Viernes 25 de Julio de 2014
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Domingo 25 de Septiembre de 2011 - 12:01 AM

De un carrito de ceviche a una cadena de restaurantes

Javier Gutiérrez/VANGUARDIA LIBERAL
Uno de los platos predilectos por la clientela del restaurante es el róbalo camaronero, un exquisito plato de $20 mil, que representa casi 40% de las ventas totales del restaurante en un mes.
(Foto: Javier Gutiérrez/VANGUARDIA LIBERAL )
A su corta edad este santandereano de sangre costeña ya conoce el éxito y el fracaso. Conoce el negocio de las ventas informales, el de la calle y también cómo se maneja una cadena de restaurantes establecidos con franquicias incluidas.

En pocas palabras, esta es la vida de Luis Eduardo Chinchilla Casalins, conocido como ‘luchito’, un empresario que a sus 26 años ha construido con esfuerzo lo que alguna vez soñó que sería un negocio próspero que le diera estabilidad a su familia y especialmente a su mamá, ya que por cosas de la vida antes de tropezarse con tanto éxito vivieron las ‘duras y las maduras’.

Esta es su historia.

Llegó a Bucaramanga cuando tenía 10 años junto a su mamá,  con el ánimo de que sus padres volvieran a vivir juntos después de un divorcio.

Sin embargo, a pesar de que las cosas no llegaron a buen término como se lo esperaban, se establecieron en la Ciudad Bonita.

Fue con el trabajo de su mamá que salieron adelante.

Mientras que él terminaba el colegio, se dedicó a muchas cosas, entre esas a ser empacador de supermercado y hasta vendedor de buñuelos frente a la Cámara de Comercio.

“Siempre mi visión era sacar a mi mamá adelante, cuando llegamos acá nos tocó muy duro. Mi mamá no tiene ninguna carrera y comenzar en una ciudad es bastante difícil. Tenía la esperanza y la visión de que las cosas iban a cambiar”, aseguró Luis.

A los 16 años, ya con su cartón de bachiller, empezó a buscar trabajo en una empresa y lo encontró en un restaurante. Con la fortuna de que su jefe también tenía aparte del restaurante, una empresa productora de lácteos. Por fortuna tuvo entonces dos empleos.

Entraba a las 9 de la mañana al restaurante, trabajaba hasta las tres de la tarde, y desde esta hora hasta las 2 de la mañana se dedicaba a la otra empresa.

“En ese momento la situación fue más crítica para mi mamá y para mí. No teníamos para pagar arriendo y mi jefe vio que yo era una persona muy responsable. Así que me ofreció mudarme a la sede de la empresa para que además la cuidáramos. Duré casi dos años así hasta que cumplí 18, pero de ahí en adelante me desordené y dejé a un lado mis responsabilidades. Llegaba tarde y además empecé a mezclar sentimientos con trabajo”, según cuenta el empresario. Esto le generó conflictos con su patrón.

Finalmente, después del pleito se mudaron a un apartamento en Conucos y como tenían que conseguir plata como fuera, arrendaban del mismo apartamento dos piezas para estudiantes.

Sin embargo, a Luis Eduardo no le han faltado ángeles. Decidió pedirle empleo al hermano de su ex jefe con el que también había compartido negocios antes, cuando vendía buñuelos. Empezó entonces a trabajar en la fábrica donde hacían las masas para la producción de éstos.

“Un día de repente estaba trabajando y tuve un accidente con un dedo que prácticamente me lo tuvieron que reconstruir. Esas son cosas que pone Dios en el camino, para que las cosas cambien y mejoren”, asegura.

De cava en cava

A raíz de este accidente que lo dejó incapacitado, Luis Eduardo tuvo que pasar mucho más tiempo en su casa, la misma en la que su mamá tenía el negocio de arrendar cupos para estudiantes. Fue precisamente de uno de ellos, que vivía en Riohacha, que este empresario empezó a conocer los productos de mar.

