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Domingo 08 de Abril de 2012 - 12:01 AM

Giovanni Ravelo, alma santandereana en Les Ballets Trockadero

Giovanni Ravelo, además de sí mismo, es Irina Kolesterolikova, una bailarina con un pasado un poco turbulento y cuyo más famoso ejercicio de calentamiento tiene como elementos principales un martini y un ascensor… bastante sugerente.
SuministradaS VANGUARDIA LIBERAL
Esta foto fue tomada a Giovanni Ravelo en su camerino, después de una presentación. Giovanni desafió los estereteotipos y es hoy uno de los bailarines más importantes de la danza clásica.
(Foto: SuministradaS VANGUARDIA LIBERAL )

Giovanni también troca su personalidad para convertirse en Marat Legupski, uno de los mentirosos hermanos Legupski que no saben distinguir entre los pasos de baile, pero qué importa, a la larga se mueven  muy bien.

Sin maquillaje, sin el tutú y los implementos de una bailarina de Les Ballets Trockadero, o de un bailarín de ballet, Giovanni es un bumangués cálido, emocional, que entrena mucho y viaja más, que añora la tierra de las hormigas culonas en Nueva York. Es un hombre tenaz que logró su sueño y, como en muchas de los clásicos que ha interpretado en los grandes escenarios mundiales, regresa a su tierra siendo grande.

Salió de Bucaramanga cuando aún era un adolescente e ingresó al ballet de Sonia Osorio. Su talento lo llevó al poco tiempo al ballet Anna Pavlova.

Luego de 7 años en Bogotá fue invitado al ‘Ballet Theatre of Scranton’, en Pennsylvania, Estados Unidos, donde participó en la producción de ‘Romeo y Julieta’, una coreografía de Ana Consuelo Gómez, directora del ballet Anna Pavlova.

Una beca lo trasladó durante un año al ‘Rock School of Dance’ en Philadelphia y luego al ‘Roxey Ballet’, una compañía de repertorio clásico y moderno ubicada en Lambertville, New Jersey, donde además incursionó en el terreno de la coreografía, su otra pasión.

Natalia Bedoya, una de sus mejores amigas y protagonista de ‘María Barilla’, dice que Giovanni es un gran lector, intelectual, muy familiar y buen amigo, además de excelente cocinero.

Giovanni Ravelo estuvo en el Festival Internacional de Teatro con Les  Ballets Trockadero, donde los hombres se disfrazan de bailarinas y con humor dejan atrás los prejuicios.

Preguntas y respuestas

¿Cómo comenzó su pasión por la danza?
“Desde muy temprano me sentí inclinado por las artes escénicas. Declamaba poesías en las izadas de bandera cuando apenas tenía 5 años y siempre pertenecí al grupo de danzas en el bachillerato, pero la verdadera pasión me invadió cuando me subí por primera vez al escenario con el ballet de Sonia Osorio”.

¿Qué recuerda de su niñez en Bucaramanga?
“Recuerdo con mucho cariño mi vida allí. Me fui cuando tenía 17 años. Mi niñez y adolescencia transcurrieron como la de cualquier otro niño o adolescente, eso sí, guardo muchos y lindos recuerdos de mi ciudad bonita, la tranquilidad de la vida, las navidades en familia, en especial con mis hermanos, extraño a mis dos abuelas que ya no están, la comida casera y típica santandereana, las hormigas culonas y la arepa de maíz pela’o, el masato, y por supuesto el clima caliente todo el año.  Mantengo contacto con un par de compañeros del colegio y el grupo de danzas, pero ninguno siguió la vida artística”.

