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Domingo 08 de Enero de 2012 - 12:01 AM

Desde hace 46 años el aroma del pan despierta a los bumangueses cada día

Hay quienes piensan que poner una panadería o un puesto de empanadas es uno de los negocios más fáciles y rentables. Sin embargo, en la práctica los negocios no son tan simples, y se cae en el riesgo de que no sean sostenibles.
Fotos: Nelson Díaz y Javier Gutiérrez /VANGUARDIA LIBERAL
Luis Enrique Ruiz aseguró que iba a vender el mejor pan del mundo, cuando empezó hace 46 años con su panadería en el centro de Bucaramanga. Hoy El Maná es uno de los negocios más queridos por los santandereanos.
(Foto: Fotos: Nelson Díaz y Javier Gutiérrez /VANGUARDIA LIBERAL )

En el caso de las panaderías, no todas pueden ostentar el título de cumplir 46 años y convertirse no sólo en un negocio, sino en una marca reconocida y amada por los bumangueses.


La panadería El Maná reúne todas estas características. Este año pone un peldaño para estar más cerca de cumplir medio siglo creciendo entre las familias de la región y produciendo los panes y bizcochos más apetecidos por los santandereanos.


El Maná nació en 1964 en el seno del comercio de Bucaramanga: El Centro.  Don Luis Enrique Ruiz García había dejado su carrera de ingeniería mecánica en la Universidad Industrial de Santander, en tiempos en que los que el alma mater se sumía en protestas lideradas por Jaime Arenas, entre otros.


Así que este piedecuestano decidió tomar el camino hacia la capital del país en busca de trabajo, y lo consiguió. Durante muchos años se empleó en una de las empresas más reconocidas en el país por la fabricación de empaques de papel para las cadenas de supermercados, propiedad también de un reconocido santandereano. Igualmente se desempeño como jefe de estadísticas del Dane. Sin embargo, casi 10 años bastaron para que le empezara a inquietar su virtud como empresario, quería tener su propio negocio y ser independiente, aún no sabía en qué. “Me nació esa cosa que le nace a uno de querer independizarse porque si no, en esta vida no hace uno nada”, comenta.


Lo primero que pensó fue continuar en la línea de empaques de papel y montar su propia fábrica en Bucaramanga, pero la competencia era grande y la inversión también. Con tan sólo $32 mil de capital disponible y el chance de adquirir otro poco en crédito, se decidió por seguir la tradición de su familia, montó una panadería, aunque confiesa que al principio no le llamaba mucho la atención.


Varios tíos suyos tuvieron panaderías, el legado venía desde 1885 con la panadería Figueroa famosa por producir el ‘mojicón dormido’, el rollo aliñado y la mestiza con chicharrón.


Pudo conseguir en arriendo una casa en la carrera 16 con 37 donde está ubicado uno de sus puntos actualmente.


 “La montamos al lado de la mejor panadería que tenía la ciudad que era La Francesa, y empezamos con mucho sacrificio porque de plata no había casi nada. Compré un horno y fui invirtiendo en maquinaria. Yo lo que sabía era comer pan así que empecé con tres personas y 30 arrobas. Pero no todo el pan se vendía así que preferíamos llevarlo al asilo o a la cárcel modelo. Nosotros siempre hemos tenido la costumbre de que solo vendemos el pan del día. No vendemos pan trasnochado, y utilizamos las mejores materias primas. La mejor harina, huevos y grasas. Pero para mí fue muy difícil por tener al lado esa competencia. Yo recuerdo mucho un día, después de un año que ya funcionábamos pasó alguien y dijo ¡cómo, aquí hay una panadería! Me dio tanto dolor, era pequeñita pero fue creciendo y no hay enemigo chico”, recuerda.


Entre las políticas bajo las cuales inició la empresa, y que mantiene hoy en día, es vender el pan por mostrador y vender pan sin vendaje.


“Para nosotros es muy importante conservar la frescura de los productos y la calidad, por eso nunca hemos optado por dar vendajes. Igualmente tratamos de que cada punto maneje su propio proceso de producción y la gente nos busca por eso. A la gente le fascina comprar el pan que recién salió del horno. Y por eso también cuando termina la producción nos toca cerrar porque el pan que producimos ese mismo día lo vendemos”, aseguró Gina Ruiz, hija de Don Luis Enrique quien es administradora de la empresa.


Momentos de consolidación


Según cuenta este empresario del sector de alimentos, los frutos de su esfuerzo sólo los empezó a ver casi cinco años después, tiempo en el que decidió incluso cerrar el negocio. Sin embargo fue el empeño de su esposa, doña María Eugenia Alfonzo, en mantener la panadería el que lo motivó a ser paciente y seguir perseverando.


“Uno de los aspectos que impulsó el negocio cuando aún éramos muy pequeños fue un amigo que tenía una panadería que se llamaba La Sultana, y que posteriormente se convirtió en tienda. Acordamos que él me vendía el pan en su tienda, y así nos fue muy bien. Ahí me di cuenta de que el negocio empezó a crecer”, dice Ruiz.


A pesar de que alrededor del negocio en el centro sobre la carrera 16 con 37 se ubicaban panaderías como La María, Fuente Dorada, Pan Trigo, Mercadefam, nunca bajaron las ventas. 
“Lo más importante en la vida es generar envidia pero no sentirla”, aseguró.


Hoy en día Don Luis Enrique a sus 75 años dejó su legado a la segunda generación, sus hijos, quienes además de administrar los tres diferentes puntos, son accionistas de la empresa.
Según ellos, él ahora se dedica a verificar la calidad de los productos: “Él llega y come un poquito de acá otro poquito de allá, pero a la gente le gusta verlo todavía en las panaderías, lo quieren mucho”, añadió Gina.


Hay pan para rato


Igualmente, su hermano Enrique Ruiz, quien es arquitecto de profesión también se sumó al negocio y asegura que dentro de los proyectos a futuro y que ya se están ‘horneando’, está la consolidación de la empresa, no como una panadería sino como una industria de alimentos.


En este propósito, en los puntos de venta del negocio no sólo se consigue pan, biscochos o galletería, sino también se suman productos como carnes frías, y alimentos típicos de la región como quesos, capones y tamales, y que llaman el ‘rinconcito santandereano’. Todo esto con el ánimo de promover la producción en las regiones y el campo.


Igualmente pretenden ampliar la cadena de panaderías no sólo en Bucaramanga sino también su área metropolitana, así mismo hacia municipios vecinos como Barrancabermeja.


Con el fin de seguir consolidando la empresa, el año pasado decidieron remodelar los puntos en miras a satisfacer a los clientes, quienes no sólo piden pan de excelente sabor y calidad, sino también un lugar ameno para poder disfrutarlo.


En camino también viene la consolidación de dos marcas propias de productos, cuyo proceso esperan finalizar con éxito este año.

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