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Sábado 05 de Agosto de 2017 - 12:01 AM

La cultura es el corazón de un pueblo

Luis Carlos, el alma poderosa del Festivalito Ruitoqueño; poderosa, pero discreta, casi invisible. Generoso, terco, duro y lleno de amor por la cultura, ha estado frente a este emblemático certamen durante más de dos décadas.

No le gusta hablar de sí mismo, y, sin embargo, es la memoria viva del Festivalito Ruitoqueño, próximo a celebrar un nuevo encuentro, como desde hace casi tres décadas. Me sorprendió encontrar, tras su estatura imponente, su hablar claro y recio, su contundente manera de expresar su inconformidad frente al escaso –casi nulo– apoyo del Estado para los eventos culturales, un corazón tan sensible, capaz de llegar aun a las lágrimas frente a un niño que interpreta un instrumento, o al recuerdo de una canción entrañable.

He aquí un extracto de los recuerdos que compartió un fresco atardecer bumangués, casi al filo de la noche.

«Me llamo Luis Carlos Villamizar Mutis. Soy pensionado. Todavía trabajo vendiendo seguros, y mi vida en los últimos veintisiete años ha sido la gestión cultural. Principalmente por el Festivalito Ruitoqueño, pero también por todo lo que significa apoyar a nuestros talentos, a nuestros artistas, desde que están pequeñitos. Mi trabajo también se ha centrado en emitir un boletín virtual llamado ‘Notas con Armonía’, a través de la Fundación Armonía, que con el paso del tiempo ha trascendido y es de muy buen ver entre los artistas de diferentes disciplinas en todo el país. Y no tiene ningún costo.

»Todo esto nace con la delegación que recayó en mí en un Festival Mono Núñez, en mil novecientos ochenta y no me acuerdo, cuando nace la idea del Festivalito Ruitoqueño, el que llevamos sosteniendo con unas dificultades monstruosas desde 1991.

»¿Por qué dificultades monstruosas? Porque si bien el apoyo de la empresa privada es bastante, desde apoyos pequeños hasta apoyos muy grandes, la lucha es con el Estado, no solamente del Festivalito, sino de todas las expresiones culturales –dice de manera enfática pero tranquila, con esa misma convicción y entereza que caracteriza su labor y su vida cotidiana–, porque el Estado no tiene políticas definidas respecto de esos apoyos. Este año, a nosotros, por primera vez, nos apoyó el Ministerio de Cultura con veintinueve millones de pesos; eso suena como un exabrupto, ¡qué cantidad de plata!, y resulta que es el diez por ciento de nuestro presupuesto… Las alcaldías del área metropolitana y la Gobernación de Santander nos dan el cinco o el diez por ciento del presupuesto; son ayudas importantes, y agradecemos en el alma, pero son absolutamente insuficientes.

»Entonces, a mí me ha rondado siempre en la cabeza una pregunta: ¿por qué si el Ministerio de Cultura tiene unos festivales nacionales –el Festival Vallenato, el Mono Núñez, de mucha trayectoria– a los que les asignan una suma anual, sin que tengan que matarse para obtenerla, en los ámbitos departamental y municipal las asambleas y los concejos no destinan una suma fija para el Festival Abrapalabra, por ejemplo, que tiene más de veinte años de labor, que les evite tener que andar detrás de los funcionarios, mendigando; Ulibro, el Festival Internacional de Piano, el Luis A. Calvo, la Cigarra de Oro… ¡Todos hechos aquí, en Santander! Y nosotros, que llevamos veintisiete años de trabajo… ¿Por qué no establecen, por ejemplo, que los festivales con más de veinte años de funcionar, de probada seriedad, tengan una ayuda importante de cada estamento oficial para que no tengan que depender de la sensibilidad del funcionario de turno, para que no pasen cosas como que hoy, por ejemplo, nos confirmaron algunas de esas ayudas y otras todavía no, estando a diez días de empezar?, y posiblemente no alcancemos a presentar los papeles. ¡No hay derecho; no hay derecho! Porque en el Festivalito se han presentado grupos, que incluso se han conformado para participar en él, y llegan a Europa, al Festival de Cosquín en Córdoba (Argentina), a los Estados Unidos…

»Y a veces me pregunto, ¿yo por qué me mato tanto? Porque en innumerables ocasiones esto se hace con sacrificios personales muy grandes. Y la empresa privada apoya, ¡pero es que es el Estado el que tiene la obligación!”, reflexiona Luis Carlos, pasando por una amplia gama de emociones que se reflejan –aunque él no lo quiera– en sus ojos, en los gestos de sus manos, en los matices de su voz: la esperanza, la alegría, la satisfacción, pero también la tristeza, una pisca de desencanto, el enojo. Y siempre, siempre, el amor. Porque este inmenso señor (en sentido real y metafórico) ama lo que hace.

Ahora, es más que justo decir que Luis Carlos solo es la cara visible de un grupo de voluntarios silenciosos y entregados –casi devotos– que trabajan como hormigas de sol a sol para que el Festivalito sea posible. A muchos de ellos los podemos ver durante el encuentro con sus chalequitos azules distintivos, atareados, de aquí para allá, cumpliendo con amor y eficacia las labores que a cada uno le corresponden, y sin las que nada de esto sería posible. Y lo que logra percibirse es que son una gran familia, sin distingos, sin títulos; todos iguales. Una familia enorme, en la que también entran los artistas que cada año se esfuerzan por ir al Festivalito. “Pero la verdad es que es duro –dice, y no logra ocultar la tristeza–, pero sin el voluntariado, sin el público, sin los artistas, sin los benefactores, sería imposible hacer esto. Nosotros (la Fundación Armonía y sus benefactores) somos tan solo unos instrumentos a los que la vida puso al servicio de la cultura, pero no somos importantes.

»Anécdotas hay muchísimas –dice ya para despedirse–: recuerdo una chinita que se bajó de la tarima temblando, porque todos los que alguna vez hemos cantado ahí nos bajamos temblando. Y decía: “Que quedemos en el disco, que quedemos en el disco…”. Y resulta que hace dos años no hemos podido hacer un disco, porque no hay recursos. Pero esta es la vida nuestra.

»Cualquiera pensaría ‘aquí lo que hay es plata’, y resulta que no, aquí lo que hay es gente de bien, gente valiosa. Nosotros acabamos de trastearnos de oficina, y eso lo hicieron dos de los mejores músicos que Santander ha producido en los últimos años: César Andrés Castro y Rafael Hernández (de Macaregua Trío), que también van a ser nuestros auxiliares de tarima. ¿Eso qué es? ¡Amor, amor por lo nuestro!».

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