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Domingo 27 de Agosto de 2017 - 12:01 AM

La vergüenza perdida

No podemos seguir protagonizando situaciones en donde se pone de relieve alguno de los numerosos desmanes que cometemos en nuestra cotidianidad. ¡Es preciso recuperar la vergüenza!

Siempre indago los significados de las palabras. Cuando encuentro alguna nueva, no descanso hasta buscarla en el diccionario para enterarme de qué se trata.

En ese orden de ideas quiero desempolvar un término especial que, si bien muchos creen saber qué traduce, poco uso le dan.

¡Hablo de la palabra vergüenza!

En la época de nuestros abuelos, ese término era determinante.

Alguien que hacía algo ‘malo’ turbaba su estado de ánimo y hasta encendía el color rojizo de su rostro por esa falta cometida.

Cualquier acción deshonrosa hacía respirar vergüenza por los poros.

El otrora sonrojo, causado por una falta, por una humillación o por una equivocación, en estos tiempos anda algo extraviado.

Permítame reiterar que, en el pasado, la vergüenza fue una cualidad vinculada al respeto de lo ajeno, al mantenimiento de la reputación y a otras virtudes de la humanidad.

Y así debería seguir funcionando el tema. Porque le pregunto, amigo lector: Si usted no tiene vergüenza, ¿qué bien posee?

Y si aún la tiene, cuídela muy bien.

Es increíble es que los políticos de hoy día roben las arcas del tesoro, sin que ello les genere remordimiento alguno.

También algunos ciudadanos, sin el menor escrúpulo, cometen cualquier cantidad de faltas en contra del civismo. De igual forma, es inadmisible que muchos se vendan por unos cuantos pesos; ni hablar de los sonados escándalos que han patrocinado personajes religiosos en el mundo entero, de todas la religiones o credos.

Hoy nada parece importarle a la gente. Políticos y hasta jueces son acusados de corrupción, tras auditorías practicadas por gente decente y, por encima de las pruebas, esos tipos salen ‘altivos’ comprando conciencias y hasta siguen gobernando e ‘impartiendo sus propios conceptos de justicia.

La falta de reputación reina en todos los frentes. Actuar mal no le cuesta el puesto a ningún funcionario; no es motivo de expulsión en ningún colegio una grave falta de un alumno; ni siquiera los padres en sus hogares reprenden a los hijos cuando cometen alguna fechoría.

Yo recuerdo mucho, durante mi época de formación en el colegio Salesiano, que un profesor de filosofía, Lucas Céspedes, me decía que la peor vergüenza era aquella que turbaba el alma y cuando se hacía pública una acción deshonrosa. Él me decía que nunca perdiera la vergüenza, entre otras cosas, porque ella siempre me funcionaría como mecanismo de disuasión y haría que me abstuviera de seguir por malos pasos.

Creo que hemos perdido la percepción de que, en ciertas cosas de la vida, existe un límite.

Ahora la moda impone la falta de pudor. La novedad de nuestro actual contexto cultural es que nadie se avergüence de no leer, por citar otro ejemplo.

No es que yo sea rígido. Pero sí pienso que es notoria la ruptura de un orden profundo, indispensable a nivel personal y social, no solo para conservar la dignidad sino también para no precipitarnos a ‘hacer lo que sea, por lo que sea y al precio que sea’.

Hoy la grosería y la altanería son vistas como sinónimos de intrepidez y rebeldía.

¡Qué tal!

¿Deberíamos conformar un bloque de búsqueda para recuperar la vergüenza?

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