Martes 09 de Enero de 2018 - 12:01 AM

Curarse

Los años pueden transcurrir pero, de manera desafortunada, insistimos en avivar las heridas pasadas al punto de tenerlas latentes. ¡Ya es hora de curarnos!

El ayer siempre nos ha marcado. Si lo analizamos bien, todo lo que nos ocurrió antes nos condujo al presente y también puede llegar a ser la fuerza que nos dirija hacia el mañana.

Ese pasado, si bien es cementerio de la historia, permanece como un recuerdo vago. Tanto que, en cualquier momento, él brota en su hondura viva y se convierte en el manantial de nuestras añoranzas.

Muchos viven de los recuerdos y se quedan sumergidos en ellos. Incluso, con relativa frecuencia, intentan revivirlos a través de sus largos episodios de nostalgia.

La verdad es que esos recuerdos vienen y van como si se tratara de una rueda suelta, que no para y gira ‘vida tras vida’.

Tal vez por eso el maestro Buda decía que uno nunca muere y que el alma, que está en un proceso evolutivo, hace parte de un viaje que dura millones de años.

No me gusta mirar hacia atrás. No obstante, echarle un vistazo al ayer motiva a más de uno a escudriñar las razones de las angustias que se anidan en lo más profundo de sus almas. También muchos creen que la línea conductora para resolver esos cuestionamientos de vida se encuentra a través de la llamada ‘regresión’.

Dentro de la ciencia síquica, la definen como el acto mental de retroceder a una época, a una situación del pasado, donde tal vez está el origen de las penas de un ser humano.

Esta ‘ciencia’ es catalogada como una práctica revolucionaria donde uno puede encontrar el por qué de sus fobias, de sus miedos, de sus tristezas, de sus iras, de sus complejos y hasta el origen de sus enfermedades.

Se cree que por medio de las terapias de la regresión a la infancia o a vidas pasadas, se puede encontrar no la cura pero sí la superación a estas situaciones que no han dejado que el ser evolucione plenamente.

Menciono hoy este tema porque, de todas formas, las emociones pasadas están registradas en la mente y de alguna forma están unidas por esa extraña magia que nos da la vida misma.

Del ayer me alegra recordar a nuestros ancestros. También me agrada que la gente se cure de su pasado y aprenda a visualizar su horizonte con una mirada más esperanzadora.

Lo que no apruebo es esa manía que tienen algunos de atarse al pasado con sus heridas, en lugar de dejarlas atrás.

La verdad es que quien se aferra al ayer experimenta constantemente la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor, negándose la oportunidad de aprovechar el día de hoy.

Esta es una invitación a ser cautelosos con los momentos lejanos, para evitar quedarse en ellos.

Porque los acontecimientos de nuestras vidas, esos que hicieron parte del ayer, son como una canoa que se utiliza para cruzar el río. Pero, al mismo tiempo, es preciso tener presente que debemos bajarnos una vez hayamos llegado a la otra orilla.

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