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Jueves 01 de Febrero de 2018 - 12:01 AM

Equilibrio y armonía

Mantener el equilibrio en la cotidianidad es uno de los pendientes que tenemos en estos tiempos. De manera desafortunada, solemos irnos a los extremos.

Es una ley que nadie nos enseñó y que, a decir verdad, no estamos preparados para ella. A muchos, de manera literal, nos ha tocado aprenderla casi que a juro.

¡Hablo de la ley del equilibrio!

Si nos alejamos de la mitad y nos acercamos a los extremos, podremos caer.

Debemos ser amables, pero no permitamos que nos irrespeten; hay que confiar en la gente, pero no toleremos la mentira; y ayudemos a los demás, pero no seamos asistencialistas o alcahuetas.

Por otro lado, si dañamos a los demás incurrimos en una deuda con nosotros mismos, al igual que con estos.

Cuando son otros los que nos maltratan, ellos incurren en esa deuda. Si alguien nos quita, más tarde recibiremos; y al que nos rapó algo, más tarde le harán lo mismo.

Todo se va tejiendo: Hay pérdidas que habremos de asumir en un aprendizaje personal; pero también obtendremos ganancias que debemos agradecer.

También suele suceder que la existencia nos ponga frente a momentos críticos. Ellos nos parecerán insufribles; pero al mismo tiempo nos brillará la esperanza.

Si buscamos un eje central que nos sirva de apoyo, lograremos esa paz interior que poco a poco nos devolverá la paz.

Diría también que la vida es un equilibrio entre mantener y dejar ir. Lo que se gana hoy, se pierde mañana; y lo que para unos es verdad, para otros es mentira.

El equilibro, a mí manera de ver, es la ley de la correspondencia. Si algo se va, déjelo ir y asúmalo; y también acepte que alguien más llegará.

El dolor de ayer es una puerta por la que se avanza para reencontrarnos con lo que viene hoy.

¿A qué viene todo esto?

La idea es mantener la debida proporción en todo lo que hagamos. Hay que trabajar, pero no excederse; hay que ser responsable, pero no matarse por cumplirle a todo el mundo; hay que ganar dinero, pero no agobiarse porque no logra ser millonario.

En nuestra cotidianidad no solo basta con concentrarnos en trabajar o estudiar; también es preciso dedicarle un tiempo al descanso. Es fundamental prestarles atención a la vida social, a la mente y al espíritu.

Hay que lograr la armonía entre lo que damos y lo que recibimos.

Vivir de forma equilibrada evitará que seamos absorbidos por la polaridad.

Y para hallar el equilibrio que buscamos, hay que tener los pies firmes.

Démonos cuenta de que disponemos cada día de 24 horas, y que ellas se pueden dividir de la forma que queramos, pero sin descompensarnos.

En la oficina o en la casa, cuando algo se nos vuelva insoportable, vayamos a algún lugar armonioso para tomar aire nuevo y respirar, para después volver con las pilas recargadas.

Debemos dejar de mirar el mundo solo con el corazón y las emociones, y sopesarlo con la mente y el sentido común.

En síntesis, todo es orden y equilibrio.

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