¿Cómo llegó a Trockadero? ¿Qué lo atrajo de la propuesta?
“Luego de tres años en el ‘Roxey Ballet’ me encuentro con la necesidad de hacer algo nuevo, de viajar otra vez como lo solía hacer con el ballet de Sonia Osorio. Es en éste momento cuando llega el Trockadero. El cambio fue drástico. Al principio, la idea de bailar en puntas e interpretar roles femeninos me sonaba absurdo, le tengo un respeto inmenso a la danza clásica por su dificultad, precisión y la intensa disciplina que requiere. No tenía tampoco una idea clara del Trockadero, así como tenía prejuicios personales y sociales. Pero la perspectiva de bailar un repertorio más amplio y viajar, pudieron más. Me encontré con una compañía que funciona como cualquier otra compañía profesional de ballet “normal”, un entrenamiento árduo, ensayos extenuantes, dominar la técnica de las puntas, la comedia, la perspectiva de viajar por el mundo y bailar en los mejores teatros en su gran mayoría “sold out”, interpretar roles femeninos y masculinos de los grandes clásicos mientras el público se estalla de la risa, pues no lo pensé dos veces y me lancé a esta aventura que me tiene atrapado por ya casi cuatro años”.
 
¿Qué opina su familia de su trabajo en Trockadero?
“Mi familia siempre ha estado presente en mi carrera, en especial mi mamá a quien le tengo que agradecer su apoyo al principio cuando vivía en Bogotá y empezar a abrirme paso como artista. Ella es la única persona de mi familia que me ha visto bailar con el Trockadero. Tuve la oportunidad de llevarla a Chile a finales del 2010 y quedó encantada”.  

¿Cómo es un día en su vida cotidiana?
“No creo que yo tenga un día de vida cotidiana, tengo días de teatro, días de tour o días de recuperación y descanso en Nueva York, pero reuniendo todos en uno, un día en mi vida comienza por una clase de ballet en la mañana, ensayos ya sea en el estudio o en el teatro y luego función o salir para el aeropuerto. Cuando regreso de gira, aunque esté de descanso, sigo tomando mi clase diaria de ballet, voy al gimnasio, comparto con amigos, salgo al cine y trato de tener días normales en lo posible”.

¿Cómo es la vida de un bailarín? ¿Es como lo muestran en las películas?
“La vida de un bailarín es difícil pero tiene muchas retribuciones: por cada hombre que se dedica a la danza hay 50 mujeres, allí ya existe una ventaja de oportunidades profesionales muy grande. Es difícil en el aspecto social, aún existen muchos prejuicios a causa de nuestra poca educación en el tema. Es virtualmente imposible entrenarse desde temprana edad como debería ser, al menos que hayas tenido la fortuna de haber nacido en Cali o Bogotá donde hay escuelas buenas de ballet, y aún así es poco probable que el ballet esté en los planes de un padre de familia colombiano del común. Hay que tener tenacidad para sobrepasar todas estas dificultades, en mi caso empecé tarde en el ballet, tuve que decirle no a una carrera que inicié en la UIS de ingeniería química, me bastó un semestre para armarme de valor e irme a bailar a Bogotá, pero le puse fe y me fui en busca de algo que presentía me haría feliz”.

¿Qué hace en su tiempo libre?
“Durante los viajes leo mucho, soy también un entusiasta fotógrafo aficionado, y lo que me queda de tiempo entre bailar y mis hobbies lo dedico a hacer siesta”.

¿Qué tanto visita Colombia y Bucaramanga?
Aunque quisiera ir más seguido a mi tierra, con tantos viajes con el Trockadero cuando tengo temporadas libres lo último que quiero hacer es subirme a otro avión. La última vez que visité Bucaramanga fue hace 4 años, y Bogotá y hace 3, así que ahora aprovecharé después de mis presentaciones en el festival de teatro para ir Bucaramanga”.

¿Cómo ve el desarrollo de la danza en los niños? ¿Hay buenas escuelas, hay buena recepción?
“En la actualidad, considero que ha mejorado un poco el concepto de los niños en la danza, sin embargo nos falta mucho por lograr, talento hay y lugares donde formarse hay pocos, faltan las oportunidades y ayudas económicas, el ballet se ve como algo elitista e innecesario. Faltan más escuelas como Incolballet, debería haber una en cada capital de departamento, sí se necesita más educación con énfasis no solo en danza, en teatro, en música, en artes plásticas, la educación en el arte es necesaria para el desarrollo del país y personalmente me encantaría regresar a compartir mi experiencia y brindar nuevas oportunidades para promover la danza profesional en Colombia”.

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