Domingo 28 de Enero de 2018 - 12:01 AM

El milagro de la vida

La mañana en que Abel despertó con las manos atadas sobre su pecho comprendió que la soledad del jardín era suficiente para aceptar su destino.

Después de la expulsión del paraíso, nadie se había atrevido a colmar la paciencia del Creador: los días iban entre plegarias y venían con las preguntas a saber si la entrada estaría garantizada, la entrada al jardín, después de jurar arrepentimiento. Abel intentó mirar a su alrededor sin dejar que el pánico se le desbordara por los ojos como fuentes cristalinas de dolor. Solo encontró a sus pies la tenue luz del amanecer que entraba a la cueva; sus muñecas se lastimaban cada vez que quería vencer la soga, pero le era imposible, casi inimaginable, sentirse como un cordero. Un cordero como los de sus sacrificios.

Cerró los ojos. Escuchó. Nada. Cerró los ojos de nuevo, y esta vez su cabeza, cerca de la nuca, clamaba por la presión de sus manos para aliviar la sangre que despedía, gota a gota. Intentó recordar si su cabeza se había golpeado. Sí. El peso del objeto lo tendió en el piso. El recuerdo del golpe era claro, aunque lo que sucedió después era confuso; apenas podía reconstruir el jadeo de quien lo arrastró, el ardor en sus rodillas, el maltrato de sus pies, el cansancio de sus hombros, su boca sedienta. La hierba seca que se abría paso por entre las grietas del suelo yermo le volvía la memoria un laberinto de salidas posibles, pero con un solo centro donde todo desembocaba sin explicación alguna. Abrió sus ojos, y su boca gritó. Su boca trataba de articular su desespero y su miedo; su voz se hermanaba con las de los animales que agonizaban en soledad.

Sus gritos llamaron la atención del fondo de la cueva. En los breves lapsos de silencio que se permitía, Abel podía oír que algo se aproximaba del interior de la oscuridad. No parecían pasos, no parecían alas, no parecía una bestia de gran tamaño; solo fue en el momento de mayor desespero que la voz se le cortó con la respuesta, también herida, a sus gritos. Al quejido le siguió el rugido de los seres hambrientos. Luego fue un siseo, un siseo que se multiplicó, y de la boca de la oscuridad sobre su cabeza vio los cuerpos de las serpientes que brotaban de la espesa negrura buscándolo. Cerró sus ojos con fuerza, y las lágrimas se le secaron. No fue capaz de abrirlos hasta que las lenguas bífidas de los ofidios le tocaron el cabello, y los hombros y el cuello, bajando por el pecho, el abdomen, las manos, los costados. Y los cuerpos escamados le pesaban y parecían ahogarlo, pero no pudo gritar; no pudo hacerlo porque en su cabeza sonaba su nombre, pronunciado por una voz desconocida que parecía tenerle compasión y a la vez quería hacerse con su cuerpo.

Quiso agitar las piernas: estaban atadas; quiso agitarlas e intentar incorporarse y correr, correr, hasta que su corazón colapsara en su pecho, bajo sus manos atadas, a las que ninguna fuerza les había sido suficiente. Era tarde. Las serpientes estaban en su espalda. Abel sentía que su espalda estaba sobre las de ellas, y veía que la luz que entraba en la cueva estaba cada vez más cerca. Veía que la luz se pronunciaba sobre su cuerpo, acariciándole el rostro con una tibieza que se disipaba con el frío que había dejado la lluvia la noche anterior.

Las serpientes lo condujeron hasta la entrada del jardín, donde el suelo es verde y su aroma es dulce. Abel recordó el aroma, y creyó volver a su niñez, cuando su padre le enseñaba el jardín y un ángel los señalaba con su espada de fuego. Abrió los ojos. Las serpientes se detuvieron. Salieron bajo su espalda. Creyó verlas desaparecer. Dirigió la mirada a sus pies. Vio a su hermano aproximándose. En la distancia estaba el ángel, con sus alas desplegadas y apuntándoles con la espada. Abel sonrió al ver a Caín. Por un instante el terror y el dolor en su cuerpo se disipó. Luego vio sus manos: seguían atadas sobre su pecho. Caín traía consigo un hacha de piedra, y antes de que Abel pudiera pedir ayuda, Caín, de un solo movimiento, enterró la piedra en la garganta de su hermano; luego la removió con dificultad y la enterró en su abdomen. Finalmente, le deshizo el rostro golpeándolo brutalmente.

Caín se dio vuelta, y gritó al ángel, y gritó a los cielos, y gritó con los ojos cerrados, hasta que la muerte le respondiera al oído que ya había recogido el alma de su hermano. Porque ahora no volvería a oír su voz; porque en adelante no volvería a saciar el hambre y la sed de Abel; porque para siempre se olvidaría de su rostro. Abrió los ojos. La espada del ángel ardía con más fuerza. Las llamas ardían con ira, y el ángel seguía inmóvil. Caín, el asesino, arrojó el hacha de piedra a los pies del ángel. Este pareció no inmutarse. Tan solo permaneció en su acostumbrada posición, mientras el asesino volvía sobre sus pasos, guiado por el grupo de serpientes.

Los rayos del sol alejaban el frío de la madrugada. En el jardín, las aguas corrían con la hermosa tranquilidad que tienen los días nuevos, esos en que la esperanza parece hablar desde todos los rincones a quienes despiertan para ser testigos del milagro de la vida.

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