“Al muchacho una vez el papá le mandó una cava llena de pescado, pero a él no le gustaba y a mi mamá tampoco.
Como yo tenía $150 mil se me ocurrió comprárselo para revenderle el pescado a los vecinos. Esa vez me gané otros $150 mil.

Así que decidí contactarme con la familia para que me mandara más pescado para vender y en eso invertí los $300 mil. Los vecinos le compran a uno hasta dos veces pero para la tercera ya muchos me decía que la otra semana. Fue así que vi que me tenía que enfocar enlos restaurantes”.

Sin ton ni son fue a uno de los supermercados, ‘a tantear’ a qué precios vendían el pargo rojo, el único producto que comercializaba. Esto le sirvió para concluir que podía vender el pescado a un precio mucho más competitivo.

Así que con esa energía y suspicacia que lo caracteriza y sin pena, cogió el directorio y llamó restaurante por restaurante. “Yo decía que era una empresa nueva de pescado y que tenía muestras. Pero, solamente contaba con el enfriador de mi casa no más”, dijo.

Así comenzó a trabajar con la comercialización del pescado y a conocer del negocio, que no es cosa fácil, gracias a los viajes que emprendía frecuentemente a Riohacha para traer la mercancía.

En estos viajes conoció a unos costeños que procesaban camarón en Ciénaga, así que con estas relaciones empezó a distribuir camarones que se sumaban al pargo rojo.

Esto coincidió con la época de alta producción de camarones cuando el precio estaba por el piso. Se montó en un carro con sus cavas llenas de casi dos toneladas de camarones que no logró vender. Sin embargo, en su búsqueda de mercado, se topó con una empresaria que importaba productos de mar. Finalmente, lo que sí logró fue hacer un trueque y cambió todo lo que llevaba de camarones por productos de mar importados que no se conseguían fácilmente en Bucaramanga. Con esto pudo ampliar sus productos.

A esta etapa nuevamente los desórdenes en su vida volvieron a hacer que perdiera el rumbo de sus negocios, al mismo tiempo que entró a la universidad.

“A los 19 años ya no tenía nada. Sólo una infinidad de deudas y llegó nuevamente una crisis económica en la familia. Debíamos inclusive como 10 meses de arriendo, así que nos fuimos de ahí. Nos pasamos a cabecera a una casa con muchas habitaciones que podíamos arrendar, que pertenecía a una de tantas estudiantes que conocimos con los cupos universitarios y que nos la ofreció con la condición de que también tomáramos el local que tenía la casa al lado. Esa casa es donde actualmente está ubicado Casalins en Cabecera”.

De una cevichería a un restaurante

Con este pequeño local asegurado podrían montar el negocio de venta de pescado crudo. Sin embargo, como parte de pago de un dinero que le debían le ofrecieron un carrito móvil para vender ceviches. Lo tomó y no dudó en ponerlo al servicio, así que enfrente de la casa empezó con el negocio de los ceviches.

Pese a que le empezó a ir muy bien, la Secretaría de Salud no tardó en aparecer para advertirle que si no guardaba el carro le cerrarían completamente el negocio.

La situación obligó a que dejaran atrás el carro y se dedicaran a adecuar el local que tenían, no sólo para la venta de pescado sino también como un pequeño restaurante que fue creciendo paulatinamente, gracias también al apoyo de su actual esposa Derly Milena Vera y su madre Yennys Casalins.

Del éxito de este punto nacieron tres restaurante más en la ciudad y otros cinco ubicados en las principales ciudades del país, incluyendo Bogotá.

Pese a que el sistema se administra a través de franquicias, entre sus proyectos a corto plazo se encuentran el de establecer  100 puntos móviles o burbujas de cevichería en los centros comerciales más importantes del país.

De esta forma el negocio sería mucho más fácil de manejar.

También montarán el cuarto restaurante en el Centro Comercial Cacique y además tienen el proyecto de montar otras distribuidoras de pescado crudo, que fue originalmente como nació el negocio. “La idea es importar nuestro propio pescado ya que podrían ofrecer productos más competitivos”, dijo Chinchilla Casalins.

Publicada por
DIANA C. LEÓN DURÁN
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