Miércoles 18 de Octubre de 2017 - 10:29 AM

Oiba y la minería de caolín que muchos desconocen en Santander

A pesar de contar con varias minas de caolín, principal material para hacer artesanías en cerámica, Oiba, en Santander, pasó de ser la “Tierra Artesana” a tener solo dos talleres y muy poca producción.
Irina Yusseff/VANGUARDIA  LIBERAL
Oiba y la minería de caolín que muchos desconocen en Santander
(Foto: Irina Yusseff/VANGUARDIA LIBERAL)

En Oiba, hace 30 años, las cosas no eran como ahora.  La venta de artesanías en cerámica tenía curva ascendente y solo era necesario comprarle la materia prima a los campesinos de la vereda Barroblanco, que queda del pueblo hacia arriba. Las iglesias a escala eran un éxito. Más de 500 fachadas de casi todas las del país se vendían como pan caliente, hasta en el exterior.

En Barroblanco también era distinto. Los campesinos apenas empezaban a descubrir que en sus tierras afloraba una arcilla blanca, llamada caolín, que podía extraerse y que le servía no solo a los ceramistas oibanos, sino a muchas empresas.

Hoy, la venta de iglesias es mínima y el caolín se convirtió en una cadena productiva donde los campesinos ganan menos y los empresarios más. Lo único que no ha cambiado son las dos horas de trocha que hay del pueblo a la vereda y que pueden convertirse en tres cuando el día anterior ha llovido y toca empujar.
El boom de la cerámica

"¿Se acuerda cuando aquí el parque era lleno de artesanías y pendejaditas de cerámica y la gente venía a comprar por montones?", le  pregunta la dueña de una de las tiendas del parque a una vecina que va pasando.

"¡Uuuuu! Tiempos de Dios, querida. Aquí es el colmo de los colmos, tenemos el caolín, pero no lo utilizamos. ¡Hágame el favor!", le responde.

Y tiene razón. De los 14 talleres de cerámica que había en Oiba en los noventa, solo quedan dos y de las muchas tiendas de artesanías, ahora quedan pocas.  

"La verdad es que algunos empezaron a fabricar más y más, porque había demanda, pero por vender rápido empezaron a hacer cualquier pelmazo de barro con cara de iglesia. Se formó fue una competencia del que vendiera más y más barato. Fue la ley del oportunismo y la individualidad lo que mató la tradición del pueblo".  Cuenta Rafael Aranda, dueño de uno de los talleres que aún sobrevive.

Recuerda cuando a principios de los ochenta estudiaba Artes en la Universidad de La Sabana y Néstor Parra Díaz, un poeta y locutor oibano, decidió armar un combo de artistas que se le midieran a transformar el caolín que estaban sacando de la vereda en arte. Y así fue, con la ayuda de Aranda y otros profesionales en el tema, capacitaron a varios de sus paisanos y convirtieron el pueblo en un gran taller de cerámica.

Tanto el caolín como las artesanías empezaron a despegar y Oiba a ser reconocido como tierra de cerámica.  Sin embargo, 20 años después, el arte del pueblo  se estancó y la minería encontró otras salidas.

La mina

No es una. Son varias. En total 45 frentes de explotación. 20 pertenecen a la Cooperativa Agrominera Barro Blanco, a quien el Ministerio de Minas y Energía le otorgó dos licencias de explotación hace más de 40 años, con el fin de agrupar a varios campesinos de la vereda que estaban sacando caolín ilegalmente.
El resto siguen haciéndolo de manera informal, porque no tienen idea de de quién es la licencia o le pagan el permiso para explotar a los dueños de las otras licencias que hay en la vereda: Cerámica Italia, La Minga, Alfagrés o Eliberto Tapias.

La de doña Emérita García es una de las más antiguas y también de las más explotadas. Su tierra mide más o menos 700 metros y de eso más del 25% ya es hueco. Tres hombres trabajan a pleno rayo de sol de mediodía. Uno banquea y los otros carretillan.

"Banquear es sacar los pedazos de tierra como formando bancos, como en escalera, para que no se le venga a uno la tierra encima". Así lo explica Alexander Parra, encargado de la labor.

Primero entierra una varilla hasta el fondo haciendo una abertura vertical. Luego, con una especie de  guaya  artesanal, un alambre con agarradero de madera, hace un corte por debajo, saca el bloque de tierra blanca y lo echa en la carretilla. Eso mismo, muchas veces al día.

