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Domingo 28 de Enero de 2018 - 12:01 AM

El jardín de la muerte

Es la mirada, hermano, la que provocaba en mí esa furia asesina. Los ojos no, ni el color, sino esa mirada. Sobre todo, la mirada coqueta de las brinconas, de las perras como Lola, mi Lola: nunca supe más de ella, tal vez yo mismo la maté: no me acuerdo. Éramos los dos solos, con una casa-finca bonita a las afueras de la ciudad, que nunca nos metíamos con nadie. Excepto cuando lo de Lolita.

Yo no las mataba por el color de sus ojos, no; era por esa mirada provocativa, esa mirada de zorras al acecho. Por eso me tienen aislado aquí. Yo sí soy un peligro para la sociedad. Con decirle, doctor, que aquí hay una guardiana con esa mirada de perra en celo a la que quisiera hacerle lo que les hice a todas.

Yo primero vivía con Lola, lejos de la ciudad. Después de que la maté, yo mismo la enterré en una fosa grande del solar, donde teníamos de todo. Recuerdo que había árboles de guayaba, aguacates, naranjas, mangos. Después se me metió entre el pecho y la espalda eso de mirar a las mujeres con miradas malas y con ganas de matarlas. Pero buscaba a las que miran de soslayo; que después sonríen o picaban el ojo. Eso era suficiente. Yo las atalayaba todo el tiempo, y nunca dejé que se me escapara una. Tal vez, creo, cuando quedaban solas, así fuera por un instante.

Llegaba con ellas en el baúl del carro, ya muertas. Adentro las sacaba y las metía en la fosa que ya había abierto. Porque siempre hacía unas fosas, bien separadas. Ahí las iba echando y después las tapaba con tierra. Aunque no tuviera vecinos cerca, yo sembraba pasto bueno encima de la tierra y mantenía riego constante hasta que crecía.

Ahora ya no puedo. Aquí tengo que hacer de todo. Y cuando salgo, muy rara vez, me amarran los pies y las manos, y me escoltan porque dizque aquí todos quieren matarme. No dejan salir a ninguno cuando me sacan. Recibo un poco de sol, y me acuerdo de cómo pegaba en el terrenito que tenía.

Otras eran más fáciles. Iban conmigo hasta la casita para acostarse conmigo a cambio de plata. Si la tumba estaba abierta y lista, las llevaba. No. No me acuerdo, hermano, cómo acababa con ellas; solo que después de saciarme me las echaba al hombro y a la fosa, como todas.

¿Qué cómo me pillaron? No sé. Había mucho bombo en la radio y en la televisión con eso de las desaparecidas. A mí me gustaba eso. Saber que nadie sabía nada. Que si miraban mi terrenito, no era más que pasto fino bien podado. Una noche tumbaron la puerta de mi casa. Me desperté, y había un pocotón de hombres apuntándome con fusiles. Me voltearon boca abajo, y me esposaron. Nunca falta el fisgón que se fijara en uno; el que llega con su carrito a altas horas de la noche. Mientras me metían al carro de la Policía, vi cómo entraban muchos hombres con herramientas para excavación. Pero era solo eso, la mirada traviesa de las brinconas, que nunca faltan, las que despertaban en mí esa furia asesina entre el pecho y la espalda. A veces me duele el pecho; a veces, la espalda. No, doctor, no quiero hablar más; tal vez otro día, mi hermano; ahora tengo sueño. A veces he soñado con la guardiana. Quiero soñar con ella.

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