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Martes 11 de Julio de 2017 - 12:01 AM

Más que un ‘contrato verbal’

No hay nada que confiera más dignidad a una persona que la honestidad. Tenga en cuenta que una promesa rota socava la integridad de cualquiera.

Si hay algo que tiene valor es la palabra, así muchos hayan querido restarle fuerza. Yo confío en esa persona que tiene compromiso y que refleja su vida, su honor y su honra con lo que ‘dice y hace bien’.

Cuando alguien se compromete con algo y lo cumple está mostrando la imagen de su ser interior y lo irradia por donde quiera que vaya.

La palabra adquiere valor como promesa, juramento, compromiso, deber y pacto. Ella deber regir el destino de todos nosotros.

De manera desafortunada, existen algunos a los que nos les interesa ser consecuente con lo que expresan en su diario vivir.

A simple vista se podría pensar que la falta de credibilidad y el incumplimiento se han convertido en ‘peligrosas modas’ y en características de esa ‘cultura del no compromiso’ que ha ido ganando terreno en nuestra sociedad.

Antes a quien pasaba por alto su promesa se le miraba mal y se le sancionaba socialmente, tildándolo de mala paga, incumplido o deshonesto. El solo hecho de pensar en convertirse en la comidilla de la gente, se constituía en motivo suficiente para que más de una persona sintiera la obligación moral de cumplir con lo dicho.

Es una pena que el valor de la palabra se haya ido perdiendo, entre otras cosas, porque la desconfianza hoy reina más que nunca.

En la actualidad “lo que no queda escrito no existe” y, por eso, la palabra tiene que estar fundamentada en una normatividad jurídica o soportada en contratos y recibos.

Se ha extraviado la buena fe y ni hablar de la honorabilidad de las personas: un día dicen una cosa y al otro cambian totalmente sus declaraciones.

Es una pena que el valor de la palabra haya pasado a un segundo plano. En la cultura actual las personas se ganan su respeto más por los bienes materiales que poseen, que por las virtudes y valores humanos que los caracterizan.

Es preciso recuperarle el protagonismo a la palabra en cada uno de los aspectos de la vida diaria. Tenemos que ofrecer esa garantía y, por ende, darles el peso a los conceptos de la honestidad, el compromiso y la frase expresada.

Es necesario generar un clima de confianza alrededor nuestro, y por qué no, ser un ejemplo con cada cosa que digamos.

Una persona comprometida denota confianza, seguridad, entereza y credibilidad; refleja ante los demás una imagen de responsabilidad, tranquilidad y grandeza.

No prometamos algo que no sepamos si vamos a cumplir. No dejemos que la palabra ensucie la verdad.

Tenga presente que nuestra mejor carta de presentación es el respeto por lo que prometemos hacer.

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