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Jueves 14 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

Con la fe no se negocia

Los buenos consejos, las recomendaciones espirituales y en general la Palabra de Dios son obsequios divinos; ellos no pueden ser mercancías. Un consejo de fe se da, no se vende.

La advertencia la hizo el mismísimo Papa Francisco durante su paso por Colombia: “Hay avispados que cobran por la salvación”.

Y él fue más allá y nos recomendó no pagar por los servicios de esos avivatos, porque tal y como lo dijo el Sumo Pontífice, “Jesús es gratis”.

Así las cosas, hago esta reflexión: Todas esas ‘donaciones’ que algunos pastores nos piden qué vienen siendo. ¿Acaso son solo aportes que los creyentes de distintas religiones otorgan a sus iglesias para poder sostenerlas?

Sé y es apenas lógico que los templos y los empleados que allí trabajan necesitan de un sustento para sus gastos. No voy a criticar eso. ¡Ni más faltaba!

Sé que con los diezmos algunos sacerdotes cumplen finalidades específicas: se destinan para misiones parroquiales y para ciertas obras de caridad.

¡Doy fe de ello! En Ciudad Norte, por ejemplo, la Comunidad Somasca sacó adelante a miles de familias humildes a punta de bazares, bingos y fiestas cívicas.

Yo sé que la palabra ‘sueldo’ casi no existe en el tema religioso porque, en el papel, alguien con vocación despliega sus labores solidarias solo por el sano interés de servir. Pero, ¿Todo peso que se recibe entra al fondo parroquial?

Diría que, al menos en el papel, cualquier miembro de una comunidad debería informarse en qué se invierte la plata que da de limosna. ¡Claro! Eso se puede hacer si los libros contables están abiertos a los feligreses.

¿Hay pastores que rinden esas cuentas?

También es claro que mediante la figura de la ‘mayordomía’ se presume que los religiosos administran el dinero y con él ayudan a los demás.

De esta manera, una persona pudiente puede apadrinar las necesidades de una parroquia. Sé que con estos favores presupuestales se regalan en especie mercados mensuales, todos destinados a las familias de bajos recursos que pertenecen a ciertos credos.

No discuto esas buenas intenciones. Me preocupa, eso sí, que los aportes sean obligatorios, so pena de descomulgar al pobre feligrés.

No se tiene por qué exigir la limosna, sobre todo si la situación económica del creyente no es buena. Tampoco se le debe obligar a quien sí sea boyante; pues dar o no dar es una decisión, no una imposición.

¿A qué voy? A lo mismo que advirtió el Papa Francisco: ‘Hay muchos avispados que negocian con la fe’.

Debemos repudiar toda clase de mercadería religiosa. Si usted quiere seguir fielmente a Jesús, no está conminado a dar las pocas monedas que le quedan en el bolsillo.

Todo este negocio del que se habla es producto de la informalidad y porque, desgraciadamente, como en toda actividad hay gente que se aprovecha de la buena fe de las personas.

El rebusque de los avivatos en algunos sitios era permitido antes de la Constitución de 1991. Luego se prohibió; solo que nadie respeta esa Carta Magna.

Hoy cualquier persona con un megáfono, un garaje y unas sillas abre un centro de oración en un barrio, sin prever que esta actividad tiene unas pautas legales establecidas. ¿Por qué esta ley seguirá siendo letra muerta?

Esto no es un tirón de orejas a los pastores, tampoco estoy conminando al creyente a no dar lo que su corazón le indique. Es solo un llamado de atención a los mercaderes, quienes con sus grandes y pequeños templos, llenos de víctimas, contribuyen al escepticismo e incredulidad que ahuyentan a muchos y debilitan la verdadera fe en Dios.

No lo digo yo, lo advierte el máximo jerarca de los católicos. ¡Sabia advertencia!

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