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Jueves 28 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

Cuando la tristeza nos hace trastabillar

Cuando tropezamos sufrimos más de la cuenta porque nuestros pensamientos y nuestra actitud alimentan la tristeza. Hay que aprender a manejar los golpes que sufrimos.

Le parecerá algo singular este escrito, pero siempre he creído que una de las formas que tiene Dios para recordarnos lo vulnerable que podemos llegar a ser, más allá de las tragedias de la naturaleza y de la misma muerte, es esa tendencia casi que ineludible de golpearnos el dedo más pequeño de nuestro pie contra las esquinas de los muebles.

¿Le ha pasado?

No negará que cada vez que esa pequeña extremidad se golpea inesperadamente contra las patas de la cama, sentimos morirnos.

Para aterrizar el ejemplo a esta página de Espiritualidad, yo asemejo la ‘anatomía de ese dolor’ con la tristeza profunda que a veces afecta a nuestra alma.

Solo cuando varios de esos dolores nos invaden, los del alma y los del golpe del pie, tenemos realmente consciencia de que cada cosa en nuestra vida, por pequeña que ella sea, puede hacernos trastabillar en cualquier momento.

¡No es exagerada la comparación!

A muchos de nosotros el dolor que se siente al golpearse el dedo del pie nos parece bastante desproporcionado, respecto al tamaño de la situación. Guardando las proporciones, así son los dolores sorpresivos que la vida nos trae.

Sé que en el caso del dedo aquí referido solo se trata de un traspié; pero lo que más me impacta es que cada vez que eso nos sucede reaccionamos como si esa parte de nuestro cuerpo irreparablemente hubiese quedado dañada de por vida.

¡Y no es así!

El dolor es una percepción, y como tal, en realidad se encuentra en nuestra cabeza, no en el pie.

Así ocurre cada vez que pasamos por episodios de melancolía. Ninguno de esos estímulos son inherentemente dolorosos, sino que se trata de la manera en que nuestro cerebro reacciona ante eso que nos está ocurriendo.

Reconozco que la experiencia individual de dolor para cada persona varía, pero también sé que esos golpes que recibimos, si los asumimos con fortaleza, se pueden desvanecer más rápido de lo que podamos imaginar.

Claro que duele, claro que nos sentimos mal, claro que pensamos que la vida se nos acaba. Pero también es cierto que todo tiene su tiempo y, más temprano que tarde, volvemos a recomponer el camino.

La experiencia de dolor es algo complejo; sin embargo, en el caso de un dolor agudo pero breve, como el de golpearse un dedo del pie, es más sencillo.

El dolor súbito e intenso tiene un claro propósito: ¡Despertarnos del letargo en el que andamos!

Muchas cosas nos mueven el piso y es ahí cuando entendemos, así sea a totazos, que tenemos que enderezar nuestra vida.

Todo esto lo escribo porque Dios suele encendernos las alarmas y ellas nos indican que debemos fijarnos más en la vida, equilibrar nuestro comportamiento y reaccionar ante todo lo triste que nos pase. Y eso hay que hacerlo ya, antes de que volvamos a patear los muebles o el alma con el dedo pequeño o con nuestras tristezas.

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