Domingo 18 de Febrero de 2018 - 12:01 AM

Los pétalos de una rosa

Rosita siempre tuvo los atributos para cautivar miradas y suspiros.

Desde joven lucía abiertamente su cuerpo firme y su cara hermosa. Tenía los ojos negros y grandes, el cabello largo y liso, cejas pobladas y unos labios voluptuosos que sabía regalar meticulosamente a quien ella quisiera. En su adolescencia fiestera, su carácter alegre y atrevido dejó muchos corazones rotos. Con el correr del tiempo, mejoraba. Naturalmente, sin artilugios, fue adquiriendo un cuerpo despampanante y una cara cada vez más seductora personalidad. Era natural, espontánea, tenía muchos admiradores que la abrumaban con requiebros amorosos de telenovela. Trabajadora, luchaba incansablemente para atender sus necesidades y colaborar con sus padres. En su barrio era el orgullo de los hombres y de los vecinos bien intencionados, pero era el motivo de envidia de muchas mujeres que crecieron con Rosita.

Se le conocieron dos relaciones formales de noviazgo. Nada anormal. Visitas a la casa, salir al parque, ir a la misa, paseos por el barrio tomada de la mano con su enamorado de turno. Finalmente, rompió con esas relaciones y se preparó para un partido que le propiciara un futuro económico sin afugias. Estaba cansada de luchar, y había cumplido como hija porque dejó a sus padres la propiedad de la casa libre de deudas.

Su matrimonio se hizo por todo lo alto en un salón exclusivo de un club de la ciudad. El afortunado era un hombre de su misma edad, inversionista en finca raíz y propietario de una firma pujante y reconocida. Rosita compensaba todos los detalles de su esposo con su hermoso cuerpo, con un ardor y una vehemencia que lo hacían el hombre más feliz. Era la esposa ejemplar, hasta que sus entrañas empezaron a sentir necesidad de más placer. No era infeliz, pero sabía que había mucho más por conocer y sentir. Cuidadosamente, tras varias faenas, encontró lo que buscaba, su complemento para calmar las fiebres que le quemaban el cuerpo. Era la esposa ideal. Fría y calculadora, jamás se permitió un error que la delatara. Cada vez hacía más feliz a su esposo con lo aprendido del amante, y hacía más feliz al amante por las carencias del esposo bueno.

Le faltaba algo. Evocaba como quinceañera la época de los besos escondidos, los pequeños detalles de sus novios, la sensación de libertad de respirar el aire puro de un parque. Consiguió un novio que la mimó, totalmente prendado de su hermosura. Salían al cine, comían un helado, se besaban en algún callejón solitario, pero nunca le dio la menor oportunidad de propasarse. Lo plantó de frente, y se lo dejó claro. Muchas veces –decía– le habían roto el corazón, y no era muy confiada con los hombres. Todo era cuestión de tiempo, y nada más. Era la esposa ejemplar y bella que lucía hermosa en las fotos sociales del periódico, al lado de un marido feliz y enamorado.

Marido, amante y novio; todo el paquete incluido. Cero sospechas y una vida cómoda de mujer adinerada y hermosa. Jugó hasta que se cansó. Todo lo hizo bien. Se deshizo de su novio y de su amante porque tenía que viajar a radicarse al extranjero. Era cierto. En otro país se sintió realizada completamente. Seguía hermosa y deseada, a pesar del paso de los años. De pronto, después de una nueva luna de miel con su esposo, se miró en el espejo, y empezó a sentir que algo extraño en sus entrañas la hacía sentir necesidad de más placer.

Muchos años después volvió viuda, rica y elegante, a pesar de su avanzada edad. Dedicó sus últimos años a la jardinería aprendida en Europa. Especialmente era cuidadosa con los pétalos que recibían la suave caricia de sus manos arrugadas y manchadas.

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