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Domingo 08 de Enero de 2012 - 12:01 AM

“Descubrí que en la dirección podía plasmar las cosas”

Serio y muy buen conversador, así es Mario Ribero Ferreira. Con una trayectoria profesional de cinco décadas, este Director de cine y televisión ha logrado un reconocimiento detrás de las cámaras.
Archivo/VANGUARDIA LIBERAL
“Descubrí que en la dirección podía plasmar las cosas”
(Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)

Descubrió su gusto por el teatro siendo adolescente, cuando aún cursaba sus estudios secundarios en el colegio Santander, de Bucaramanga.

Es natal de Confines, un pequeño municipio ubicado entre Socorro y Oiba. Actualmente vive en Bogotá, aunque en sus cortos descansos viene a la ‘Ciudad bonita’ a visitar a su familia y amigos.

Reforzó sus conocimientos en la escuela de Teatro Popular de Bogotá, TPB, y después se ganó una beca para estudiar en Moscú, donde vivió durante 11 años. “Mis profesores y compañeros de estudio se aterraban de la capacidad de trabajo que llevaba, y todo fue por el fundamento que traía del colegio”, asevera.

Mario piensa que durante sus 50 años de trabajo ha realizado varias producciones que le han dado un reconocimiento profesional. “Los primeros años fue la época donde trabajé de manera más intensiva y esa escuela tan buena que fue el colegio sirvió”. Por eso hoy aún ve los frutos de sus años de estudio y preparación.

Pero a lo largo de sus 63 años de vida, el director de ‘Mamá tómate la sopa’ no ha triunfado únicamente en su vida profesional, también como padre y esposo. Mario tiene tres hijos Dimitri, cantante de ópera, Milena, actriz, radicados en Moscú, y Lucía, una pequeña de 9 años, quien ya siente inclinaciones al teatro, dice Ribero Ferreira. Actualmente está casado con Neffer Cañón.

Preguntas y respuestas

¿Cómo ha sido su crecimiento profesional?
Empecé en el colegio Santander a los 13 años, cuando al colegio llegó Juan Pérez Bausa, un español que venía a dictar cursos de teatro. Montamos una obra muy bella que se llama ‘Escuadra hacia la muerte’ de Alfonso Sastre. Después armé mi propio grupo de teatro ‘El Duende’ y de títeres ‘El duendecillo’. Con los años me fui a estudiar a Bogotá en el Teatro Popular de Bogotá, TPB; conformé el grupo de teatro ‘Acción’ e hice la primera obra de creación colectiva sobre La masacre de las bananeras. Durante esa época gané una beca para estudiar en Moscú, me ayudó a conseguirla el doctor Alfonso Gómez Gómez, que era en ese tiempo embajador en Moscú.

¿A qué le atribuye su éxito profesional en estos 50 años?
Digo como García Márquez: ‘El talento es trabajo’. El teatro fue vital para mí, era enfermo de nervios y el teatro produjo en mí una catarsis extraordinaria y fue una cosa de sanación.

¿Cuál fue la producción que lo dio a conocer en Colombia?
Sin duda alguna ‘El Embajador de la India’, la hice en 1987. Hice la asistencia de dirección de ‘Cóndores no entierran todos los días’ de Pacho (Francisco) Norden, también ayude a Sergio Cabrera en Barichara a hacer ‘Técnicas de duelo’. La experiencia de esas dos películas fue de completo aprendizaje.

Los actores siempre disfrutan sus personajes, estar frente a las cámaras, esto les da un reconocimiento ante el público; detrás de las cámaras no se alcanza el mismo reconocimiento, pero, ¿Qué es lo que más disfruta de estar ahí detrás de las cámaras?
Afortunadamente empecé muy joven y estudié en la mejor escuela de cine del momento, fue la misma escuela donde estudiaron André Karkowski, Kanchelski, Nikita Mijalkov, fue una época donde me forme con unos cinematografistas, y tenía buenos profesores. Buscábamos qué es arte y qué no es arte. Ese toque que me imprimieron es lo que constituye el aliciente, figurar no me importa.

