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Sábado 16 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

Un compilado de

María Cristina Plata nació en Bucaramanga, y está en una edad suspendida entre la frescura y la gravedad. Es sentimental, romántica, sensible, tímida, cordial. Y tiene una voz potente, profunda, que estremece tanto como su guitarra.

Investigadora cultural

La vi por primera vez en el escenario del Festivalito Ruitoqueño, dos años atrás. Vestida de azul, menuda y bella, dueña de una sonrisa linda y unos ojos apacibles que no permiten adivinar la potencia de su voz de contralto, perfectamente acompasada con su guitarra, que, en realidad, cuando canta, es una con ella. María Cristina es inmensa en el escenario, poderosa en su soledad de tres: ella, su voz y su guitarra. Su música es capaz de suspender al auditorio en una especie de levitación, sacarlo del tiempo y dejarlo gravitando asombrado en un espacio en el que no existe nada más.

Es tímida, irremediablemente tímida, pero tenaz y perseverante, estricta. Además, cuenta con el apoyo de su familia, que la sostiene y la alienta en los momentos de duda, de cansancio, de desencanto. “¡Sí, tú puedes hacerlo! ¿Cómo no vas a poder, por qué no vas a poder?”, le dice su mamá, María Isabel Morantes. Y su padre, Óscar Plata, le enseñó que los pequeños pasos también son pasos. “He aprendido que todo cuenta; los triunfos y los fracasos son abonos para el camino que uno hace, y todo lo que ha pasado me ha fortalecido, así como el hecho de estar consciente de que estoy recorriendo un camino que no es fácil, pero que hay que hacerlo y seguir, porque de eso se trata el camino de la música; el objetivo es disfrutar lo que se hace, y esforzarse por eso”, dice María Cristina con vehemencia y serenidad.

De su infancia recuerda las tardes aprendiendo canciones y cantando con su mamá; una pequeña guitarra de pasta con cuerdas de nailon que le regalaron cuando tenía cuatro años, y con la que empezó a sacar, por pura intuición, acordes de las canciones que se oían en su casa, donde con frecuencia había música en vivo: boleros, duetos de música colombiana… Y a sus abuelos, a quienes les encantaba la música colombiana y también la cantaban.

Después de un breve paso por la psicología, empezó con guitarra clásica en la Unab, bajo la tutela del maestro Silvio Martínez, y luego, con la “complicidad” de su alma máter, pasó a estudiar músicas populares con guitarra acústica, guiada primero por Edwin Castañeda, y luego por Rubén Darío Gómez, con quien estudió arreglos, recursos de la música popular, e hizo su proyecto de grado, del que surgió el disco ‘Todas las flores’. En tanto fundó el dueto vocal Trapiche Molé, con el que recorrió todos los festivales del país durante casi diez años, y acumuló diecinueve premios.

Influenciada por una variedad de ritmos del mundo, como tango, jazz, bossa nova, música del Perú, de México, de Cuba, “pero siempre música con historia”, recuerda la primera vez que vio a Luz Marina Posada, y descubrió que “con la guitarra y la voz se pueden hacer muchas cosas”.

Eso fue en el mismo tablado del Festivalito Ruitoqueño, donde la propia María Cristina cantaría años después. También están Carmen y Milva, Marta Gómez, Claudia Gómez y, en general, la música de las regiones, con identidad cultural.

Todas las flores

Este álbum incluye diversos ritmos, y significó un cambio de ruta muy importante. “Fue arduo, porque tuve que vencer el miedo a cantar como solista y a estar frente al público sola. Pero el día del concierto de grado descubrí una cantidad de sentimientos que yo no sabía que podía experimentar: saber que podía hacerlo, me gustaba y me sentía bien. Pero jamás me imaginé que iba a empezar una carrera como solista”.

Después, su mejor amigo, Mario Serrano, que es ingeniero de sonido, le ofreció como regalo de grado la grabación de estudio. Y sin proponérselo, un tiempo después ya tenía en sus manos el disco, que “fue cumplir un sueño que ni siquiera yo había visualizado”.

Lo demás ya es historia conocida: empezó a trabajar en la difusión, el disco llegó a la Radio Nacional de Colombia, la invitaron… luego ‘Todas las flores’ fue número uno en el ‘Top 20’ “y fue muy chévere, porque la mayor alegría es que la gente oiga la música que uno hace”. Luego el disco fue reseñado por la revista Semana, surgieron más conciertos, después vino el premio RTVC al mejor “showcase” en el Bomm (Bogotá Music Market), y la consecuente invitación al festival Sziget de Budapest.

Entonces, María Cristina, una vez superado el impacto de haberse ganado ese premio, que nunca soñó y con el que casi se enloquece de alegría, “porque era mi música, pero además música colombiana, música folclórica”, entró a internet y se dio cuenta de la magnitud del Sziget, y entendió que no podía ir a Budapest y regresarse sin más. Ahí nació su gira por Europa, donde ofreció trece conciertos en siete países en una ruta de dos meses. De ese periplo queda para la memoria un bello video espontáneo, en el que canta ‘Que nadie sepa mi sufrir’ (‘La foule’, popularizada por Edith Piaff), en el Puente de las Artes.

Después de todo

“Es un disco que no iba a ser disco: son canciones que fueron llegando a mí –por ejemplo, ‘Cuenta conmigo’ es un bolero que conocí cuando estaba empezando con Trapiche Molé–, y que en su momento me conmovieron, que son importantes para mí; canciones muy amadas. Y hace poco me di cuenta de que tenía una serie de canciones que me gustaban, que las había grabado, que las cantaba, pero que además se conectaban entre sí por un solo sentimiento, que se podían recoger en un mismo lado. Es como decir ‘después de todo esto es lo que queda después de un amor muy intenso, de una pasión muy grande’; después de todo, esos sentimientos son los que uno alberga.

Además, en este disco también está la presencia de mi papá, porque cuando yo le cantaba ‘Que nadie sepa mi sufrir’ él siempre me decía: ‘Tú deberías cantar estas canciones, que te quedan tan lindas, a mí me encantan…’. Entonces fue una manera de mostrarle esas cosas que me ha sembrado, de decirle que seguí sus consejos”.

Me interesa que la gente oiga música colombiana porque es la música que hace parte de nuestra cultura; aunque no se trata solo de que sea música colombiana, sino de que sea un compositor o un arreglista local o nacional; todo eso tiene que ver con hacer música colombiana. La lucha es para que la gente mire lo que está acá.

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