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Jueves 07 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

Decoro para reconocer que se falla

¡No somos perfectos y es obvio que errar es de humanos! Las personas que quieren dar la imagen de que son infalibles y que nunca se equivocan, lo único que consiguen es no tener amigos de verdad ni cuentan con personas realmente interesadas en conservar un vínculo honesto con ellas. Por eso, si fallamos debemos tener el decoro de asumirlo y remediar la situación.

Con relativa frecuencia no podemos, no sabemos o no queremos identificar nuestros propios defectos.

Solemos ser como los camellos, que no saben ver sus propias jorobas. Y atribuyéndole la explicación a ese proverbio, los expertos sostienen que si pudiéramos o quisiéramos comprender nuestras equivocaciones, nos caeríamos al suelo de física vergüenza.

¿Por qué nos falta valor para asumir los yerros?

Porque cada quien interpreta a su manera o capricho la ‘música de la vida’, sin saber que en más de una ocasión no tenemos el suficiente oído como para saber en cuál tono deberíamos cantar.

Además, siempre será más cómodo poner la vista afuera que mirarnos a nosotros mismos. Los espejos suelen delatarnos y, en algunas ocasiones, preferimos no recurrir a esos reflejos.

Tenemos una lupa para ver los desaciertos ajenos y al mismo tiempo utilizamos un lente especial que minimiza nuestras faltas.

En términos más coloquiales, resulta más conveniente ‘hacernos los de la vista gorda’, que angustiarnos existencialmente por alguna de esas ‘embarradas’ que hacemos.

Es obvio que admitir que se cometió un error es aburridor e incluso nos causa ciertos malestares. Pero, cuando fallamos e intentamos tapar la falta, vivimos presos de la zozobra de que algún día saldrá a flote la verdad.

Además, sin siquiera notarlo, ese error hace que nos quedemos inmóviles y en algunas ocasiones tampoco podemos descifrar qué es exactamente lo que nos está molestando.

Pues esa ‘piedrita’ en el zapato que nos lastima tanto, no es otra cosa que nuestra propia conciencia.

Hablo de esa voz que nos hace un llamado a ser responsables y a asumir el precio que se debe pagar por trastabillar.

¿Saben algo?

No hay nada más reconfortante que liberarse de las cargas que trae el ‘no aceptar’ un error cometido.

Cuando somos capaces de aceptar que hemos fallado, los yerros no solo se ven más pequeños sino que son remediables. Además, esa actitud nos deja ver ante los demás como personas maduras, serias, humildes y, sobre todo, dignas de confianza.

Actuar con decoro nos amplía el horizonte, sin contar que alivia al alma y nos llena de tranquilidad.

En el momento en el que nos abrimos a la verdad y asumimos alguna falta, todo se transforma.

¡Claro que hacer eso no es fácil!

Por algo dirán que aceptar los errores es un asunto de valientes, pues demuestra el coraje de enfrentarse a las consecuencias y posibles críticas.

Solo con una conciencia limpia y transparente podremos ser libres.

Querer tapar el sol con las manos o pretender echarles la culpa de nuestras debilidades a los demás es absurdo.

¿No les parece?

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