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Miércoles 06 de Diciembre de 2017 - 12:01 AM

Juan Estévez, una vida sin límites en el fútbol bumangués

No había vuelto a ver a Juan Estévez desde que tenía el bigote negro. De un negro tan profundo y tan ranchero que uno creía que se iba a soltar con un saludo cantando un corrido de José Alfredo Jiménez.
Fabián Hernández / VANGUARDIA LIBERAL
Juan Estévez, una vida sin límites en el fútbol bumangués
(Foto: Fabián Hernández / VANGUARDIA LIBERAL)
Juan Estévez, una vida sin límites en el fútbol bumangués

Ahora lo tiene tan blanco y transparente como pequeños cristales de cuarzo. Y debajo tiene esa sonrisa corta pero sincera que no se le ha quitado con el paso de los años.

En el mundo del fútbol bumangués aficionado ¿quién no conoce a Juan Estévez?

Es una pasión andante de este deporte mundial. Cuando tenía 10 años y Américo Montanini 23 -la gloria extranjera del Atlético que se quedó entre nosotros- quedó tan maravillado con ese extraterrestre que amarraba la pelota al guayo y corría por esas rayas laterales del fútbol nacional, que se quedó con el fútbol para siempre.

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Nos sentamos a conversar en su mundo: un pedazo de terreno en la parte occidental de la cancha Marte. Un arenal con porterías por donde han pasado, y siguen pasando, niños que quieren aprender a hacer una finta, a parar un balón o a pegarle con tres dedos a una pelota en un tiro libre y a trabajar en conjunto, en equipo.

El único santandereano que ha estado en un mundial de fútbol de mayores, Hermann Aceros Bueno (Chile 62) bautizó esa cancha con un nombre bien socarrón: El Ayaco. De verdad esa deformación parecía un ayaco -ahora está mejor- porque el sector de la portería norte era más ancha que la del sur que terminaba en punta. Como un ayaco. Risas.

Juan se sienta en su trono en frente de una caseta de venta de comestibles para los querubines que entrena, cruza los brazos y empieza a rememorar. Con su equipo ‘Bumangués’ obtuvo 57 títulos en todas las categorías y con Tejidos Cabrito no me acuerdo cuántos. De esos tierreros salieron al fútbol profesional los porteros Libardo Arranda y Luis Delgado -Millonarios, Nacional, Tolima- y los jugadores de campo Óscar Pilonieta, Alex Luna, Adolfo ‘Pitula’ Hernández a quien tuvo a sus 11 años y, últimamente, a Maicol Rangel, quien pasó por Millonarios y Junior, y ahora está en Rusia.

Fabián Hernández, reportero gráfico de este diario que me acompañó el día de la entrevista, también me ayuda con la preguntadera.

Juan se soba el pelo blanco y a ratos se tapa la boca con una mano. Se le nota una alegría en las entrañas porque se le habla de lo que más ama. La cantidad de títulos que ha obtenido no tiene igual en este entorno.

- ¿Qué es lo más difícil de enseñarle a un niño?, le pregunto.

- La quietud. Son muy inquietos. Hay que tener mucha paciencia porque son niños muchas veces distraídos en la parte técnica, pegarle a la pelota, conducirla. Por cuestiones de edad la sicomotricidad es aún muy imperfecta.

- Son las 4 de la tarde y empiezan a llegar más niños que dirige su hijo Eduardo, más conocido como ‘Toto’. Agarro de un brazo y al azar a uno de ellos. Se llama Óscar.

- ¿Qué es lo que más le gusta de su profesor?

- Que nos enseña mucho.

- ¿Y qué no le gusta?

- Que es regañón.

Me imagino a Juan Estévez en la misma dirección.

Lo relevante de este fabricador de futbolistas y campeón eterno es que ya hace parte de la mitología del fútbol bumangués. Por todos los espacios que ocupa o por donde transita, calles, senderos o avenidas, la mitad de Bucaramanga lo saluda con afecto.

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Su hijo regaña a un portero adolescente. Siguen fotos. Hay niños de diferentes estaturas. El más chico es Samuel que tiene seis años. En la pequeña gradería, posando con sus compañeros, parece una lenteja en un plato de fríjoles.

Juan lo mira con sus pequeños ojos que brillan de ternura. Samuel es tímido y trata de esquivar su mirada. Le acaricio la cabeza y noto que va a ser un grande.

Vamos con Juan a la salida del sector del estadio y hay dos: una por la que hay que saltar un pequeño muro y otra sin dificultades. Nos animamos por la primera y nos arrepentimos. Decidimos por la fácil. Ya cumplió 61 años, no de edad, sino en este oficio, desde el año 56 cuando empezó a dirigir un equipo de barriada en La Falda, hoy La Independencia. Después en Los Comuneros estuvo con La Quinta. Caminamos lentamente pero con cierto garbo, con un aire de gallardía.

Ya estamos viejos, Juan, pero felices con este cuento imperecedero: el fútbol.

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