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Sábado 15 de Julio de 2017 - 12:01 AM

De antiguos encantamientos

Hasta el 31 de julio de 2017, en la Galería Leopold Sedar Senghor de la Alianza Francesa de Bucaramanga, estará abierta al público la exposición ‘El Dorado’, del maestro santandereano José Ramón Tarazona.

Todas las angustias cesan cuando se llega por fin a ‘El Dorado’. Se trata de un viaje alquímico, del encuentro gozoso de quien ha sufrido todas las fatigas y atravesado todos los caminos, errando a veces, confundido, pero siempre con la íntima convicción de dirigirse al lugar del milagro, al propio corazón renacido, transmutado.

Ya no hay cabida más que para el deslumbramiento, para el gozo sinestésico que genera dejarse atrapar por la sensualidad vigorosa y atemporal de las figuras irradiantes del maestro Tarazona. Es inevitable sentir un hondo estremecimiento contemplando el políptico de Las Vírgenes del Sol –porque hablan directamente a los estratos más primitivos de nuestras memorias ancestrales–, o dejarse conturbar por las arrobadoras escenas sensuales de parejas que se besan y confunden sus cuerpos en un abrazo flamígero, mientras se abandonan a la profundidad de su encantamiento ignorando el afuera, asidos firmemente al cuerpo del amante, seguros de poder sobrevolar el Universo y fundirse en su misterio. Están también esos seres que parecen dispuestos al ritual del sacrificio, en cuyas venas corre la sangre de la selva, su rugido profundo en noches reverberantes de luciérnagas, cuyos ojos cerrados miran hacia adentro –pues allí es donde están vivos, donde fluyen con el río de la vida–. Son cuatro seres desnudos, dorados, cuya piel exhibe la tersa rosa afelpada que es la impronta de la piel del jaguar, y que provienen, quizá, de los cuatro puntos cardinales, pero que son uno solo, alineados según la dirección del viento. Esos hombres jaguar, sin resistencia ceden a su destino, y teniendo como testigo la tierra desnuda, se disponen a fundirse –poderosos y silentes– para volver a ser una sola columna de luz y de silencio.

Hay también un nacimiento: de un crisol dorado, en la penumbra, se eleva un niño dorado. En torno a él, rompiendo la sombra de lo que pudiera ser el vientre mismo de la tierra, hombres y mujeres desnudos asisten extáticos a ese momento, mientras una mujer se estremece en este alumbramiento cósmico. Frente a esta obra puede uno perderse en el tiempo, pues parece contener la semilla preciosa de todas las respuestas a nuestras eternas preguntas.

Más allá de la directa alusión a los mitos ancestrales precolombinos, y de figuras que convocan las fuerzas telúricas de la naturaleza y las insondables rutas del espíritu –la tierra, el fuego, la lluvia, el yagé, la música, la noche–, en la obra del maestro Tarazona abundan las referencias a algunos de los símbolos más arraigados en la psique humana: el cáliz, el vino, la serpiente, el agua, el fuego, el crisol, el oro radioso y seco; el color mismo: azules y rojos intensos, como extraídos del corazón de alguna piedra preciosa, descubierta en un antigua excavación, que se debaten aún entre la luz del sol a que han sido presentados de nuevo, y la sombra fragante y húmeda del abrigo telúrico que las salvaguardó de la codicia humana para que reposaran y brotaran justo en este instante, en la paleta asombrada del artista. Quizá por ello cada obra se expresa a través de un elocuente silencio, en medio de estallidos de luz, pero apuntando directamente a las capas más profundas de la mente, justo donde dejamos de ser entes de este tiempo para ser, sencillamente, criaturas de la Vida, viendo florecer el misterio por doquier.

Se trata, de alguna forma, de un viaje a través del tiempo, de las edades de la historia, de una historia que pertenece a la Tierra misma, pero también a la raza humana y, sin embargo, es imposible de precisar cronológicamente. Pareciera, a cada paso, que cada virgen, que cada mancebo, han surgido siglos ha, de algún estrato subterráneo, y que trae consigo, impregnadas en su piel, todas las respuestas, las más simples: el milagro de una roca que se convierte en agua, la flor de la ayahuasca cuyos pétalos fragilísimos saben del poder aterrador de la selva y sus espíritus, el gozo casi olvidado de dejarse tocar por la luz del sol.

Pareciera que con sus figuras doradas, contundentes, que evocan con poder y sutileza misterios antiguos, y traen a nuestra memoria lo que somos más allá de este ropaje efímero, Luis Ramón Tarazona pretendiera tocar el corazón del tiempo, como dijera alguna vez con humilde clarividencia el maestro Luis Domingo Rincón.

El artista

José Ramón Tarazona nació el 18 de agosto de 1962 en El Playón, Santander. Inició su formación como pintor y escultor en su tierra, bajo la tutela de reconocidos artistas, como Óscar Rodríguez Naranjo, Mario Hernández Prada y Hernando González, y se consolidó en la Academia de Bellas Artes de Frosinone, Italia, además de nutrirse del espíritu de esas tierras.

Con una trayectoria artística de más de treinta y cinco años, ha recibido numerosos premios y distinciones, y sus obras hacen parte de colecciones de museos y pinacotecas en Colombia e Italia.

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