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Jueves 03 de Agosto de 2017 - 12:01 AM

Eso de contarle los problemas a todo el mundo

Ventilar los problemas a gente que no es de nuestra entera confianza es contraproducente. Y aunque hablar acerca de lo que nos sucede nos permite desahogarnos, no siempre eso da una perspectiva constructiva.

Todos afrontamos problemas, estamos inmersos en preocupaciones y vivimos situaciones duras; no por eso el mundo entero tiene que enterarse de lo que nos sucede.

Lo menciono porque hay gente que se especializa en ir contándole a cualquiera las situaciones que le agobian.

Si bien hoy día casi todos nos sentimos ‘solos’ con los líos cotidianos, no es aconsejable ir por ahí quejándonos sin ton ni son.

Salvo en los casos en lo que se requiera de un profesional para resolver ciertos episodios difíciles, es mejor asumir el reto de enfrentar los escollos sin tener que gritarlos a todos los vientos.

La propia Biblia nos recomienda tener cuidado en quién confiamos o a quién les contamos nuestras angustias. Y la advertencia se hace, entre otras cosas, porque no todos los que nos sonríen son amigos, ni tampoco debemos cargarles a los demás los traumas de nuestros inconvenientes.

Insisto en que no es que sea malo creer en la gente o desahogarse de vez en cuando, pues es evidente que aún hay mucha gente buena con la que se puede contar.

Lo que pasa es que en los tiempos actuales, con tanta falsa publicidad e intereses mezquinos y en medio de tanto personaje haciéndose la víctima, confiar en los demás nos puede resultar cada vez más difícil y de paso puede multiplicar nuestras afugias.

Además, está comprobado que tenemos más probabilidades de padecer ansiedad, tristeza o depresión, como resultado de esas extensas conversaciones que dan cuenta de nuestros problemas.

Es evidente que si nos centramos en los aspectos negativos, fijándonos en lo que no nos funciona, empeoraremos nuestro estado de ánimo.

Las quejas que repetimos a diario proyectan largas sombras sobre nuestra cotidianidad y no nos permiten ser felices; además nos hacen ver amargados y desanimados.

La verdad es que si pasamos demasiado tiempo pensando en lo malo que nos pasa, acumulamos más niveles de preocupación y, como es apenas lógico, nos sentimos más frustrados.

Si las situaciones agobiantes están siempre presentes en nuestras mentes acabamos la poca tranquilidad que nos queda. Además, tanta habladera puede incrementar la magnitud o las consecuencias de tales vicisitudes.

Ojo: tampoco estoy pretendiendo que todos nos callemos o que nos guardemos las cosas. Lo que pretendo decir es que cuando se cae en el exceso de divulgar nuestros pesares esa actitud puede resultar perjudicial.

Cuando estoy así yo opto por orar, regalarme un tiempo para hacer esas cosas que me entretienen; tal vez leer un buen texto, ver una película, en fin... ¡Me obsequio un sano tiempo de ocio!

Dejar de quejarnos o empezar a comunicarnos de una manera propositiva nos deja en disposición de resolver las dificultades habituales en el trabajo y en la vida misma. Eso, como es apenas obvio, baja de manera considerable los distractores y alimenta el espíritu.

¡No nos quejemos más!

Es hora de asumir un valioso compromiso de cambio. Si lo hacemos, transformaremos las quejas en soluciones.

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