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Sábado 10 de Marzo de 2012 - 12:01 AM

La herencia de Don Sixto

Sixto Diazgranados... así se llamaba mi abuelo materno quien durante  89 años fue  boxeador, caddie de golf, presidente de la  liga de básquet del Atlántico, socio fundador del Junior, quien  ayudó a diseñar y construir las canchas de golf del Country y Lagos de Caujaral e incursionó en el tenis sirviéndole de profesor al hoy presidente de la Dimayor, Ramón Jessurum.

Hombre de fuertes convicciones y de estricto carácter nacido en Magangué pero criado en la Europa que olía a pólvora porque los vientos de guerra de Hitler y su ‘combo’ soplaban por Francia y Alemania en donde mi ‘abue’ paso su infancia. Ya  en la adolescencia vivió en Estados Unidos siendo Texas, Nueva York y Miami los sitios en donde crió a sus hijos, es decir a mi tío y a mi mamá, y de  donde se devolvió siendo Barranquilla su casa por más de 60 años.

En la casa del viejo Sixto era común encontrar las fotos de ‘memuerde’ García, Roberto ‘flaco’ Meléndez y el gran Heleno da Freitas, tres de los mejores jugadores del equipo ‘tiburón’.

Por eso cuando nació su nieto mayor, es decir yo, mi abuelo me llevaba en sus brazos al viejo ‘Romelio Martínez’, a ver jugar al onceno rojiblanco. Es famosa la foto que tengo en casa con Manoel dos Santos ‘Garrincha’ el día que Junior enfrentó a Santa Fe en el año 68; años después, mi abuelo casi me manda a quitar el apellido Diazgranados cuando se enteró que yo me escapaba a ver al Unión Magdalena, rival de toda la vida. Resulta que por el año 79 el cuadro samario tenía un equipazo dirigido por el argentino Perfecto Rodríguez. Ese Unión iba para campeón y era el motivo de mis voladas a Santa Marta. Al regreso si mi abuelo se enteraba me molía a palos por la escapada y por ver al ‘Ciclón’ bananero.

Pero de una cosa pueden estar seguros: durante los años 70’s y 80’s  nunca vi aparte de unas trompadas o empujones y una que otra correteada por cuenta del calor de la discusiones futboleras, a los hinchas sacar cuchillos, palos, piedras o armas de fuego para discutir superioridades en batallas campales. Por eso no encuentro explicación alguna el ir a un estadio ajeno a perder la vida por una bandera que los seguidores actuales bautizaron como ‘trapo’ y el cual defienden con la vida si es posible.

Y aquí viene mi confesión, la cual debía estar acompañada de una explicación: por lo que se podrán dar cuenta al Junior lo llevo en la sangre y al Bucaramanga lo llevo en la parte más importante del cuerpo... el corazón.
Eso me obliga, y obliga a todos los hinchas de este sufrido equipo, a permanecer con vida hasta que volvamos a primera y seamos campeones.

P.D.: Esta columna se la dedico a los chicos de ‘Fortaleza  Leoparda’ que me hacen erizar (como diría la diva Amparo Grisales) cuando cantan el himno de Santander y saltan todo el partido. El fútbol es vida y ustedes deben cuidarla.
Chao y hasta la próxima.

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