‘Mamá tómate la sopa’ es la última película que ha dirigido. ¿Qué ha significado la producción para usted?
Claudia García es una chica muy talentosa y me impresionó la verdad del relato, las diferentes emociones que quería expresar, es una historia muy salida de su corazón y era una historia pequeña, pero que me permitía profundizar en los personajes y en narrar, y realmente ella ganó varios concursos con el guión y cuando hubo la oportunidad de una novela nos pusimos a ‘camellar’ en el guión.

¿Qué críticas ha escuchado?
De todo tipo. Es absolutamente normal, me metí una frase de (Aleksandr Sergéyevich) Pushkin, poeta ruso, que traduce: ‘La adulación desmedida y la crítica destructiva recíbelas con indiferencia’ y ese ha sido mi cuento. No me preocupan las críticas.

¿Lo más fácil y difícil de su trabajo?
No sé. Nunca divido mi trabajo. Nunca quise estudiar otra cosa. Lo fácil es que hago lo que me apasiona y me gusta; lo difícil que para hacer lo que uno quiere es difícil, porque el arte colectivo es complicado y depende de muchas personas.

¿Cómo fue entrar al mundo de la televisión y cine en Colombia?
Antes de irme a Moscú hice algo en televisión con Bernardo Romero y con Vera Quintana. Cuando regresé por segunda vez me fui a enseñar a la Universidad Nacional, estando ahí conocí a Jorge Alí Triana y me invitó a trabajar en televisión con ‘La Posada’, así empecé.

¿De dónde salen las historias?
Recuerdo la frase de un director japonés que decía que las películas se filman con el corazón y no con la cámara. Para mí las historias del cine deben salir del alma de cada personaje y pueden ser de sucesos personales o de lo que ha conformado al ser, es muy grande la fuente de la que nos nutrimos.

¿Qué clase de cine le gusta realizar?
La primera película que hice en Colombia fue comedia y me encasillaron en ese género, pero me sentí a gusto porque a través de la comedia se pueden decir verdades mayores que con los falsos dramatizados, pero en la escuela siempre trabajé todos los géneros. Personalmente la línea divisoria entre el drama y la comedia es delgada, no se puede diferenciar, somos una mezcla extraña, es en el género que me siento más a gusto, personajes nuestros, muy colombianos.

¿Qué clase de cine ve?
Cine miro muy poco. Prácticamente no voy a cine. Desde los 90’ quizás. Por qué, como me forme con la gente que creó el cine, cada movimiento de la cámara o innovación tecnológica la utilizaban para abordar al ser humano, entonces por esas épocas desaparecieron los grandes maestros, y el cine entró en una especulación, donde la técnica se volvió el espectáculo y eso me aburre. Sólo voy cuando una película me la han recomendado mucho de lo contrario no.

Cree que no se es profeta en su propia tierra. ¿Pocos saben que usted es de Confines, un pueblo de Santander?
Si es así. En Confines me acogen muy bien, pero más que por mí, por mis padres, ellos dejaron mucha huella en ese pueblito. Pero pienso que los colombianos tenemos eso, un extraño desprecio por nosotros mismos y no creemos en los nuestro, pensamos que la felicidad está en otro lado. Nos deslumbra el extranjero, el hablador, el estafador.

Santander se abrió más en materia de Producción de Cine. ¿Cuál es su opinión?
Me parece absolutamente maravilloso. Este es un país de colosos, pero nos portamos como liliputienses mentales, es decir todo lo minimizamos. Acá hay talento en todo, pero se deben dar verdaderas escuelas, no es sólo sacarle económicamente al estudiante sino también darle. La cultura la ligaron a la política, si un político no te apoya, no sales.

¿Cree que en Santander se puede impulsar las artes audiovisuales?
Lógico que sí. Lo que deslumbra al ser humano es el mismo ser humano.

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