el perdón al agresor, pues él actúo por pasión o por amor. La violencia no es amor, y la educación de los jóvenes debe tomar en cuenta estos imaginarios de dominio y sumisión para cuestionarlos y modificarlos por los del respeto y la equidad entre los hombres con las mujeres.