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Jueves 27 de Abril de 2017 - 12:01 AM

¿Por qué le abrimos la puerta al aburrimiento?

¿Por qué será que a pesar de que estamos bien nos sentimos desmotivados o melancólicos?

Me sorprende ver a tantos hombres melancólicos o expresando que se sienten aburridos a pesar de que son exitosos, que desempeñan reconocidos cargos laborales, que cuentan con una situación económica relativamente resuelta, que son apuestos e incluso que han aprobado diversos estudios que los tienen en medio de un enriquecido mundo profesional.

Es paradójico verlos así: ‘están bien, pero se sienten mal’.

¿Por qué ellos, quienes aparentemente no tienen problemas, aseguran que no pueden ser felices?

Es obvio que no están satisfechos con el ritmo de vida que llevan.

He conocido casos muy cercanos de individuos que han perdido su capacidad de servir y que tienen su amor propio en el piso. Es como si el mundo les hubiese dado un golpe certero de desengaño y que ese mismo ‘totazo’ los haya noqueado en el primer asalto.

Y de la mano de la melancolía a ellos han llegado episodios de ansiedad, producidos por percepciones de incapacidad e impotencia. Algunos viven sumergidos en una especie de estado dubitativo: lo que les gusta ahora, al rato los aburre. En general, nada los motivaba ni los convence.

Tal vez se sienten decepcionados de la gente, de pronto el medio hostil en el que estamos viviendo los ha hecho perder las esperanzas o es probable que sus vacíos de amor los arrojen a nuevas frustraciones.

La reflexión de hoy le apuesta a tener en cuenta que esas ‘cosas internas’ son de sumo cuidado. Lo digo porque tales percepciones del alma suelen estar acompañadas de fases de desánimo, desaliento y amargura.

Y así usted o yo nos sintamos inmunes a esos ‘virus’ que atacan al espíritu, todos en algún momento podemos llegar a experimentar profundos vacíos.

Estar abatido, desanimado, decepcionado, triste o nostálgico son situaciones que nos pueden sorprender.

Cuando las fuerzas nos abandonen y muchas de las actividades que antes nos animaban pierdan sus atractivos, lo peor que podemos hacer es permitir que la llama que nos mantiene en movimiento se apague.

Dicho de otra manera: no podemos correr el riesgo de abrirles las puertas a la insatisfacción y a la depresión. A esas señales de aburrimiento es mejor enfrentarlas.

Si no lo hacemos, esa forma de sentirnos corroerá más nuestra fuerza de voluntad, afectará de manera profunda nuestra autoconfianza y nos impedirá asumir nuevos riesgos al punto de dejarnos quietos o atrapados en un entorno de desencanto.

No caigamos en las redes de los pensamientos negativos.

Por muy enredadas que estén nuestras vidas, tengamos presente que esos ‘bajonazos’ del ánimo se vencen poco a poco y con pequeños logros cotidianos que, sin ser las soluciones a los problemas, sí nos ayudan a entender que valemos más que la tristeza.

Desde hoy propongámonos hacer al menos una cosa por día que nos pueda dar alegría y la sensación de progresar en la vida. No tiene que ser nada extraordinario; pero cada paso que demos al respecto nos alejará más de ese abatimiento.

La vida está hecha para disfrutarla, no para padecerla ni para quedarse anquilosado en la negatividad.

Debemos mirar hacia el frente.

Nos corresponde movernos. Recuerde que la tristeza se vuelve más peligrosa si nos quedamos quietos.

Reconozcamos que a veces nos complicamos más de la cuenta y que el más mínimo traspié nos ‘achicopala’. Caer para levantarse no es caer, es solo un paso que nos permite madurar.

Creo que no hemos aprendido a entender las trivialidades del ‘día o día’ y nos confundimos con ciertas rutinas del arte de vivir.

¡Dios lo bendiga!

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