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Sábado 12 de Agosto de 2017 - 12:01 AM

El mérito es de mis amigos

Andrés Páez, un grande con corazón de niño, será homenajeado en el próximo Festivalito Ruitoqueño de música colombiana, que se efectuará entre 18 y el 20 de agosto.

Amaretto, un labrador dorado de dos años, es el cuarto integrante de la familia Páez Sequeda del que el maestro Andrés Páez se declara enamorado. Como parece estarlo de todo en su vida: la música, la enseñanza, su esposa y sus intereses, que van desde la pintura hasta las matemáticas.

Édgar Andrés Páez Gabriunas nació hace cincuenta y un años en Bogotá, pero se crio en Santander. Y su acento recio, que defiende aun estando radicado en Medellín, es prueba de ello. Hijo de Édgar Alberto Páez Mozo, ocañero, y Nijole Ona Gabriunas Sabas, lituana, está “felizmente casado” –como él mismo declara– con la abogada Alba Lucía Sequeda Gamboa hace casi veinte años, y es padre de Alejandro Daniel.

El ingenio Andrés Páez, tan conocido por los seguidores de Música para el Pie Izquierdo, sale a relucir muy pronto en esta entrevista: me cuenta que cuando llevaron el perro a casa, como un regalo para Alejandro, él quiso bautizarlo Warner, “para que cuando lo llamara, sonara como si uno estuviera ladrando”. Pero Alejandro se decantó por Amaretto, en homenaje a un pastor alemán de la familia Chávez, que fue su amigo de infancia.

Tras terminar el bachillerato en FCUIS, el maestro Páez hizo algunos semestres de Ingeniería Eléctrica en la UIS, y tuvo la genial idea de empezar a cursar, de manera simultánea, Licenciatura en Música. Un solo semestre le bastó para “mandar al carajo la ingeniería” y quedarse con la música. Eso fue en 1987. En 1988 tocó por primera vez con Jhon Claro, y formó el coro de cámara Za-chia-ty, que en ese entonces, cuando solo existía el Coro de la UIS y empezaba a conformarse el Coro Comfenalco, sentó un gran precedente: “Jhon Claro y Andrés Páez haciendo payasadas musicales”. Se graduó en el año 93, y entre sus especializaciones se cuentan un diplomado en Composición Musical Erudita con Blas Emilio Atehortúa y la maestría en Música en Eafit.

De su periplo vital y musical, durante el que ha “acariciado la guitarra y el teclado”, para finalmente quedarse en el violín, y que lo ha conducido a la docencia, la composición y la dirección coral, hay innumerables anécdotas, graciosas, alegres, tristes, vergonzosas. De todas ellas se nutre y se ríe este hombre corpulento, de ojos claros y sonrisa franca, que dice de sí mismo que ya está viejito, calvo y arrugado, pero aún no siente que haya dedicado toda su vida a la música, que es la razón por la cual lo homenajearán en la edición 2017 del Festivalito Ruitoqueño.

Andrés Paéz, como muchos artistas de nuestra región, pasó por las aulas del malhadado Dicas, siendo casi un niño. Allí conoció a Fernando Remolina y a Fabio Serpa, y juntos conformaron un grupo, Fabio con el acordeón de teclas, Fernando con la guitarra y Andrés con el violín: “Hacíamos unos círculos armónicos, y a los quince minutos estábamos jugando balón, o maras”. Ese es un recuerdo que invariablemente lo hace reír.

Aunque su familia se ha inclinado más hacia la ciencia (sus abuelos, tanto maternos como paternos, eran ingenieros; su padre químico y su madre ingeniera química), en su sangre corre una vena artística que halló en él un ancho cauce: doña Nijole pinta, y don Édgar, que también tomó clases en el Dicas, talla en madera y toca guitarra. Además, sus tíos paternos, Hernán y José, siempre han tocado baladas, música popular, vallenatos, boleros… Y como anécdota, tocan con un tío de Jhon Claro, Ángel María, así que su amistad es solo un eslabón generacional más que se enlaza. En su casa paterna solo se oía música clásica y jazz, y ya en la juventud, en compañía de Ileana Páez, su hermana, empezó a oír rock.

Aunque estuvo en el Dicas, el maestro Páez dice que buena parte de su formación es autodidacta, y de esos tiempos de juventud recuerda con especial cariño a Germán Enrique Velandia, un cucuteño casi genio que le enseñó mucho del arte y de la música. Por ello, cuando empezó a estudiar música en la UIS ya tenía un conocimiento relativamente sólido, aunque reconoce que aprendió mucho de algunos de sus maestros, como Andrew Lechowski, Jairo Calderón, Chucho Rey… “Pero en realidad yo me considero autodidacta, aunque saqué mi cartoncito”, que tiene guardado con esmero “en el archivador de los cartoncitos, porque uno de músico no tiene oficina; entonces no se puede andar chicaneando como hacen los médicos y los abogados”, dice entre risas.

Su instrumento es el violín, y aunque alcanzó cierto nivel, “no profesional, pero sí profesionalista”, nunca quiso ser solista de concierto. Por eso afirma que toca “como un buen aficionado”, y reúne ciertas habilidades que no son ni académicas ni populares, “ni sí ni no, sino todo lo contrario”. Además, ha tocado jazz, rock y son cubano, casi siempre acompañado de su socio de toda la vida. Pero en el 96, después de ganar el Mono Núñez con Pie Izquierdo, le tocó olvidarse de esos proyectos, pues sobrevino un sinfín de invitaciones para tocar en diversas partes del país.

Tantos años entregado a la música le han dejado a Andrés un montón de recuerdos y anécdotas, entre ellas, algunos “osos y reosos”. Pero también momentos mágicos, como aquel encuentro de coros que se celebró en 1998 para conmemorar un aniversario de la UIS, cuando interpretaron de manera magistral cuatro piezas que los hicieron destacar incluso frente a un rutilante coro nacional que era el invitado perseguido por la prensa. De ese encuentro no olvida la emotiva felicitación del maestro Libardo Barrera (q.e.p.d.). Otro momento memorable está asociado, como era de esperarse, a Música para el Pie Izquierdo, durante su primera presentación en La Gallera de la UIS, siendo unos ‘peladitos’ veinteañeros: “El éxito fue rimbombante e inmediato; la conexión con el público de la UIS… Y cada vez que tocamos en La Gallera, a pesar de ser unos cincuentones, juramos que somos los mismos pelagatos de veintidós años, porque con esa energía a uno se le olvida que está calvo, canoso, arrugado. ¡Es muy emocionante tocar en La Gallera!”.

La vida de Andrés Paéz, hoy dedicado de lleno a la dirección del Gran Coro Nacional de la UPB, se ha caracterizado por la fidelidad y la longevidad de sus relaciones familiares, de amistad y artísticas. Quizás ello explique por qué, así sea en un diálogo vía Skype, transmita tanta serenidad. Además, él se sabe feliz.

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