Domingo 15 de Julio de 2018 - 12:01 AM

La foto que nunca se tomó

Cerca de las nueve de la mañana buscaba un socio, un amigo o un vecino, y en su compañía subíamos descalzos hasta la escuela anexa llamada Santo Domingo Savio, regentada por la comunidad de los curas Salesianos radicados en la ciudad de Bucaramanga.

El trayecto desde mi casa hasta la Anexa era tortuoso, pero corto; al llegar apreciábamos las viñetas, los recuadros, las fotografías, nos embobábamos observando los recortes de la película que en horas de la tarde se proyectaría en las instalaciones de la institución educativa.

Me friccionaba las manos, me pasaba la lengua por los labios, y estaba casi listo para asistir… Solo me faltaban los zapatos… medias nunca usaba.

Me gustaba mucho cuando programaban la película del Rey de la selva; ese intrépido, ese inatrapable ser, ese fantástico y justiciero hombre llamado Tarzán.

Usted no se imagina cuánto disfrutaba la cinta. Me agradaba mucho asistir a ver semejante héroe; ese descamisado señor, ese mono que, con un taparrabos, descalzo, sin coraza ni yelmo, impartía justicia. Resultaba más emocionante cuando el rey de la selva daba un alarido llamando a los selváticos animales y ellos de manera explosiva iban en su rescate o le colaboraban para restaurar el orden en la jungla.

A la una de la tarde, después de sortear una apretada y sofocante fila, todos los niños que teníamos edades entre los siete y los doce años ingresábamos al “teatro”. Casi todos los asistentes llevábamos una botella de vidrio de tres litros y medio llena de agua; a unos infantes mejor atendidos, en sus casas, les preparaban limonada endulzada con panela; así lo certificaba el color del envase. No solo llevábamos la botella de líquido para calmar la sed, previo a la película; en nuestra casa recortábamos un cartón de veinte centímetros por veinte, que usábamos como abanico y que servía para mitigar el fatigoso calor.

Unos estrictos catequistas a medida que ingresábamos nos iban acomodando en el encementado sitio. El sitio tenía unos cuarenta metros de ancho por unos cien metros de largo y una altura de seis metros cubierto con tejas de asbesto cemento. El local parecía la nave central de una catedral. El piso del recinto tenía un desnivel con dos propósitos: la primera intención, pero no la más importante, obedecía a que el agua bajara por el declive y terminara en un ducto ubicado en el otro extremo a manera de alcantarilla; allí se recogían las aguas. La segunda finalidad y talvez la más importante, era que el desnivel permitiera acomodar a todos los trescientos niños, uno detrás de otro, sin que el muchacho de adelante interrumpiera al de atrás, y este a su vez no le impidiera ver la proyección al subsiguiente espectador… Como en los teatros de verdad.

Disfrutábamos durante dos horas, tanto la película como el mensaje evangelizador. El calor arreciaba por la cercanía de los contertulios, se volvía insoportable, me sentía apilado en esa masa humana. Permanecíamos durante todo ese tiempo sentados en las posaderas y con las piernas cruzadas. Durante la proyección de la película, íbamos tomando agua, que compartíamos con otros amigos descuidados que no llevaban. Calmábamos la sed, nos abanicábamos con el cartón… El sitio estaba muy congestionado, pero no importaba; la pasábamos bien.

Terminada la película salíamos del salón a las instalaciones del colegio Salesiano; allí nos entregarían una dádiva, un confite, un pan y el respectivo vale que certificaba la asistencia; vale que llevaba la imagen de Don Bosco y la firma de un reconocido sacerdote. Al finalizar el año, quien más vales acumulara tendría derecho al mejor regalo sorpresa; que por muy sorpresa que fuese, sin conocer el arte de las adivinanzas, sabíamos que era una muda de ropa casi a la medida, y terminaba siendo lo único que estrenaba durante la Navidad.

Lo más gracioso de la jornada vespertina, y que me llamaba la atención, era que, al terminar la función, y antes de pasar al colegio Salesiano, el grupo de trescientos infantes salíamos corriendo en busca de un sitio donde orinar; no porque sufriésemos de incontinencia urinaria, sino por la cantidad de agua que habíamos tomado. Conocía que la escuela anexa solo disponía de diez sanitarios; por tanto, doscientos noventa compañeros que habíamos botado de forma libérrima el cartón que sirvió de abanico, estábamos parados uno al lado del otro, como en un acto solemne: serios, muy serios, de manera respetuosa, cerca uno del otro, frente a una pared de tapia pisada, de barro apisonado, sin pintura, polvorienta y seca, que recibía sin protestar doscientas noventa meadas al mismo tiempo. Los orines figuraban una línea casi perfecta, una línea no imaginaria, simétrica, que alcanzaba una altura de ochenta centímetros. La húmeda línea plasmada sobre la pared se veía como si se hubiese trazado con un tiralíneas o con una regla T. El lindero se apreciaba casi perfecto. Esta fue la foto que hace cincuenta años nunca se pudo tomar.

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