Hace 30 años, cuando todo era diferente y no tenían que pagar un porcentaje a los dueños de las licencias para que les dieran el permiso para sacar el material y venderlo, los bloques se sacaban a punta de barra.

"Este pedazo no sirve, ¿si ve que está como rústico? Eso es porque tiene piedras y así no sirve. Tiene que ser el trozo de barro blanquito, purito", dice mientras pasa la guaya una y otra vez sobre el mismo pedazo, a ver si logra salvar aunque sea un poco.

Cuando las carretillas están llenas, los otros dos las llevan hasta la zona de secado, un invernadero hecho con palos y plástico, donde se ponen los bloques a secar para después ser convertidos en el polvo.

La cadena productiva

A 15 minutos caminando desde la mina de doña Emérita, está la planta de procesamiento de caolín, que hace cinco años la Gobernación de Santander e Ingeominas inauguraron, con el fin de fortalecer la actividad minera y aumentar la producción.

Mientras aparece la planta a la izquierda del camino de trocha, a lado y lado se ven otras minas con sus invernaderos y los campesinos sacando pedazos de la arcilla blanca. Uno de ellos explica cómo funciona la cosa, más o menos y sin tanto rodeo:

"Nuestro trabajo es sacar esta vaina y ponerla a secar. Pagar un porcentaje, como una vacuna, ya sea a la Cooperativa o al dueño de la licencia, para poder sacar y vender. Hasta ahí llegamos nosotros".

No miente, ellos son los que más trabajan y menos ganan. Una tonelada del caolín más blanco se vende a 60 mil pesos y de eso más o menos 10 mil son de “la vacuna”. Una vez pulverizado, los molinos la venden a 100 mil o 120 mil pesos.

Estuco, pintura, cosméticos, cremas y alfarería. Además de artesanías en cerámica, para todo eso sirve el caolín y por eso cuando los artesanos de Oiba dejaron de utilizar el material como antes, los campesinos no pararon de extraerlo con la ilusión de que se iba a vender por montones.

Sin embargo, aunque hay épocas buenas, la situación está difícil, tanto para los campesinos como para los vendedores.

"Cerámica Italia dejó de explotar acá hace rato y dejó de comprarnos también, ¿sabe por qué? Se lo explico con un ejemplo. Antes para hacer una arepa las abuelas cultivaban el maíz, lo recogían, molían y hacían la arepa. Ahora venden la masa lista en todo lado y sale mucho más barato comprarla así. Lo mismo está sucediendo con el caolín. Desde China está llegando mezcla lista para todo, y la empresas que nos compran ya no tienen que ponerse a arreglar el caolín y mezclarlo con otras cosas para obtener lo que necesitan". Cuenta Norberto Fonseca, gerente de la cooperativa.

La planta, que consta de dos líneas de molienda, un laminador y un horno rotativo, tiene capacidad de producir dos mil toneladas mensuales. Se están vendiendo alrededor de 200, cuando les va bien. Lo mismo pasa con los cinco molinos independientes, que funcionan de manera artesanal y que están ubicados en la vereda, en el pueblo o en la periferia.

"Sí se vende, sobre todo para estuco, cemento y pintura, pero la competencia es dura y cuando lleguen de otros países a pisarnos la manguera con la tecnología que nosotros no tenemos, fritos, menciona el dueño de uno de los molinos de Oiba".

Hace meses tiene una tonelada de caolín para cerámica en su molino, esperando que el pueblo vuelva a necesitarla.

Una esperanza para el arte

"Profe, deberíamos hacer otras cosas. Con este material podemos crear hasta vajillas modernas y venderlas hasta en otros países, ¿no?", le dice al profesor Aranda uno de los alumnos de la Escuela de Artes y Oficios de Oiba.

Él responde que sí, pero que con calma.

La Escuela surgió como una iniciativa suya para incentivar nuevamente la producción de artesanías en el pueblo a través de los niños y la Alcaldía lo apoyó.
El salón nunca está vacío. Algunas clases son de 15 alumnos y otras de 20.  Por ahora están aprendiendo a modelar y manejar el caolín, pero con el tiempo la idea es que ellos creen empresa y vuelvan a convertir a Oiba en un pueblo de artesanos. “De esto a las vajillas hay mucho trecho. No es tan fácil como sueñan los niños, porque para producir ese tipo de cosas se necesita tecnología costosa, más allá de molinos y hornos; pero por algo se empieza y ese algo es la ilusión de lo pequeños que a su vez se convierte en una esperanza para el arte”, asegura Rafael Aranda.

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